"LA BATALLA DEL RIO SALADO" (30 de Octubre de 1340)

Por In memoriam - 30 de Octubre, 2006, 5:53, Categoría: General

En 1248, una tribu bereber procedente del Sahára, los Beni Merín, aprovechan la debilidad de los almohades e inician la conquista de los territorios norteafricanos en una guerra cuyos hitos más significativos serían la toma de Fez en 1248 y la de Marrakech en 1269. Esta última fecha marca el inicio de la que sería conocida como Dinastía Meriní, la cual ostentaría el poder hasta mediados de 1465. Uno de sus más importantes jefes militares fue Abu-l-Hassán, conocido como "El Sultán Negro", enérgico General que gobernó con mano dura un imperio que abarcaba desde Túnez hasta el océano Atlántico. Su hijo combate en Al-Andalus, y participando en el asedio a Jerez de la Frontera encuentra la muerte. Enterado su padre de la noticia, la ira sustituye a la pena y buscando venganza organiza un ejército con el que se propone derrotar a los reyes peninsulares y extender su imperio por el sur de Europa. Decenas de miles de jinetes y soldados de infantería embarcan en Ceuta rumbo a las costas españolas y un gigantesco campamento se organiza a poca distancia de la ciudad de Tarifa. Al saber del desembarco, Alfonso XI, rey de Castilla, manda tropas que refuercen inmediatamente la ciudad, gobernada a la sazón por don Alonso Fernández Coronel. Entretanto, las tropas del Sultán Negro, el cual había conseguido para su empresa el apoyo de Yusuf, rey nazarí de Granada, cercan la ciudad de Tarifa y la someten a un terrible asedio en el que se emplearon toda clase de máquinas de guerra. Buscando socorrer a los sitiados, Alfonso XI envió a la zona una escuadra con la intención de cortar los suministros que desde África recibía el ejército meriní, pero una fuerte tempestad destrozó los barcos. Aunque parte de la nobleza castellana abogaba por concertar la paz, prevaleció la opinión del Rey de hacer frente a los sarracenos y, con tal fin, pide ayuda a los reyes de Portugal y Aragón, y el embajador don Juan Martínez de Leiva consigue del Papa una indulgencia plenaria para quienes tomen parte en el combate. Se logra así reunir en Sevilla un ejército de 15.000 jinetes y 25.000 hombres de a pie al que prestaría apoyo desde el mar una escuadra integrada por naves de las flotas castellana y aragonesa. Conocedores de que los defensores de Tarifa están agotando sus últimas fuerzas, la columna acelera la marcha y llega a la zona en apenas tres jornadas de viaje, instalando Alfonso XI su real en el paraje conocido como La Peña, a escasos cinco kilómetros de las murallas de la ciudad. Abu-l-Hassán se apresta rápidamente para la batalla y ordena a su hijo Omar que marche con sus tropas a impedir el paso de los cristianos por el vado norte del río Salado, pero al verse atacado por la caballería castellana, Omar retrocede y estos pueden entrar en Tarifa. El rey Alfonso, seguido del grueso del ejército, busca la desembocadura del río y avanza por la playa dispuesto a enfrentarse con las fuerzas meriníes. Mientras tanto, el rey portugués Alfonso IV, al frente de la caballería de las órdenes militares de Alcántara y Santiago y apoyado por 5.000 infantes, entabla combate con las tropas del rey granadino y, tras enconada lucha, las derrota poniendo en fuga a Yusuf quién, rodeado de su guardia, huye en dirección a Algeciras. Pero las aguerridas fuerzas de Abu-l-Hassán son superiores en número a las del rey Alfonso y estas comienzan a ceder terreno retirándose en desorden. En estos momentos de indecisión cobra especial relevancia la figura del Arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz, el cual, asiendo el caballo del rey por las riendas, arengó de tal forma a sus soldados que estos sienten renacer en sus pechos nuevos ánimos y se precipitan sobre las huestes moras con tales bríos que pronto el campo quedó cubierto por miles de cadáveres de sus enemigos. Abu-l-Hassán peleó bravamente pero, en un momento de la batalla, su caballo resulta herido y lo arrastra en su caída; al ver desaparecer al Sultán, el ejército meriní huye en desbandada: los cristianos podían cantar victoria. Las pérdidas musulmanas fueron enormes, abandonando los moros en su precipitada huida armas, bagajes, tesoros e incluso sus esclavos y concubinas. Aunque las cifras de muertos por el bando sarraceno citadas por los cronistas de la época son a todas luces exageradas, lo cierto es que estas debieron ser sumamente cuantiosas pues a resultas de aquella derrota quedó conjurado el peligro de nuevos intentos de invasión. Tal día como hoy del año 1340, los vencedores de la batalla del Salado encontraban en la lujosa tienda de campaña del jefe meriní a dos aterrorizadas jóvenes que suplicaban clemencia al Dios de los cristianos. Se trataba de las hijas de Abu-l-Hassán y el propio Alfonso XI ordenó que fueran devueltas a su padre. Agradecido, el Sultán Negro colmó a la escolta que las acompañaba de valiosos presentes para el monarca castellano.

Imagen: Las murallas de Tarifa. Al fondo, la costa africana

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