"ASALTO AL CONGRESO" (03 de Enero de 1874)

Por In memoriam - 3 de Enero, 2007, 7:14, Categoría: General

Elevado al poder por las Cortes Constituyentes -las mismas que habían proclamado la República Federal- don Francisco Pi y Margall fue elegido para el cargo de la Presidencia del Poder Ejecutivo, es decir, la jefatura del Estado y del Gobierno, ante la repentina huida a Francia de don Estanislao Figueras, el cual se había confesado incapaz de hacer frente a la situación de caos y anarquía a la que habían arrastrado a España las sublevaciones cantonales, las conspiraciones pro-monárquicas y la indisciplina del Ejército. Pero la designación del señor Pi no acabó con los desórdenes; es más, se multiplicaron. Una parte importante de la Armada se sumó a la rebelión, las principales capitales andaluzas se erigieron en cantones independientes y el conflicto carlista se extendía por todo el norte peninsular. Pi y Margall se vio igualmente imposibilitado de poner fin a esta situación sin tener que llegar al derramamiento de sangre y, contrario a ello, presentó su dimisión el 18 de julio de 1873. Le sustituye en el cargo el diputado don Nicolás Salmerón, un brillante catedrático almeriense que a las pocas semanas de acceder a la presidencia había conseguido detener el movimiento cantonista y frenar el avance de los partidarios de Carlos VII. No obstante estos brillantes logros, presentó su renuncia apenas transcurridos tres meses de su elección ante el grave cargo de conciencia que le suscitaba firmar una serie de sentencias de muerte consideradas imprescindibles para restablecer la disciplina y acabar con las deserciones en el seno del Ejército. El 7 de septiembre es nombrado Jefe de Estado y de Gobierno don Emilio Castelar. Obligado por la descomposición social reinante, disolvió las Cortes y gobernó casi dictatorialmente, llegando incluso a actuar en contra de sus propias convicciones con tal de conseguir la paz y el orden que él consideraba primordiales para la reconstrucción nacional. Acometió con gran vigor la tarea de salvar la nación y luchó tenazmente por recuperar el principio de autoridad, siendo acertada su decisión de restablecer el servicio militar obligatorio en aras de restaurar la disciplina castrense. Algunos líderes políticos, entre ellos sus antecesores Pi y Salmerón, le acusaron de haber olvidado los principios revolucionarios que alentaron el nacimiento de la república y, sometido a una moción de confianza, perdió la votación y se vio forzado a dimitir. Eran las cinco de la mañana de un día como hoy de 1874. Tras un breve descanso, a las siete de la mañana, iniciado el proceso para dilucidar si el diputado don Eduardo Palanca sustituía al señor Castelar, llegan noticias de que el Capitán General de Madrid, don Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque, se dispone a tomar el Congreso. La escena se vuelve aquí casi sainetesca. En tanto varios diputados se apresuran a abandonar el edificio, Castelar, que se sabía querido y respetado por el Ejército y, por tanto, sin nada que temer, sube a la tribuna y clama: "Yo, señores, no puedo hacer otra cosa más que morir aquí el primero con vosotros". Los diputados le vitorean y proponen conceder a don Emilio un voto de confianza, pero él mismo rechaza la proposición. Hacen su aparición en esos momentos unos Ayudantes del General Pavía que vienen con el mandato de desalojar el Salón de Plenos, orden que es acogida con protestas por los diputados, aunque estas cesan inmediatamente al hacer su aparición varios miembros de la Guardia Civil y algunos soldados de Capitanía. El señor Castelar se les enfrenta: "Yo declaro que me quedo aquí y aquí moriré". Muchos de sus compañeros han aprovechado la confusión reinante para salir a la calle saltando desde las ventanas. Los pocos que quedan, con Castelar al frente, son desalojados por la misma Guardia Civil que minutos antes custodiaba el Congreso. La I República anticipaba su final cuando el reloj del hemiciclo marcaba las siete y media. Unos meses más tarde, el 29 de diciembre, tras el fallido intento del Duque de la Torre de consolidarse en el poder en una especie de dictadura republicana, el General Martínez Campos se pronunció en Sagunto, con la aquiescencia gubernamental, a favor de la restauración monárquica en la persona de don Alfonso de Borbón y Borbón.

Imagen izq: Don Emilio Castelar Ripoll.
Imagen der: El General Pavía.

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