En 1893, la epidemia de cólera morbo que se sufría en la provincia de Vizcaya, y con más virulencia en la propia Bilbao, obligaba a mercancías y viajeros procedentes de aquella zona a superar un periodo de cuarentena preventiva. En el caso del puerto de Santander se había establecido como zona de espera el fondeadero de la ría de Astillero. Tal día como hoy, el "Cabo Machichaco", un vapor vizcaíno matriculado en Sevilla que transportaba en sus bodegas 1720 cajas conteniendo 51 toneladas de dinamita procedentes de Galdácano, terminada la preceptiva etapa de aislamiento fue autorizado a efectuar el amarre en el muelle de Maliaño. Las operaciones de atraque se llevaron a cabo sin contratiempo alguno y el capitán del barco, don Facundo Léniz Maza, se alejó del puente conversando con el segundo oficial mientras la tripulación celebraba el fin de la cuarentena y empezaba a hacer planes de salida por la ciudad. El Reglamento de Instalaciones Portuarias prohibía taxativamente que se efectuasen operaciones de carga o descarga de explosivos y sustancias peligrosas en las instalaciones cercanas al núcleo urbano y para realizarlas se habían establecido otras zonas, siendo quizás la más conveniente en este caso el fondeadero frente a la playa de La Magdalena. No obstante la prohibición, era frecuente por parte de las compañías propietarias de los buques saltarse esta normativa pues las autoridades portuarias solían hacer la vista gorda en caso de incumplimiento. Pasado el mediodía, puede que debido al movimiento del mar, una garrafa que contenía ácido sulfúrico se volcó produciendo un pequeño incendio al reaccionar el líquido. Este fuego alcanzó pronto dimensiones considerables y dado que los medios de a bordo eran insuficientes para sofocarlo, sobre la una y media se dio aviso a las autoridades. Al ver la espesa humareda que se elevaba desde el mercante, varios de los barcos que se hallaban en esos momentos en las inmediaciones del siniestrado, entre ellos la propia draga del puerto, acudieron en su ayuda, cooperando las tripulaciones codo con codo con los bomberos santanderinos en las tareas de extinción. A primera hora de la tarde el fuego no había conseguido ser aún controlado y la Guardia Civil y miembros de la Policía se esforzaban en mantener alejados de la zona de peligro a los cientos de curiosos que se habían acercado desde sus casas a presenciar el espectáculo. El Capitán Léniz ordenó establecer una cadena de hombres para ir sacando rápidamente las cajas almacenadas. En esos momentos, un lanchón acercó a un grupo de tripulantes procedentes del "Alfonso XIII", un bello transatlántico que cubría el enlace con la provincias de ultramar, lo cuales se sumaron con afán a las labores de desembarco de las mercancías. En tierra, varios espectadores comentaban sobresaltados como las llamas aún seguían sobresaliendo por el centro de la cubierta mientras otros observaban atentos las idas y venidas del Gobernador Civil, el cual cruzaba impresiones con los ingenieros del puerto y varias autoridades militares. Pocos minutos antes de las
cinco y media, una horrísona detonación procedente del puerto se pudo oír desde varios kilómetros de distancia, y décimas de segundo más tarde la onda expansiva extendió su guadaña de muerte arrasando edificios y arrebatando vidas. La explosión fue de tal intensidad que los cuerpos destrozados de las víctimas se esparcieron en todas direcciones, no siendo extraño que los vecinos aún siguiesen encontrándose días más tarde despojos humanos en muchos tejados y azoteas de la ciudad. La conmoción fue tremenda y el terrible accidente catalogado como verdadera hecatombe. Inmediatamente acudieron medios de socorro desde pueblos y provincias vecinas para cooperar en las tareas de rescate. Las cifras finales causan pavor incluso hoy día: 590 muertos, cerca de 2000 heridos y decenas de edificios destruidos. El insigne literato cántabro don José María de Pereda, fuertemente impresionado por el desastre, se inspiró en la figura de un tripulante del trasatlántico "Catalina" que había tomado parte en los trabajos de socorro para escribir una de sus novelas, la titulada Pachín González. Transcurridos muchos años de aquella aciaga tarde, aún se cantaba una coplilla que decía:
Aquel maldito vapor
que explotó en el 93
y que llenó de pavor
al pueblo de Santander.
El Ayuntamiento de la metrópoli erigió un monumento en la Plaza de Las Cachavas a la memoria de las víctimas de tan deplorable suceso.
Imagen: Restos sumergidos del vapor "Cabo Machichaco"