"LA BATALLA DE TALAVERA" (28 de Julio de 1809)

Por In memoriam - 28 de Julio, 2007, 6:11, Categoría: General

Tal día como hoy, del año 1809, tuvo lugar en Talavera de la Reina la primera batalla aliada en campo abierto de nuestra Guerra de la Independencia. La Junta Central de Defensa había solicitado el apoyo de las tropas inglesas trasladas a Portugal para enfrentarse a los invasores franceses y el día 3 de julio, Sir Arthur Wellesley, Comandante en Jefe del ejército expedicionario británico que había conseguido expulsar del país vecino a las divisiones del Mariscal Soult, cruzó la frontera para entrevistarse en Miravete, Cáceres, con don Gregorio García de la Cuesta, Capitán General de Castilla la Nueva. Las discrepancias entre ambos resultaron notables y pronto surgieron fricciones, pero la necesidad de derrotar a las águilas napoleónicas les obligó a llegar a un entendimiento y colaborar en la estrategia de la batalla. No pareció importar al Mariscal Víctor Perrin la inferioridad numérica de su ejército -44000 franceses frente a 34000 españoles y 20000 ingleses- y al atardecer del 27 de julio lanzó un impetuoso ataque que consiguió desbordar a las vanguardias de Wellesley y rechazar los posteriores contraataques de éste gracias al preciso fuego de su artillería. Pero al caer la noche, la oscuridad dispersó en demasía a las fuerzas napoleónicas y esta circunstancia posibilitó la reacción de los aliados. De nuevo en sus bases de partida, los generales franceses celebraron un consejo de guerra, presidido por el mismísimo José I Bonaparte, en el que, tras encendida discusión, se decidió continuar con el ataque frontal propuesto por Víctor y desestimar la opinión del Mariscal Jourdan, Jefe del Estado Mayor, el cual aconsejaba esperar la llegada de refuerzos antes de reanudar el combate. En las operaciones llevadas a cabo la mañana y tarde del día siguiente en las filas de los dos ejércitos se produjo una auténtica sangría, cuantificándose el total de bajas aquella sola jornada en más de 14000 hombres. Las respectivas posiciones apenas habían sufrido cambios transcurridas veinticuatro horas desde que se iniciaran las hostilidades, pasando la iniciativa de uno a otro bando varias veces durante la batalla hasta que, sobre las cinco de la tarde, el mando francés, viendo la imposibilidad de superar las líneas aliadas, ordenó el repliegue. Los Generales Cuesta y Wellesley ordenaron entonces a sus soldados tomar posiciones sobre el terreno desechando explotar el fracaso francés, por lo que estos pudieron emprender el regreso sin ningún contratiempo; no obstante, José Bonaparte, apenas llegó a Madrid, ordenó al Gobernador militar de la Plaza que aprestase sus fuerzas para la defensa, temeroso de un posible ataque. La batalla de Talavera terminó, como tantas otras en la historia de los conflictos bélicos, sin un claro vencedor, aunque para los españoles el abandono francés supuso una gran dosis de moral al comprobar que se podía frustrar el intento de Napoleón de regir los destinos de nuestra nación. A Wellesley es de rigor atribuirle la acertada maniobra que permitió frenar el ataque del Mariscal Víctor Perrin, pero empañó su brillante actuación adornándola en exceso con falsos deméritos de los españoles, estando demostrado que sin cuya participación, en especial de su artillería y caballería, la maniobra ideada por Wellesley hubiese sido irrealizable. Es más, si queremos atribuir el mérito de esta victoria no hay que olvidar al colectivo más importante y más decisivo en el conjunto total de la guerra: las partidas. En efecto, desde mucho tiempo antes de que Wellesley se reuniese con el General García de la Cuesta, los guerrilleros estaban impidiendo el normal funcionamiento de la cadena logística imprescindible para mantener en activo al Cuerpo de Ejército francés y habían conseguido neutralizar los sucesivos intentos de Jourdan para establecer contacto con el Mariscal Soult en solicitud de ayuda. En una misiva que dirigió a su Jefe de Estado Mayor, el Mariscal Víctor se quejaba de las terribles privaciones que debían soportar sus soldados pues los habitantes de pueblos y aldeas abandonaban las casas llevándose con ellos los pocos o muchos recursos que poseían y entregando a la voracidad del fuego todo lo demás que pudiese ser de utilidad al enemigo. Así aprendió este jefe francés lo que estaban dispuestos a hacer los españoles para derrotar a los invasores de su Patria.

Imagen: La batalla de Talavera.

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