De él dijo Quevedo: «Lo es Grande el rey Nuestro Señor a la manera de los hoyos, más grande cuanto más tierra se les quita». Y es que con Felipe IV, llamado por lamentable ironía "El Grande", comenzó el declive de la hegemonía española. Nacido tercero de los ocho hijos que tendría la pareja real, Felipe fue el primer varón del matrimonio de Su Majestad Felipe III con su prima, la Archiduquesa Margarita de Austria, y vino al mundo en Valladolid, tal día como hoy de 1605. Muerto su padre el 31 de marzo de 1621, con solo 16 años subió al trono de un Imperio donde nunca se ponía el sol. El monarca no carecía de inteligencia y preparación, pero sufría del estigma de la apatía, y las horas que debió dedicar al trabajo se malgastaron en festejos cortesanos y veleidades. Casado con Isabel de Borbón, Princesa de Francia, el matrimonio fue un cúmulo de infidelidades por su parte, naciéndole numerosos hijos bastardos, destacando entre ellos, por el papel que habría de representar al frente del ejército, don Juan José de Austria, homónimo de aquél hijo espurio de Carlos I que haría prevalecer la Cruz en la victoriosa jornada de Lepanto. Fruto de las relaciones adúlteras del Rey con una actriz de vida disipada llamada María la Calderona, este no alcanzaría ni la fama ni la gloria de su predecesor, y la derrota de las tropas a su mando en Estremoz, seguida de la sufrida por el Marqués de Caracena en Montes Claros, abriría las puertas a Portugal para conseguir su independencia de la corona española. Mientras estas desgracias ocurrían, Felipe IV dedicaba sus jornadas a la caza, deporte al que siempre fue grandemente aficionado, y sobre todo, al arte y los espectáculos, compaginando su protección y mecenazgo de artistas con una vida frívola al lado de comediantas y libertinas. Su abulia y la absoluta desgana que le producían los asuntos de Estado hicieron que dejara el gobierno en manos de don Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares y Duque de Sanlúcar, quién durante 22 años ejerció un poder casi absoluto. Pero la política emprendida por el válido real, tendente a afianzar las posesiones imperiales, y la enorme inquina contra nuestra Patria que en el alma del rey Carlos I de Inglaterra había producido su fracasado intento de contraer matrimonio con la Infanta María, hermana del monarca español, supusieron un recrudecimiento de los conflictos militares en que se hallaba inmersa España, y la onerosa carga que eso representaba para los ciudadanos hizo estallar la sublevación en Aragón y la secesión en Cataluña y Portugal. En Vizcaya también cundió el descontento, aunque allí por las levas forzosas para nutrir las filas del ejército, y en Andalucía fue abortada una conspiración, de la que era impulsor el Marqués de Ayamonte, el cual quiso independizar la región y nombrar rey de aquellos territorios al Duque de Medina-Sidonia. Tantos y tan continuos desastres, sumados a la enemistad que le profesaba la Reina, provocaron la caída del Conde-Duque, al que sustituyó en el favor real su sobrino, don Luís Menéndez de Haro y Sotomayor, el cual ocuparía el cargo de valido hasta su muerte, acaecida en 1661. Decide entonces el monarca asumir las funciones de soberano y nombró, para su asesoramiento, dos ministros: don Ramiro Núñez Felipe de Guzmán, Duque de Medina de las Torres, quién se encargaría de la política exterior, y don García Haro Sotomayor y Guzmán, Conde de Castrillo, a quién se dio la tarea de armonizar la situación interna amén de los asuntos de Italia. Aunque a esta etapa se la conoce como «El Duunvirato»*, existía una tercera persona que gozaba de la total confianza del Rey, Sor María Jesús de Ágreda, venerable monja franciscana con la que el monarca mantuvo una interesantísima correspondencia epistolar. Fallecida Isabel de Borbón, Felipe IV contrajo nuevas nupcias con su sobrina Mariana de Austria, hija de su hermana María y del Emperador Fernando III de Alemania. De este segundo matrimonio nació el heredero al trono, el futuro Carlos II. Del primero solo sobreviviría la Infanta María Teresa, la cual contraería matrimonio el 6 de junio de 1660 con Luis XIV de Francia, y cuyo hijo, Felipe, Duque de Anjou, sería, pasados los años, el primer Borbón en ocupar el trono español.
Felipe IV murió en Madrid el día 17 de septiembre de 1665. Aunque sus 44 años de reinado supusieron el inicio del ocaso del poder español en el mundo y estuvieron marcados por una ininterrumpida sucesión de etapas de crisis económica y empobrecimiento de la población, el gran amor que profesó Felipe el Grande por la artes y el conocimiento hace que su figura haya prevalecido por coincidir con el momento cumbre de nuestra historia en el aspecto cultural, un tiempo aquel que ha pasado a los libros de historia como el Siglo de Oro de las artes y las letras españolas.
*Duunvirato: Gobierno ejercido por dos personas en la antigua Roma.
Imagen: Felipe IV, óleo de Velázquez.