Con la Reina Juana se unen, por vez primera, bajo el mismo cetro, todos los Reinos de España. Tercera hija de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, Juana vino al mundo en Toledo el día 6 de noviembre del año de Nuestro Señor de 1479. Nos muestran los retratos y afirman sus contemporáneos que se trataba de una joven agraciada en lo físico y en lo intelectual, de serena belleza y aristocrático porte, educada en la severidad religiosa de la corte española con miras a su futuro como princesa o reina de algún país europeo. Aunque tanto los Valois como los Estuardo, dinastías reinantes en Francia y Escocia respectivamente, habían puesto sus ojos en la bella Infanta española, sus padres, buscando una alianza con el Emperador Maximiliano I, concertaron la boda con el Archiduque Felipe de Austria y, apenas cumplidos los dieciséis años, la joven debió separarse de su familia y partir rumbo a Flandes. Desde un principio hubo de enfrentarse a la cerrada oposición de la nobleza de aquellas tierras, mucho más deseosa de asentar sus relaciones con el poderoso vecino del sur que con la lejana Castilla. Es más, pasada la pasión inicial despertada en su libertino esposo, este volvió a su acostumbrada vida de romances y escarceos con las damas de su corte, relegando a su enamorada esposa a la soledad de sus aposentos. Esta situación se tornó insoportable para la española la cual, so pretexto de su cuarto embarazo, expresó el deseo de visitar a sus padres, emprendiendo el viaje de regreso a primeros de marzo de 1503. Y es la Reina Isabel quien advierte en su hija los primeros síntomas de inestabilidad mental. Culpan los médicos de la corte castellana de la desesperación en que vive Juana a la situación matrimonial y concluyen que sus desvaríos son producto de una crisis de celos. Heredera de la corona por fallecimiento de su hermano mayor, Juan, y de su sobrino Miguel, hijo de su hermana Isabel, reina de Portugal, a la muerte de la Reina Católica unió a sus títulos como esposa del Archiduque los de Reina de Castilla y León. Maniobra entonces Felipe de Austria, con certeza movido por sus consejeros flamencos y borgoñones, para hacerse cargo de la regencia argumentando la locura de su mujer. Esta fementida* actitud le enfrentará a su suegro quién, al no contar con el respaldo mayoritario de la nobleza de Castilla, opta por retirarse a su reino aragonés. Pero será por poco tiempo. Unos meses más tarde, el 25 de septiembre de 1506, muere Felipe de Austria, causando este revés en los problemas mentales de la Reina un agravamiento notorio. Rigurosamente enlutada, Juana de Castilla no se separa un solo instante del féretro temerosa de que secuestren el cadáver para llevárselo a Flandes, por lo que ordena cada cierto tiempo a quienes lo custodian abrir el ataúd para comprobar que el cuerpo seguía estando allí. Pasados tres meses, durante los cuales se había preparado la Capilla Real de Granada para acoger los restos del difunto, se inició el traslado, penosa transumancia que obligó doña Juana a la comitiva a través de montes y caminos, viajando siempre de noche y aposentándose a las afueras de los pueblos para evitar que las aldeanas se acercasen al muerto, tal era su paranoia. Surgen entonces los primeros roces con los nobles, obligados por la Reina a acompañarla en su lúgubre peregrinar, y ésta, sin más voluntad que estar junto a su esposo, ordena llamar a su padre y le entrega la regencia hasta la mayoría de edad de su hijo Carlos. Día a día, la demencia va agravándose. Al deterioro mental se une el físico, pues Juana ha dejado de lavarse y la ropa que viste se ha reducido casi a meros jirones y harapos. Fernando el Católico decide -puede que con más miras de político que con amor de padre- recluirla en el alcázar de Tordesillas. Un gélido 15 de febrero de 1509, la Reina, acompañada por su hija Catalina y algunas dueñas** de su corte, ocupaba unas estancias que ya no abandonaría hasta el día de su muerte, 46 años más tarde. En este tiempo, se alternaron los episodios depresivos y de enajenación con momentos de estabilidad y aparente lucidez, pero la marcha de Catalina para contraer matrimonio con el rey de Portugal y el trato recibido de sus celadores, especialmente duros los de don Luis Ferrer y el de don Bernardo de Sandoval, sumaron a su ya maltrecha salud graves problemas físicos. El Movimiento de las Comunidades, que buscaron el apoyo de la Reina de Castilla frente a la política imperial de Carlos I, pareció convencer aún más a éste de la necesidad de mantener incomunicada a su madre. La soledad, la falta de compañía afectiva, el aislamiento, causan terrible mella en su frágil mente y empieza a sufrir de horribles alucinaciones de las que quiere escapar permaneciendo despierta. Sus muchas horas sin reposo le pasan una terrible factura: se declara un cuadro edematoso y las piernas se le ulceran. La suciedad provoca que las llagas se infecten y sufre de fiebres y frecuentes vómitos, negándose a que le cambien los vendajes por la irresistible tortura que le significa cualquier movimiento. Así, sucia, caquéctica, convertida en un espectro que no cesa de gritar día y noche víctima de la esquizofrenia y los dolores, un día como hoy de 1555, rebasados los setenta y cinco años de edad, muere la reina Juana de Castilla, de León, de Galicia y de Granada, de Sevilla, de Jaén, de Murcia, de Aragón y Navarra, de Gibraltar y Algeciras, Condesa de Barcelona y Señora de Vizcaya, Reina de las Islas Canarias y de las Indias Occidentales.
Unos meses más tarde, su hijo Carlos abdicaba y se recluía en el Monasterio de Yuste.
*Fementido: Desleal. Que no es fiel a su palabra. **Dueña: Mujer viuda que para autoridad y respeto, y para guarda de los demás criados, había en las casas principales.
Imagen: Retrato del personaje, obra de Juan de Flandes.