El día 5 de febrero de 1810, las divisiones francesas establecieron sus campamentos en las inmediaciones de la isla de León. Prevenidas de su llegada, las fuerzas de su guarnición establecieron a toda prisa una serie de fortificaciones que complementaban las defensas naturales que presentaba el acceso por tierra a la ciudad. Aunque mal artillada, la plaza contaba con un importante contingente militar de los países aliados. A los soldados del Duque de Alburquerque había que sumar un contingente anglo-portugués de 5.000 hombres y, sobre todo, los 10.000 gaditanos que se presentaron voluntarios a defender
su ciudad enfrentándose a los invasores. Fondeadeas en la bahía de Cádiz permanecieron durante el asedio la escuadra inglesa del Almirante Purvis y la española, esta al mando del Brigadier de la Armada don Ignacio de Álava. La tarde de ese mismo día, los franceses hicieron llegar una propuesta de rendición a las autoridades españolas que, de manera inmediata, fue contestada en estos términos: «La ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que el Señor Don Fernando VII». Al ser informado de tan lacónica respuesta, el Mariscal Víctor, Duque de Dalmacia y Comandante en Jefe del "Ejército Imperial del Mediodía de España", ordenó iniciar el ataque. Transcurrirían más de dos años de guerra y privaciones. Miles de proyectiles cayeron sobre la ciudad destruyéndola en gran parte y cientos de españoles entregaron la vida en defensa de la independencia nacional. Por fin, un día como hoy, 25 de agosto de 1812, el ejército francés se vio obligado a levantar el sitio, dejando abandonada en su retirada una gran cantidad de material y armamento. La férrea defensa de Cádiz puso de manifiesto, como en tantas ocasiones se repitió durante la guerra, la indómita voluntad de aquellos españoles de oponerse a quienes osaron mancillar la soberanía de su Patria.
Imagen: Cádiz (baluarte en el acceso al casco antiguo)