Aquel miércoles de octubre amaneció radiante y con el cielo despejado y, a mediodía, el sol hizo subir agradablemente la temperatura. Aunque los habitantes de Hendaya llevaban días observando un inusual movimiento de tropas, muchos no dejaron de extrañarse al despertar con sus edificios y calles tomados por la Whermacht. En los alrededores de la terminal del ferrocarril el trasiego de militares era constante y, en algunos de ellos, la vistosidad de sus uniformes y las rígidas muestras de disciplina que recibían denotaban, incluso para cualquier profano en los usos militares, que se trataba de altas jerarquías del ejército alemán. Algunos lugareños contemplaban curiosos, por supuesto estaba absolutamente prohibido acercarse al edificio, como la estación había sido cuidadosamente limpiada y repintada; de hecho, aún se podían observar dando los últimos retoques a un par de cuadrillas de soldados espoleados por las voces de mando de los sargentos. Cercanos a las vías, otros utilizaban escaleras para adornar con banderas las columnas que soportaban la estructura del techo. Poco a poco la gente fue marchándose, era la hora del almuerzo, y el bullicio reinante minutos antes en la estación desapareció por completo al hacer su entrada una unidad de
infantería, la cual ocupó en perfecta formación casi la totalidad del andén izquierdo. A las tres y veinte de la tarde, entre espesas nubes blancas de vapor, hizo su entrada la máquina que arrastraba el Erika, el tren especial que utilizaba el Canciller alemán para sus desplazamientos. El impresionante silencio que precedió a esta llegada solo fue roto por la orden de ¡firmes! dada por el Oficial al mando de la compañía que rendía los honores reglamentarios. Se abrió la portezuela del compartimento y el Führer descendió acompañado de Joachim Von Ribbentrop, Ministro de Asuntos Exteriores del Reich. Tras saludar a algunos de los Generales que esperaban su llegada, Hitler y Von Ribbentrop, acompañados por el General en Jefe del Ejército de Tierra, Mariscal Walther von Brauchitsch, pasearon hasta el andén contiguo y, casi al mismo tiempo, ambos miraron al horizonte. Habían transcurrido no más de cinco o seis minutos cuando se divisó la columna de humo que aunciaba la cercanía del tren español. El Generalísimo Francisco Franco descendió del vagón tipo break que lo había transportado desde San Sebastián, allí había pasado la noche anterior en el Palacio de Ayete, con ocho minutos de retraso conforme al horario establecido para celebrar la entrevista. Aunque años más tarde se pretendiera que esta demora se trató de un ardid del Caudillo para provocar un cierto desasosiego en su interlocutor, la realidad fue bien distinta ya que, únicamente al mal estado de varios tramos del recorrido que obligaron al Teniente Coronel Martínez Maza, conductor de la locomotora, a aminorar la velocidad, hay que achacar la culpa del retardo. Antes de que la banda militar acometiera los primeros compases, Hitler y Von Ribbentrop ya se habían acercado al vagón del que se apeaba Franco. El Generalísimo vestía el uniforme del ejército de tierra con divisas de Teniente General y lucía sobre el bolsillo izquierdo la Medalla Militar Individual y en el derecho el escudo de la Falange; Hitler, su habitual uniforme del partido, con gorra de plato y botas altas. El Caudillo tomó la mano que el alemán le ofrecía con ese gesto tan español de asirla con ambas suyas en señal de aprecio. Tras las presentaciones oficiales, que realizó el embajador germano en la capital de España, Eberhard Von Stohrer, Franco pasó revista a las tropas que le rendían honores y, a continuación, ambos mandatarios se dirigieron al Erika. En el coche salón se había instalado una mesa rectangular y sillas para seis personas, pero, en el último momento, se acuerda que a la entrevista asistirán únicamente, además de ambos Jefes de Estado y Gobierno, los Ministros de Exteriores de España y Alemania, Serrano Suñer y Von Ribbentrop, así como los intérpretes, actuando como traductor por parte española don Luís Álvarez de Estrada, Barón de las Torres, y por parte alemana el señor Gross, estando presente también el señor Paul Schmidt, intérprete habitual del Führer. Fuera, formando corrillo, han quedado el General Moscardó, Jefe del Cuarto Militar del Generalísimo, el señor Espinosa de los Monteros, embajador de España en Berlín, el eminente filólogo don Antonio Tovar y don Enrique Giménez Arnau, Capitán del Cuerpo Jurídico, el cual acudía en calidad de notario del encuentro. Haciendo un aparte, los Ayudantes de Servicio de Franco bromean e intercambian cigarrillos con algunos Oficiales alemanes. Habían transcurrido más de tres horas cuando uno de los Secretarios del Führer se dirigió a los presentes para informarles que, aunque no estaba previsto en el orden del día, se ofrecería una cena ligera pues, posiblemente, las conversaciones continuarían hasta avanzada la noche. Y no se equivocó en su vaticinio pues eran pasadas las doce y media de la noche cuando, según cuenta el Barón de las Torres, "el Führer, dando muestras de su soberbia o de su mala educación, se levanta de la mesa y de forma completamente militar y agria se despide de los presentes y abandona la reunión acompañado de su ministro de Asuntos Exteriores". Franco logró lo que no había conseguido ningún otro estadista europeo: hacer venir al Canciller germano a la frontera española a exponerle sus intenciones. Se mantuvo firme ante las presiones de Hitler, y con respuestas imprecisas o con exigencias irrealizables, sorteó el riesgo de ver ocupada nuestra nación por el ejército alemán y la más que previsible entrada de España en la cruel guerra que asolaba Europa. Un día como hoy de 1940, en la estación de Hendaya se consiguió evitar que las poderosas divisiones del III Reich traspasasen la frontera con Francia e invadieran nuestra Patria.
Imagen: La recepción