El 13 de febrero, so pretexto de
dirigirse a Cádiz, el General Philippe Guillaume Duhesme entró en Barcelona al
frente de la División Lechi. Aunque el Capitán General de Cataluña, el Conde de
Santa Clara, ya había advertido de las aviesas intenciones que movían al
militar galo, lo cierto fue que la guarnición española no estuvo a la altura
deseada y en poco más de dos semanas la Ciudad Condal caía en manos de los
franceses. Durante los siguientes dos años, Duhesme, como Comandante en Jefe de
las tropas napoleónicas asentadas en Barcelona, ejercería sobre la población un
poder tiránico y dictatorial. Cuando a principios de junio tuvo noticias del
levantamiento popular habido en Gerona, temeroso de que pudiesen quedar
cortadas sus vías de comunicación con Francia se decidió a aplastar la revuelta
con puño de hierro. Tramó un ataque por sorpresa a la ciudad que pillara
desprevenida a la escasa guarnición que la defendía, y la madrugada del día 16
se puso al frente de una columna de más de 5000 soldados de infantería apoyados
por cinco escuadrones de jinetes y un potente tren de artillería de grueso
calibre. Aunque la ciudad de Gerona contaba con un buen número de murallas y fortificaciones,
lo cierto es que en aquellos momentos el estado de conservación de las mismas
era deplorable, y lo que es peor, Duhesme lo sabía. Las fuerzas militares
establecidas en la ciudad se limitaban a 300 hombres pertenecientes al
Regimiento de Infantería de Ultonia número 27. Para reforzarlos, se agruparon
los distintos puestos y secciones provinciales de migueletes* lográndose formar
dos batallones. En la madrugada de un día como hoy del año 1808, el General
Duhesme estableció su puesto de mando frente a las murallas gerundenses. Una vez
desplegados sus batallones y emplazada la artillería, el francés envió parlamentarios
con la pretensión de que la ciudad, amedrentada
por la entidad de las fuerzas atacantes, capitulase sin ofrecer resistencia,
pero el Gobernador en funciones, don Juan de Bolívar, rehusó rendir la plaza. Esto
enfureció en tal modo a Duhesme que ordenó de inmediato un enérgico ataque
contra los baluartes de San Francisco y La Merced. A pesar de la diferencia de
fuerzas, los soldados españoles soportaron con entereza la acometida gala y, apoyados
por grupos de patriotas civiles, lograron rechazar el asalto. Sorprendido por
tan tenaz resistencia, el General Duhesme mandó retirarse a su infantería y
sometió la ciudad durante toda aquella jornada a un brutal cañoneo. Al caer la tarde,
amparados en las sombras, los franceses iniciaron su aproximación hacia el
baluarte de San Pedro pero, descubiertos, fueron nuevamente rechazados tras
intenso intercambio de fuegos. Pasada la medianoche, ya con oscuridad cerrada,
dos batallones galos se lanzaron al asalto del baluarte de Santa Clara,
defendido a esas horas por una veintena de soldados más cuarenta o cincuenta paisanos
armados que, aunque se fajaron bravamente en la pelea, hubieron de replegarse
ante la superioridad numérica de sus enemigos. Cuando los franceses se
disponían a escalar los muros, una compañía del Ultonia reforzada con varias decenas
de ciudadanos, acudieron prestos a la defensa y obligaron a los franceses a
desistir de su empeño tras causarles un número importante de bajas. Desesperado
ante lo infructuoso de sus ataques, dos días más tarde el General Duhesme
ordenó la retirada y el regreso a Barcelona. No había terminado aquí su
pesadilla pues, durante el camino de vuelta, la columna se vio constantemente
hostilizada por grupos de somatenes y migueletes que multiplicaron sus bajas.
Aún habrían de soportar los heroicos habitantes
de Gerona dos sitios más, y únicamente cuando las enfermedades y la falta de
alimentos y municiones hicieron imposible la resistencia entregaron su ciudad a
los invasores de España.
Migueletes: Antiguos fusileros de
montaña en Cataluña.
Imagen:
Bandera coronela del Regimiento
de Ultonia.