Tal día como hoy, muere el Capitán General don Diego de León, primer Conde de Belascoain. Nacido en Córdoba, ingresa casi un niño en la vida militar y con 17 años ya es Capitán de Caballería. Pronto destaca por su valor y espíritu temerario, haciéndose famosa su costumbre de marchar en los ataques al frente de sus lanceros y cargar allí donde el enemigo es más numeroso. En Arcos, al mando de un escuadrón de solo 70 jinetes, se enfrenta a una columna del bando carlista y la detiene hasta que llegan los refuerzos. Su comportamiento en esta acción fue tan heroico que su General en Jefe ordenó se le impusiera en el mismo campo de batalla la Cruz Laureada de San Fernando. El 20 de septiembre de 1836, se enfrentan en Villarrobledo las fuerzas isabelinas y las del pretendiente. Manda el ejército de la Reina el general Alaix y al frente de las tropas carlistas marchan los Generales Cabrera y Gómez Damas. Aquella mañana vuelve a cubrirse de gloria el Coronel Diego de León quién, al mando del Regimiento de Húsares, se enfrenta a fuerzas muy superiores derrotándolas y capturando cientos de prisioneros. Con 30 años es ascendido al empleo de Mariscal de Campo, concediéndosele el mando del ejército de Navarra. En el valle de Echauri, a 19 kilómetros de Pamplona, se encuentra la aldea de Belascoain. Aquí, los carlistas han fortificado un puente protegiéndolo con varias piezas de artillería. Sin arredrarse por la ventajosa posición del enemigo, ordena a su corneta que toque carga y se lanza el primero contra las defensas. Se cuenta que, durante la guerra, Diego de León tuvo 21 caballos muertos en combate y aquel día, el corcel que montaba resultó mortalmente alcanzado cuando su jinete, sable en mano, irrumpió entre los carlistas a través de la tronera de uno de los cañones, acción meritoria que le valió el título de Conde de Belascoain. En 1840 fue nombrado Capitán General de Castilla la Nueva. Sus proezas le han covertido en el soldado más admirado y famoso de España, al punto de verse obligado en muchos actos y espectáculos a saludar por las aclamaciones de que era objeto por parte de los presentes, lo cual suscitaba no pocas envidias entre bastantes políticos y militares. La desordenada vida privada de la reina María Cristina de Borbón, regente de España durante la minoría de edad de Isabel II, le atrae una ola de impopularidad en toda la nación, y ante la vergüenza de verse obligada a explicar en el Congreso su "anómala" situación civil, la viuda de Fernando VII renuncia y se marcha a Francia. Desde su residencia en París, María Cristina conspira para derrocar al nuevo Regente, el General don Joaquín Baldomero Fernández Espartero, tramando toda una serie de intrigas políticas a las que no es ajeno Diego de León. La noche del 7 de octubre de 1841, el General Gutiérrez de la Concha se subleva al frente del
Regimiento de la Princesa y ataca el Palacio Real, pero se encuentra con la férrea defensa de la unidad de alabarderos. Concha duda que acción tomar y envía al General Pezuela en busca de Diego de León. Este marcha a ponerse al frente de los sublevados e insta a los defensores de Palacio a rendirse, pero ya es tarde. Las tropas del General Espartero han cercado el edificio. De León consigue huir lanzando su caballo al galope por el Campo del Moro. En las proximidades de Colmenar Viejo se encuentra con una patrulla y se entrega. El Consejo de Guerra se constituye el día 13 a la una de la tarde y, pocas horas después, ya emite sentencia: pena de muerte. Desde la prisión de Atocha, De León es conducido a extramuros de la capital. Se le traslada a la vista del pueblo en una carreta descubierta y al reo se le ha permitido vestir su uniforme de gala. Una vez en el lugar de la ejecución, el General sacó de su bolsillo unas monedas de oro y las repartió entre los soldados que formaban el pelotón de fusilamiento. A continuación, se quitó el chacó de espléndidas plumas blancas y lanzó una mirada al fiscal militar. Este, procedió a leer la sentencia. Finalizado el trámite, De León avanzó unos pasos y dirigiéndose a los soldados, exclamó: ¡Que no os tiemble el pulso!¡Al corazón!, y él mismo dio las voces reglamentarias. La cerrada descarga rompió atronadora el silencio de la mañana de aquel 15 de octubre de 1841.
Imagen: Húsares de la Princesa. Sevilla, 1929