Por sorprendente que pueda parecer, a nadie resultó sospechoso que en vísperas del matrimonio del Rey Alfonso XIII con la Princesa Victoria Eugenia de Battenberg un individuo se entretuviese a altas horas de la madrugada en arrojar naranjas a la calzada desde uno de los balcones del tercer piso del número 88 de la calle Mayor, precisamente, en el punto donde la comitiva debía reducir su velocidad para doblar hacia la de Bailén en su regreso al Palacio de Oriente.
Mateo Morral Roca era hijo de un fabricante textil de Sabadell. Después de realizar un periplo por Centroeuropa empezó a trabajar como representante del negocio de tejidos de su progenitor, pero el carácter desabrido del joven y las amistades nada recomendables que frecuentaba eran causa de constantes enfrentamientos en la familia. Morral pidió a su padre que le adelantase la legítima de su herencia y se marchó a Barcelona. Esta etapa de su vida nos es prácticamente desconocida y llena de silencios pues apenas se le conocen relaciones. Si se sabe que asistía con frecuencia a reuniones en centros anarquistas, ambiente en el que conocerá a Francisco Ferrer Guardia, un masón libertario y anticlerical que había fundado en la Ciudad Condal la "Escuela Moderna", centro de enseñanza racionalista donde Morral encontrará empleo. La mañana del 21 de mayo, Mateo Morral se apea del tren que le ha traído a Madrid. A pesar de la alerta que la policía barcelonesa había hecho llegar al Ministerio de la Gobernación sobre este peligroso personaje, Morral no encontró impedimento alguno para acceder al Hotel Iberia, sito en la calle del Arenal, donde se registró sin ocultar su nombre. Pero no resultó de su agrado la habitación que le corresponde. Ya sabe que el cortejo nupcial de los Reyes pasará por la calle Mayor y la ventana de su alojamiento da a la calle de Tetuán. Busca en la prensa y encuentra el anuncio de una pensión que le interesa. Se trata de una casa de huéspedes cercana a la Embajada de Italia, justo enfrente del Palacio de los Consejos, sede de la Capitanía Militar, y a ella se traslada la mañana del 24. La afluencia a Madrid de forasteros deseosos de ver a los Monarcas ha disparado los precios y Morral deberá abonar por su cuarto la exorbitante cifra para aquella época de veinticinco pesetas diarias. Sin inmutarse, entrega un billete de quinientas pesetas y paga catorce días por adelantado. Las jornadas anteriores al atentado nuestro personaje lleva una vida rutinaria. Sale de la pensión a primera hora, acude a un café de la calle de Alcalá donde hay tertulia de escritores, come fuera y regresa a última hora a su habitación. Ha pedido a la patrona -su nombre es Ana Álvarez- que todos los días adorne con un ramo la mesilla de su habitación; en la acción que se ha propuesto llevar a cabo estas flores desempeñarán un importante papel.
Tal día como hoy de 1906, finalizado el acto religioso en la iglesia de San Jerónimo, una larga fila de carruajes y coches de magníficos enganches emprenden el camino hacia Palacio; a bordo, nobles, aristócratas y representantes de las más altas instituciones españolas y extranjeras. El avance es muy lento y la demora entre cabeza y cola de cortejo supera la hora y media. Son las dos y veinte de la tarde cuando la carroza que transporta a la augusta pareja avanza bajo el balcón donde Morral, con gesto adusto y circunspecto, ha permanecido expectante. Nada en él llama la atención. Es uno más entre los miles de españoles que desde ventanas, azoteas o a pie de calle no cesan de vitorear y aplaudir al paso de la comitiva. La nueva Reina de España saluda sonriente a la multitud de curiosos que anhelan ver de cerca a la que tenía merecida fama de ser "la Princesa más bella de Europa". El coche real se detiene unos brevísimos instantes justo en el portal del número 88
de la calle Mayor. Es la ocasión que esperaba Mateo Morral quien, decidido, lanza a la calle un espléndido ramo entre cuyas pálidas rosas ha ocultado una bomba. Las flores caen al pavimento delante del carruaje, a la altura de los caballos de la cabeza del tiro, y, al instante, se produce una espantosa detonación seguida de una densa humareda. La conmoción es indescriptible. El gentío, segundos antes feliz y confiado, huye despavorido presa del pánico. La Guardia Civil a caballo rodea el lugar del atentado y la escolta real acude en auxilio de los Monarcas. Aunque nerviosos e impresionados por lo ocurrido y manchados de sangre, ambos están ilesos. La confusión es enorme y nadie se percata de un joven con atuendo gris que sale del portal y se pierde entre la muchedumbre. Recibe Morral ayuda de José Naskens, director de "El Motín", un periódico que se caracteriza por sus furibundos ataques a la monarquía y la iglesia, el cual le pondrá en contacto con diversos individuos del mundo radical que le facilitarán la huida. Se traslada a Torrejón de Ardoz desde donde tiene previsto regresar a Barcelona en ferrocarril, más su plan se viene abajo cuando le descubren en un ventorrillo de la estación. Un guarda jurado, don Fructuoso Vega, le conmina a que se entregue, pero Morral le dispara alevosamente causándole la muerte. Acosado por algunos ciudadanos, Mateo Morral vuelve el arma contra sí y se suicida de un disparo en el pecho.
Aquel acto terrorista que colmó de oprobio la que se esperaba jornada de alegría, arrojó el trágico balance de una treintena de muertos y más de cien heridos entre el público asistente y los soldados del Regimiento de Infantería "Wad-Ras", unidad militar que cubría la carrera.
Imagen: Instantánea del atentado.