Desde el 722, año en que tuvo lugar el enfrentamiento entre las huestes de Pelayo y Al-Horr, valí de la capital cordobesa, se suceden en tierras astures una serie de batallas que llevan a situar la frontera cristiana en el llamado "desierto del Duero", una extensa franja de tierra despoblada que se extendía a lo largo del cauce del río hasta encontrar las estribaciones de la cordillera cantábrica. En el 783 se hace con el trono Mauregato, probablemente hijo bastardo de Alfonso I, componente de una tetralogía de reyes holgazanes que no aportaron nada a la tarea de expulsar a los infieles de nuestra península. Pues bien, este Mauregato, no contento con haber propiciado un golpe de mano que arrebató el trono al hijo de Fruela I, llega a la connivencia con los invasores de entregarles anualmente cien muchachas a cambio de verse libre de sus ataques. Este tributo de las cien doncellas fue tenido desde el primer momento como una intolerable afrenta por la aristocracia asturiana al considerarlo un pago encubierto a la ayuda que le prestara Abderramán I para conseguir la corona; lavar esta vergüenza lleva a algunos nobles a asesinar a Mauregato y nombrar rey a Bermudo I, quien sustituye la entrega de las jóvenes por una importante remesa de dinero, al parecer, sin que hubiese quejas por parte de la corte cordobesa. A la muerte de Bermudo es elegido para sucederle Alfonso, el hijo de Fruela que fuera expulsado por Mauregato, el cual pasará a la historia como Alfonso II El Casto. El joven rey se niega también al pago de tributos y mantiene una serie de enfrentamientos con los emisarios moros de los que sale victorioso. A su muerte, acaecida en el 842, le sucede en el trono Ramiro I, quién, a los frecuentes ataques de los piratas normandos, debe unir que el nuevo califa, Abderramán II, reabra el tema reclamándole el tributo de las vírgenes. El español se negó al pago y preparó a sus hombres para el inminente combate, pero fue
derrotado en la batalla de Albelda. Con lo que queda de su ejército en retirada, Ramiro establece una posición defensiva en el alto de Clavijo, cercano a la localidad riojana del mismo nombre perteneciente a la comarca de los Cameros. Allí, se le aparece en sueños el Apóstol Santiago quién le anima a la lucha prometiéndole su ayuda. A la mañana siguiente, cuando las tropas de Abderramán II se aprestan para dar el golpe final y acabar con las diezmadas huestes cristianas, estas invocan la ayuda del Santo y, milagrosamente, Santiago aparece espada en mano sobre un brioso corcel blanco. La victoria sobre los moros es total y tan numerosas las pérdidas de Abderramán que, desde entonces, a la zona del valle donde se libró la batalla se la conoce como el Campo de la Matanza. A partir de esta primera intervención conocida, se cuenta que el Hijo del Zebedeo no deja de asistir a los españoles en los enfrentamientos con los invasores de su Patria. Así, se dice que ayudó a Fernán González en la de Piedrahita, y al Cid en Valencia, y también que se apareció a don Alfonso VIII en las Navas de Tolosa. La devoción por el Apóstol arraiga en tan gran manera en las tropas españolas que estas acostumbran a entrar en combate al grito de ¡Santiago y cierra España! ¡Santiago! es la aclamación en que prorrumpen los soldados católicos cuando se blasona el pendón de Isabel y Fernando en las torres de Granada. A Santiago invoca Hernán Cortés al verse rodeado de miles de indios en el valle de Otumba y la Cruz de Santiago se borda en la vela de la nao Victoria, la única que finalizará el periplo orbital de Juan Sebastián de Elcano.Símbolo de los heroicos esfuerzos de la Reconquista al impulso de los ideales cristianos, Santiago Apóstol fue entronizado Patrón de España, y el 30 de Junio de 1846, la Caballería de nuestros ejércitos, heredera de aquellos centauros que pasearon victoriosamente su enseña por el mundo, lo eligió como patrono y protector del Arma.
Imagen: Santiago en la batalla de Clavijo