A principios del siglo VIII, la actual capital de
España no pasaba de ser un caserío construido al amparo de la vieja muralla
romana que dominaba el cauce del Manzanares. En la cuesta que ascendía desde la
vega existía una humilde capilla en la que los pobladores de la aldea daban
sentido culto a una talla de antiquísimo origen representando a la Madre de Cristo. Se decía
que la virginal figura había acompañado al Apóstol Santiago en sus prédicas por
nuestra tierra. La vida de aquellos laboriosos seres transcurría apacible sin
más cambios que el rotar de las cosechas o los cuidados del ganado cuando al
poblado llegaron noticias de la derrota del Rey Rodrigo en la ribera del
Guadelete y el avance desde las tierras del sur del ejército sarraceno.
Temerosos de que los infieles profanasen la imagen que con tanto amor
veneraban, decidieron ocultarla de los moros emparedándola en un hueco de la
muralla. Así lo hicieron, y en señal de respeto pusieron dos luminarias a los
pies de la Señora.
Poco
tiempo había transcurrido cuando efectuaban su entrada en la aldea los
invasores de España, estableciendo estos en los altos del río una serie de
puestos de vigilancia. Por su privilegiada situación y cercanía a Toledo, la
villa va cobrando cada día una mayor importancia, y a finales del siglo IX el
emir Muhammad I edifica una almudayna o fortaleza militar aprovechando
para su construcción los cimientos de las defensas romanas. Pasaron los siglos
y un nuevo Rey dirigía los esfuerzos castellanos: Alfonso VI, hijo de Fernando
I el Magno, unía en sus sienes las coronas de León y Castilla. Una vez
expulsados los moros, estableció su real en la villa y preparando estaba la
campaña de guerra contra la ciudad de Toledo cuando llegó a sus oídos la
historia de la Virgen
de Mayrit, que era el nombre dado por los musulmanes a la ciudad crecida
a las faldas del alcázar erigido por Muhammad. Juró entonces el castellano
localizar la efigie si el cielo le ayudaba en su empresa de reconquista, y su
ruego debió ser escuchado pues el 25 de mayo de 1085, tras largas semanas de
asedio, se le abrían las puertas de Toledo. No olvidó su promesa el monarca e
inició la búsqueda de la talla de María, pero todos los intentos por
encontrarla resultaban infructuosos. El frío aire de noviembre soplaba desde la
sierra y nadie confiaba ya en encontrar la imagen cuando don Alfonso ordenó
iniciar una novena en solicitud de la ayuda divina. Tal día como hoy del año
1085, una solemne comitiva encabezada por el propio Rey, recorría en procesión
el recinto amurallado elevando plegarias y rogativas cuando, al pasar por
delante de un paño de la muralla que daba a la vega del río, unas rocas se
desprendieron dejando al descubierto el nicho en el cual se ocultaba la talla
de la Virgen
Santísima. ¡Milagro!, gritaron los presentes convencidos de la intercesión de la Madre Divina en el
oportuno desprendimiento, y postrados repetían ¡milagro! cuando observaron que
aquellas dos luminarias que fervientemente se habían depositado a los pies de la Señora continuaban encendidas pese a haber
transcurrido 373 años. Corrió la buena nueva de boca en boca y desde apartados
lugares vinieron las gentes a venerar a la Virgen de la Almudayna, convertida ya en Patrona de la
ciudad. Acostumbraban los guerreros castellanos a invocarla en sus batallas y
se dice que con su ayuda llevaron la frontera cristiana a las puertas de la
penibética. En 1438, el Concejo de la
Villa declaró fiesta la fecha del milagroso suceso, y en 1646
el municipio votó asistir perpetuamente a su celebración. Ya en tiempos
recientes, la imagen fue coronada el 10 de noviembre de 1948 y, a petición del
pueblo madrileño, el Cardenal don Vicente Enrique y Tarancón transmitió al Papa
la solicitud de patronazgo, siendo Santa María la Real de la Almudena declarada
patrona de la archidiócesis de Madrid-Alcalá por Su Santidad Pablo VI el día 01
de julio de 1977.
Imagen:
Talla actual de la Virgen de la Almudena