Tal día como hoy del año 1587, vino al mundo Gaspar de Guzmán y Pimentel. Ocurría este natalicio en Roma, donde su padre, don Enrique de Guzmán, II Conde de Olivares, ocupaba el puesto de embajador español ante la Santa Sede. Don Enrique, dueño de tan recio carácter que en más de una ocasión mantuvo sonadas discrepancias con el Papa Sixto V, fue hombre de la confianza de Felipe II y medraría en su carrera diplomática alcanzando en los años siguientes los cargos de Virrey de Sicilia y de Nápoles. Al ser el tercer hijo, siguiendo la costumbre de la época Gaspar fue destinado a la carrera eclesiástica y, tras cursar sus estudios en Italia, a los catorce años regresó a España dispuesto a realizar la carrera de derecho canónico en la Universidad de Salamanca. Pasan los años y don Enrique de Guzmán es nombrado miembro del Consejo de Estado, por lo que abandona Italia y se instala primero en Valladolid y luego en Madrid, sedes de la corte de Su Majestad Felipe III. Todo parece sonreír a la familia cuando el Conde es nombrado Contador Mayor de Cuentas del Reino. Sin embargo, con diferencia de pocos meses mueren los dos hijos mayores y el joven Gaspar abandona sus estudios universitarios para acudir donde su padre y comenzar a enterarse de sus obligaciones como heredero de los títulos de su casa. En 1607 fallece en Sevilla el cabeza de familia y Gaspar, ya don Gaspar, se convierte en Duque de Sanlúcar la Mayor y jefe del mayorazgo de Olivares. La historia abría sus puertas al Conde-Duque de Olivares, uno de los personajes que más nítidamente representan los claroscuros de aquella etapa del imperio hispano. Ese mismo año se casó con doña Inés de Zúñiga, hija del Conde de Monterrey y Dama de la Reina Margarita, y abandona la capital para marchar a su residencia en Sevilla, centro de las extensas posesiones familiares. Nostálgico de los entresijos de la Corte, solicita y consigue del Duque de Lerma, valido del Rey, su nombramiento como Gentilhombre de Cámara del Príncipe Felipe. A su regreso a Palacio, se encuentra con la desatada guerra de poder entre el valido y su hijo, el Duque de Uceda. Olivares toma partido por este último y la caída del de Lerma le convierte en parte integrante de la camarilla más cercana al regio personaje, el cual le designará "sumiller de corps" y meses después "caballerizo mayor". Además, su tío don Baltasar de Zúñiga, ministro de Felipe IV, logra para él la Grandeza de España, un paso de gigante en la carrera política del Conde-Duque que, ganada la confianza real, le llevará a
la muerte de don Baltasar, acaecida en 1622, a la jefatura del Gobierno. Mediante favores y regalos, y cuando no con intrigas, logró hábilmente hacerse dueño absoluto de la situación y comenzó una febril actividad en aras de conseguir las dos metas que se había propuesto: en lo político, afianzar el poderío español en Europa prescindiendo de las agresivas campañas militares de sus antecesores y centrándose en defender las actuales posesiones, y en lo personal, consolidar su poder y multiplicar sus bienes. Como el gran problema estribaba en que Castilla soportaba la mayor parte del esfuerzo de guerra promulgó la Unión de Armas, ordenanza que distribuía el coste humano y económico del mantenimiento de los ejércitos de una manera proporcional entre todos los reinos españoles, lo cual fue ampliamente contestado por aragoneses, valencianos y catalanes. Igualmente, buscando establecer una igualdad de criterios legales en el conjunto de estos territorios, presenta a Felipe IV su Gran Memorial, un ambicioso conjunto de reformas encaminadas a recuperar el poder real y el prestigio de la corona. Pero se encontró con la oposición de Diputaciones y Cortes, a la que no fueron ajenas sus enemistades con la casa de Sandoval, Medina Sidonia y otros miembros de la nobleza. Esta negativa obligó a recurrir al empréstito para mantener la campaña militar que se estaba sosteniendo en los Países Bajos y el crecimiento de la deuda abocó en 1627 a la declaración de bancarrota de la Hacienda real. En 1640, el ejército francés atacó el Rosellón y Olivares ordena el reclutamiento en Cataluña. Las instituciones catalanas lo consideran contrario a sus fueros y comienzan unas revueltas que alcanzarían su punto álgido en el llamado Corpus de Sangre. Meses más tarde, la negativa lusa a enviar tropas a Cataluña supone el inicio de la insurrección del reino de Portugal, siendo esta más significativa pues conduciría a su separación y posterior independencia cuando el 15 de diciembre de 1640 es coronado rey de Portugal el Duque de Braganza con el título de Juan IV. No debe ocultarse que tras las aspiraciones de los portugueses se hallaba la mano del Cardenal Richelieu y, de forma indirecta, la del monarca francés. Desanimado por sus fracasos políticos y sintiéndose enfermo, el Conde Duque de Olivares presenta su renuncia al Rey, pero este no se la aceptará hasta 1643, año en que le permite retirarse a su señorío de Loeches. En este momento, sus principales detractores, Medina Sidonia, el Marqués de Ayamonte, los Sandoval, y otros Grandes de España, remitieron al Rey un Memorial en el que se criticaba la actuación del valido. Aunque Olivares contesta con otro Memorial en el que no solo tira por tierra los argumentos de sus enemigos sino que les ataca duramente, estos consiguen que deje Loeches y se marche a la villa de Toro. Allí, olvidado de todos, se consume presa de la ignominia y la humillación. -Me tratan como a un delincuente: desterrado y deshonrado- se queja. El 15 de julio de 1645 se sintió indispuesto y lo llevaron a casa. Sufría de fuertes calenturas y su conversación se tornó incoherente. La familia hizo venir desde Valladolid al insigne médico don Cipriano de Maroja, pero ni él ni los demás doctores de la ciudad lograron hacer remitir la fiebre. Durante una semana fue presa de un profundo sopor alterado por episodios de delirio y divagaciones, falleciendo pasadas las 9 de la mañana del sábado 22 de julio. Don Gaspar de Guzmán, el Conde Duque de Olivares, había dirigido nuestra política durante las dos últimas décadas del poderío mundial español y su carrera política puede ser definida como un prolongado intento de oponerse a las causas que habrían de marcar la decadencia de aquel imperio donde el sol nunca se ponía.
Imagen: El Conde Duque de Olivares a caballo (detalle del cuadro de Velázquez).