Finalizada la gesta épica de la
Reconquista, al saber que un importante número de los infieles vencidos que no
se avinieron a permanecer bajo el poder de los españoles encontró refugio en
las cercanas tierras del norte de África, consideraron los Reyes Católicos que
era necesario contar en dichos territorios con varias plazas fuertes que
controlaran el peligro representado por los nazaríes expulsados de Granada.
Asumió la empresa de conquistar la plaza de Melilla don Juan Alonso Pérez de
Guzmán y Afán de Ribera, III Duque de Medina Sidonia y Gobernador de Andalucía,
el cual organizó a sus expensas un ejército de 5000 infantes al que dotó de artillería
e importantes medios logísticos y a cuyo frente puso a su Contador Mayor, el
jerezano don Pedro de Estopiñán Virués. Embarcó esta fuerza en el puerto de
Sanlúcar de Barrameda a principios del mes de septiembre de 1497 y,
sorprendiendo a los moros en un osado desembarco nocturno, tras algunas
escaramuzas consiguieron hacerse con la ciudad el día 17 de dicho mes.
Jubilosos los Reyes por el éxito de la conquista, otorgaron a Estopiñán, entre
otras prebendas, el título de Comendador
de la Orden de Santiago. Fue primer Alcaide de la Villa el Capitán Suárez
Gómez, bajo cuya autoridad se inició la construcción del cinturón defensivo que
abría de proteger en adelante la ciudad de los ataques sarracenos. En 1556,
Melilla dejó de pertenecer a la Casa de Medina Sidonia por renuncia del VII Duque, don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno
y Zúñiga, a favor de la Corona. Ostentaba el cetro imperial la mano firme de
Felipe el Prudente y la fortaleza de nuestros ejércitos redujo al silencio en
aquellos años las aspiraciones moras de recuperar la plaza. Fueron tiempos
felices que verían su fin con el advenimiento de la decadencia del poder
español en el mundo. En 1672 subió al trono marroquí el Sultán Ismail Ben
Cherif, el cual se impuso como objetivo prioritario de su reinado la expulsión
de los españoles de los territorios norteafricanos. Las hostilidades fueron
continuas y la valentía de los nuestros denodada pues, aunque la precariedad de
medios y la falta de ayuda desde la península hizo caer en manos enemigas los
fuertes defensivos exteriores, los españoles supieron resistir sin rendirse las
penurias del asedio por fuerzas muy superiores. En estas penosas circunstancias
y sufriendo constantes ataques por parte de los marroquíes se vieron obligados
a sobrevivir los melillenses hasta la llegada al trono español de Carlos III,
el cual se apresuró a dotar a la ciudad de recursos y hombres, encomendando la
tarea de reconstruir las maltrechas defensas al Mariscal de Campo don Juan
Sherlock. Así las cosas, en diciembre de 1774 se presentaron frente a sus muros
las fuerzas del Sultán alauita Muley Mohamed Ben Abdalá al Qatib, ascendido al
trono de Marruecos con el nombre de Mohamed III. Rodeada por completo la plaza,
hubo esta de sufrir un espantoso bombardeo que la redujo a ruinas, viéndose
forzados sus habitantes por el continuo cañoneo del ejército enemigo a buscar
refugio en minas y galerías subterráneas. Sin embargo, en ningún momento mermó
un ápice la heroica resistencia de los defensores quienes, no faltos de ironía,
se mofaban de la intensidad del fuego moro llamándolo “el rosario de Mahoma”.
Transcurridos tres meses y diez días de enconados ataques, después de haber
sufrido numerosas bajas y viéndose incapaz de rendir las defensas melillenses,
decidió el Sultán levantar el asedio y retirar sus tropas, acción que llevó a
cabo tal día como hoy del año de Nuestro Señor de 1775. Y desde tan lejana
fecha, todos los años tiene lugar en aquella parte de España una solemne
celebración religiosa en acción de gracias por tan jubiloso desenlace.
Imagen:
Monumento en Melilla a
don Pedro de Estopiñán.