Fernando III, rey de Castilla y León, dio comienzo en los meses finales de 1246 a los preparativos para conquistar Sevilla, siendo su primera providencia crear una flota que pudiese enfrentarse con éxito a la de los agarenos que defendía la desembocadura del Guadalquivir. Encarga su formación al burgalés don Ramón Bonifaz y, al efecto, le concede el título de Primer Almirante de Castilla. En la costa santanderina, Bonifaz apresta 13 galeras y se emplea en la leva de marineros y hombres de guerra en las poblaciones del norte peninsular. Mientras tanto, el monarca ordena a las villas y
concejos que aporten soldados a las filas del ejército real, excesivamente mermadas después de las conquistas de Córdoba, Murcia y Jaén. Al año siguiente, iniciadas ya las incursiones por tierras sevillanas, la corte se ha instalado en el palacio del vencido valí jienense y allí convoca Fernando III una reunión de nobles, prelados y caballeros para recabar su opinión sobre la manera de afrontar el ataque. Dos posturas prevalecen sobre las demás: por un lado, la de aquellos que prefieren continuar con la política de conquistas de las pequeñas plazas y taifas que limitan con la urbe hispalense y someter esta a un progresivo aunque lento desgaste, y por otro, la de quienes votan por un ataque directo a la ciudad. Entre los que defienden esta última se encuentran el Maestre de Uclés don Pelayo Correa, persona depositaria de la máxima confianza del rey por sus conocimientos bélicos, y el citado don Ramón Bonifaz: tras largas deliberaciones, don Fernando se decide por las tesis del Maestre y el Almirante. Tal día como hoy de 1248, 530 años después de que Pelayo iniciase la tarea de reconquistar el solar patrio, el Rey Santo hacía su entrada triunfal en Sevilla. En los enfrentamientos participaron guerreros de todas las partes de España. Las tropas aragonesas fueron capitaneadas por el Infante don Alfonso, el Arzobispo de Santiago lideraba al ejército gallego y las mesnadas vizcaínas se agrupaban bajo los pendones de don Diego López de Haro. Navarros, portugueses y castellanos acudieron también a la llamada del monarca sabedores de la importancia de aquella batalla en la tarea de la Reconquista. Y si el comportamiento de las fuerzas de tierra rayó en lo heroico
soportando con entereza el prolongado sitio, la enfermedad y el calor, más trascendental si cabe fue la actuación de la flota impidiendo a los sitiados la llegada de suministros y refuerzos por el cauce fluvial. Desde aquellas lejanas fechas, el escudo de la capital cántabra luce con orgullo una reproducción de la Torre del Oro y un majestuoso velero en homenaje a los intrépidos marinos santanderinos que derrotaron a la flota musulmana y lograron romper las cadenas defensivas que unían ambas orillas del Guadalquivir. En poder de los cristianos el reino de Sevilla, solo restaba expulsar a los nazaríes de Granada para completar la gesta de la gloriosa cruzada hispánica.
Imagen izq: Pendón real de Fernando III
Imagen der: Escudo de la ciudad de Santander