La muerte sin sucesión de Carlos II desencadenó en nuestra Patria una guerra que enfrentaba a los partidarios de la casa de Borbón con los que apoyaban al pretendiente austriaco. Inglaterra, temerosa de la hegemonía que pudiera alcanzar Francia de colocar en el trono español a Felipe de Anjou, puso su flota a disposición del Archiduque Carlos. La mañana del 1 de agosto de 1704, una
potente escuadra de barcos ingleses y holandeses fondeaba en la bahía de Algeciras. Los 120 navíos que la componen suman más de 2.000 cañones y trasportan unas fuerzas de combate superiores a los 15.000 hombres. La marinería obedece órdenes del almirante inglés George Rooke, aunque el mando conjunto lo ostenta el Landgrave Jorge, Príncipe de Hesse Darmstaff.
El generalísimo austriaco insta a los defensores de la plaza a una rápida rendición con la promesa en nombre del Archiduque de la continuidad en los privilegios que gozasen en vida de Carlos II y el respeto para sus haciendas, su religión y sus tribunales. Don Diego de Salinas, Sargento Mayor jefe de la guarnición, ordena al enlace inglés que transmita al Landgrave su fidelidad y la de los habitantes de la plaza a Su Majestad Católica Felipe V. Se les ordena que depongan su actitud y entreguen la plaza, y tras nueva negativa, a las cinco de la mañana del día 3 de agosto abre fuego sobre ellos la artillería de la escuadra. Durante cinco horas la ciudadela es bombardeada ininterrumpidamente, recibiendo en ese tiempo más de 3.500 impactos. Las fuerzas de Salinas apenas alcanzaban 80 soldados, pero desde un primer momento, los vecinos se sumaron a los militares en la defensa del lugar, reuniéndose en torno al Sargento Mayor una masa heterogénea de trescientos combatientes dispuestos a enfrentarse a las fuerzas invasoras. Más todo fue en vano. Al día siguiente, los sitiadores efectuaron 30.000 disparos de cañón, obligando a los españoles a capitular tras tres días de heroica resistencia. Inmediatamente, el Príncipe de Hesse Darmstaff ocupó la plaza en nombre del Archiduque Carlos de Austria. Este era el momento que los ingleses habían estado esperando. Desde los tiempos de Cromwell, allá por 1656, Inglaterra anhelaba apoderarse de Gibraltar para utilizarlo como puerto de enlace en su ruta a las Indias Occidentales y como abrigo para los corsarios que atacaban a los barcos españoles. El almirante Rooke arrió el pabellón austriaco e izó en su lugar la bandera inglesa, la cual tremoló tres veces ante sus soldados mientras tomaba posesión de la fortaleza en nombre de la reina Ana de Inglaterra. Para celebrarlo, como una turbamulta descontrolada, las tropas anglicanas se emplearon en una sistemática destrucción de los templos católicos, dedicándose después al saqueo de las propiedades, el robo y las violaciones de las mujeres. Los supervivientes que lograron escapar a los desmanes ingleses iniciaron un éxodo que terminaría en la ermita de San Roque, a escasos kilómetros de su querida ciudad. De Gibraltar solo se llevaron la llave del castillo y el pendón que les bordara la princesa Juana, la hija de los Reyes Católicos. ¡Prefirieron perder todo cuanto poseían a vivir sometidos a los enemigos de España!
Imagen: Gibraltar