Los primeros en llegar a la plaza de Zocodover y enfrentarse a la cuesta de Carlos V fueron los regulares del Teniente La Huerta. Les seguían las tropas legionarias de la 5ª bandera mandadas por el Capitán Teide. Eran las siete de la tarde del 27 de septiembre de 1936. Pocos minutos más tarde, erguidos sobre los escombros del que fuera su baluarte, los heroicos defensores del Alcázar de Toledo reciben alborozados a sus libertadores. Habían transcurrido 69 días de tenaz asedio por parte de las fuerzas del Frente Popular. En el recinto encontraron refugio 1.200 combatientes y 600 paisanos, la mayor parte de estos últimos familiares de aquellos. Las
condiciones de vida llegaron a ser espantosas, sometidos día y noche al fuego de la artillería. Aunque poseían suficiente armamento personal y cartuchería como para plantearse una defensiva a largo plazo, los recursos alimenticios con que cuenta el almacén de víveres solo asegura raciones para una semana. Afortunadamente, al realizar una descubierta encuentran en una casa cercana 360 sacos de trigo. Este grano, junto con los caballos y acémilas de la escuela militar, servirá para alimentar durante dos meses a los allí cercados. El Comandante médico Martín del Hierro y otros tres oficiales de Sanidad Militar, uno de ellos farmacéutico, auxiliados por cinco Hermanas de la Caridad y personal voluntario, realizarán una encomiable labor atendiendo a los más de 600 heridos que se produjeron durante los bombardeos y sucesivos intentos de asalto por parte de los milicianos. La mañana del 11 de septiembre, una vez que abandona el derruido recinto el canónigo Vázquez Camarasa, el cual había sido autorizado por las autoridades del Frente Popular a celebrar la Santa Misa a petición del Coronel Moscardó, jefe de los sitiados, estos se quedan sin más auxilio espiritual que el que les proporciona un joven segoviano nacido en Riaguas de San Bartolomé. Miembro de Acción Católica y presidente de la Unión Diocesana de la Juventud en Toledo, Antonio Rivera Ramírez, finalizados los estudios de Derecho, se encontraba preparando las oposiciones para Registrador de la Propiedad cuando la situación en la ciudad le obliga a buscar refugio tras las paredes del antaño palacio del Emperador Carlos. La labor que allí desarrollará durante aquellas 69 angustiosas jornadas es un auténtico derroche de sacrificio personal y apostolado católico. A su grandiosa labor espiritual hemos de añadir un constante ejercicio de generosidad y entrega a los demás que le hacen merecedor del sobrenombre de "el ángel del Alcázar" por el que se le conocía entre sus compañeros. Su presencia animando a los defensores fue constante durante los combates y jamás rehusó acudir allí donde fuera requerido. A esta tarea se dedicaba cuando, durante uno de los ataques, la explosión de una granada de mano le destroza el brazo izquierdo. Pudo vivir la liberación del Alcázar pero, sin lograr reponerse de sus graves lesiones, falleció tal día como hoy de una infección sanguínea. Para muchos "muerto en olor de santidad", se tramitó la solicitud de su beatificación a la Santa Sede.
Imagen: Efectos de una mina emplazada por los sitiadores.