"LA TRAGEDIA DE RIBADELAGO" (09 de Enero de 1959)

Por In memoriam - 9 de Enero, 2007, 0:09, Categoría: General

En el extremo noroeste de Castilla-León, limítrofe con la frontera portuguesa, se halla la comarca de Sanabria, terrenos zamoranos ricos en robledales, bosques de tejos y enebros y, en sus frías y húmedas vaguadas, acebos, olmos y abedules. Recibe su nombre del lago de Sanabria, el mayor de origen glaciar existente en nuestra península con sus 3.178 metros de mayor cuerda y 51 de profundidad máxima. Tierra de fríos inviernos y veranos cortos que templaban los ánimos y endurecían las manos de vaqueros y campesinos. Y sus pueblos, algunos con el apellido del lago, Puebla de Sanabria, Puente de Sanabria, Rábano de Sanabria, Vigo de Sanabria. Y otros sin él, pero a su sombra siempre: Otero, Quintana, Hermisende, Rozas, Cervantes, Ribadelago. Ribadelago, atípico pueblo -por su aspecto andaluz- enclavado a orillas del agua misma. Ribadelago nuevo, o de Franco, que es su verdadero nombre; casas blancas construidas por el Ministerio de la Vivienda con materiales de aquel famoso Plan Badajoz de abril del 52. Ribadelago, un nombre para siempre asociado a la tragedia del embalse de Vega de Tera. Siete kilómetros arriba del pueblo, siguiendo el cauce del río Tera, se construyó entre los años 1954 y 1956 una presa destinada a satisfacer las altas demandas energéticas que requerían las cada vez más populosas ciudades españolas. La presa, de 200 metros de longitud y 33 de altura, con capacidad para 7 hectómetros cúbicos de agua, fue inaugurada por el Jefe del Estado el día 25 de septiembre de 1956.
Desde que comenzara el año, una fortísima tormenta descargaba lluvias torrenciales sobre la comarca de Sanabria. Aquella mañana había sido muy fría, alcanzándose al llegar la noche los 18 grados bajo cero. Recogidos sus animales, los habitantes de Ribadelago se habían retirado pronto a sus casas y muchos no esperaron la anochecida para buscar el calor de la cama. Nadie podía imaginar la tragedia que estaba a punto de desencadenarse. Las extremas temperaturas habían producido fisuras en la pared de granito y hormigón de la presa y esta no pudo resistir el enorme volumen de agua que aportaba el embravecido cielo. De repente, el dique cede y se produce una brecha de 70 metros de ancho y 30 de alto por la que se escapa un mar de ocho mil millones de litros de agua. Una avenida torrencial y violenta que discurre a gran velocidad por el cañón del río Tera buscando loca su desembocadura al lago. Al llegar al pueblo de Ribadelago arrasó con cuanto encontró a su paso. De las 170 viviendas que lo componían, solo quedaron en pie 25, y el caudal de agua, con su carga de piedras, ramas y lodo, alcanzó en varios puntos los 9 metros de altura. Muchos de sus habitantes, al oír el estruendo de la tromba que se avecinaba, buscaron refugio en las zonas altas –algunos se salvaron aferrados a la espadaña de la iglesia o a las copas de los árboles-, pero otros, ciegos ante la posibilidad de ver escapar sus pocas posesiones, se empeñaron en salvar enseres y animales. De los 549 vecinos, 144 perdieron la vida aquella noche aciaga. Y el desastre pudiera haber sido mayor de no absorber el lago el gigantesco caudal del embalse. Casi tres metros subió el nivel de su superficie y, a la mañana siguiente, en ella se veían flotar muebles, aperos, escombros y ganado. Se pudieron rescatar 28 cadáveres, dándose por desaparecidos 116 cuerpos, y la estimación de daños ascendió a 90 millones de pesetas, unos 540.000 euros, cantidad muy considerable para la época. Nada más conocerse la tragedia comenzaron a recibirse ayudas tanto de las instituciones como de multitud de particulares, haciéndose cargo el Tesoro Público de las indemnizaciones. El Generalísimo urgió al Consejo de Ministros la reconstrucción del pueblo vía Ministerio de la Vivienda, decidiéndose su nuevo emplazamiento en debate vecinal. El juicio sobre lo ocurrido se celebró apenas dos meses más tarde y en el mismo se concluyó que las causas de la rotura del muro de la presa habían sido la deficiencia de los materiales, el extraordinario volumen de las precipitaciones y la rigurosidad de la temperatura. Hoy día, aunque muchos de sus antiguos vecinos han regresado al antiguo pueblo de Ribadelago, nadie de la comarca ha podido olvidar aquella noche de tragedia.


Imagen: Fotografía de la presa destruida.

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