Desde un principio se sospechó que el asesinato el 9 de octubre de 2003 del Sargento 1º Bernal Gómez estaba relacionado con sus investigaciones sobre el paradero del líder iraquí. Meses más tarde, detenidos e interrogados por fuerzas estadounidenses los autores del atentado que costó la vida a siete miembros del Centro Nacional de Inteligencia, esa hipótesis cobra más fuerza y permite confirmar que los agentes españoles estaban cerca de averiguar el lugar donde se ocultaba el escurridizo Saddam Husein. No es normal que tantos agentes del servicio de inteligencia se desplazasen juntos pero, próxima la fecha del relevo, el jefe de información había decidido aprovechar la jornada para efectuar un reconocimiento de zona y ultimar detalles antes de que el equipo saliente abandonase Iraq. Después de almorzar en Bagdad se dirigieron a la salida sur de la capital en dos vehículos todo-terreno marca Toyota de color blanco. En lugar de viajar por la autopista se determinó tomar una carretera paralela a la misma que une la capital con la ciudad de Hilla, la antigua Babilonia de los escritos bíblicos, una vía de doble dirección en muy mal estado de conservación pero con mucho más tráfico, lo cual dificulta las labores de seguimiento y facilita pasar inadvertido. Para deambular a pie sin levantar sospechas los agentes se habían mimetizado, es decir, no ofrecían aspecto ni ropajes occidentales; sin embargo, los vehículos si eran identificables por ser los habituales de la coalición multinacional desplegada en aquella región. Tras circular unos 30 kilómetros dejaron atrás Mahmudiya, lugar donde se ubica una base estadounidense; fue posiblemente en este momento del recorrido cuando el conductor del segundo Toyota se percató de que un coche venía siguiéndoles y alertó a sus compañeros: casi de forma inmediata sonaron los primeros disparos. Uno de los proyectiles alcanzó al conductor y su vehículo se salió de la carretera. Al observar el desplazamiento, el otro se detuvo para auxiliarle. Armados únicamente con sus pistolas, los agentes españoles se dispusieron a repeler a los agresores, pero desde las casas cercanas se sumaron al ataque varios francotiradores con fusiles de asalto y lanzagranadas; el presunto ataque casual se había transformado en emboscada. Al verse superados, se ordenó a uno de los agentes que fuese en busca de ayuda. En medio de aquel caos de explosiones y disparos, José Manuel Sánchez Riera no solo logró cruzar la carretera sino que también pudo escapar de un numeroso grupo de simpatizantes del derrocado dictador que presenciaban la escena alborozados y que al verle se dirigieron hacia él en actitud amenazante. Una vez alcanzó el otro lado de la carretera, consiguió después de varios intentos detener un vehículo y desplazarse a Mahmudiya, dando aviso a la policía. Cuando se personaron en el lugar del atentado la escena no podría ser más dantesca: los dos todo-terreno envueltos en llamas iluminaban los cuerpos ensangrentados y vejados de sus compañeros. Refugiados en la cuneta, los agentes españoles habían logrado resistir algo más de media hora, pero la mayor potencia y precisión de sus kalashnikov permitió a los terroristas acabar con ellos uno a uno. Aquello había sido una auténtica masacre. Transcurridos unos minutos hicieron acto de presencia los helicópteros de la 82 División Aerotransportada estadounidense y los insurgentes emprendieron la huida, pudiéndose entonces recoger los cadáveres y trasladarlos al tanatorio instalado en el aeropuerto internacional de Bagdad. Días más tarde, un grupo islámico denominado Ansar Al Sunna reivindicaba la autoría del asesinato. Aunque fuentes del ejército norteamericano hablaron de un atentado de oportunidad, desde el Ministerio de Defensa español se afirmó que se trataba de una delación. Tal vez el hecho de que se estuviese produciendo un relevo pudiera dar a entrever que los agentes destinados en Bagdad habían sido identificados por los servicios secretos proclives a Husein y señalados como objetivos.
A las dos menos cuarto de la tarde de un día como hoy del año 2003, fueron abatidos por insurgentes iraquíes siete miembros del Centro Nacional de Inteligencia, seis de ellos militares, a la entrada de la población de Latifiya, 30 kilómetros al sur de Bagdad. El Consejo de Ministros acordó ascender al empleo superior y conceder a título póstumo la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo a don Alberto Martínez, don José Merino, don Carlos Baró, don José Carlos Rodríguez, don José Lucas, don Alfonso Vega y don Luís Ignacio Zanón en reconocimiento al valor demostrado en su enfrentamiento a fuerzas hostiles muy superiores en número y armamento.
Imagen: Logotipo del Centro Nacional de Inteligencia.