En las postrimerías del año 414, Ataulfo, caudillo de la horda visigoda, cruzó los Pirineos y se apoderó de Barcelona, ciudad en la que estableció su residencia. Daba así comienzo a un periodo de casi tres siglos en el que los reyes de este pueblo germánico dictarían los destinos de la Hispania romana. Desde un punto de vista político, la historia de estos personajes pudiérase calificar de lamentable: de nuestros treinta y cuatro monarcas godos, diez murieron asesinados y siete salvaron sus vidas al alto precio de perder la corona, siendo habitual en este pueblo el acceder al trono merced a alevosas conspiraciones y conjuras tintas en sangre. El Estado visigodo se organizaba en base a una monarquía de carácter electivo, factor este que explicaría tan alto número de magnicidios, y siendo sus electores los integrantes de la aristocracia, los enfrentamientos partidistas, los celos y las rivalidades internas entre los componentes de la nobleza serían origen del debilitamiento del poder real y causa, en el 711, de una rápida pérdida de sus territorios a manos de las tribus invasoras procedentes del norte de África. Hasta la caída del Imperio Romano de Occidente, los visigodos de España podrían ser calificados de feudatarios de Roma, por lo que a Eurico, ocupante del trono visigodo en la fecha de la coronación como rey de Italia del hérulo Odoacro, se le considera el primer monarca independiente. No obstante, habrían de pasar otros cien años para que llegase al poder Leovigildo, aceptado por la mayoría de los historiadores como el verdadero fundador de la monarquía hispano-visigoda. Este rey trasladó la corte a Toledo y creó la primera división administrativa del territorio visigodo. Leovigildo fortaleció en gran manera el poder real, y para dar prestigio a la institución gustaba de aparecer ante sus súbditos ataviado con ricos ropajes y portando cetro y corona, ordenando para su corte el mismo protocolario ceremonial que se guardaba en la del Emperador de Constantinopla. Su profunda animadversión hacia los católicos, encono que le llevó incluso al enfrentamiento con su propio hijo y sucesor, Hermenegildo, ha hecho de él una figura denostada, aunque hoy día se le reconoce como uno de los más grandes reyes de aquella época turbulenta. Muerto Leovigildo en el año 586, le sucedió en el trono su hijo menor, Recaredo, el cual llevaría a cabo la unificación religiosa del reino al abjurar del arrianismo* y abrazar la fe de Roma. El siguiente hito a destacar ocurrió en el año 624 cuando Suintila, uno de los reyes godos de espíritu más belicoso, derrotó a los bizantinos obligándoles a entregar sus dominios y abandonar definitivamente España. Le cabe pues la gloria de, tras dos siglos de dominación visigoda, haber sido el primer rey de todo el territorio peninsular. En el 642, tras deponer al joven rey Tulga y forzarle a tonsurarse*, lo cual según la costumbre goda le inhabilitaba para el gobierno, se hace con la corona un noble enérgico y audaz, Chindasvinto, artero político que conseguiría que aristocracia y clero aceptasen la asociación al trono de su hijo
Recesvinto tras cometer la terrible tropelía de acabar con la vida de varios centenares de opositores. De Recesvinto, quién se ceñiría la corona un día como hoy, del año 653, la memoria que nos ha permanecido es como un gran legislador que supo lograr la unificación del reino con la promulgación del Libro de los Jueces o de los Juicios, en el cual quedaba abolido el uso, según la raza del compareciente, del derecho romano y el derecho visigodo, fuente de agravios y causa de frecuentes enfrentamientos. En esta renovación jurídica también se anulaba la afrentosa ley del Código de Eurico que prohibía el matrimonio entre hispanorromanos y visigodos, de manera que eliminado el obstáculo que impedía la mezcla de ambos pueblos, España apareció entonces como una sola nación, dotada de fuerza y cohesión gracias a su unidad política, social y religiosa. Recesvinto falleció de muerte natural en Gérticos, población cercana a Valladolid, el año 672. A la muerte de Witiza, acaecida en el 710, uno de los clanes palatinos designó como sucesor al joven Roderico. Esto enojó sobremanera a los partidarios de Agila, hijo de Witiza, quienes pidieron el auxilio de los musulmanes para deponer al nuevo rey. Las consecuencias de esta acción son conocidas por todos. En junio de 711, Roderico se enfrentó a Tárik en la batalla de Guadibeca y la traición de aquel sector de la aristocracia supuso la práctica aniquilación de las huestes reales, el final de la monarquía visigoda y la desaparición de la cultura más avanzada de cuantos pueblos bárbaros se asentaron en la península ibérica.
Arriano: Dícese del hereje partidario de Arrio, que, a diferencia de los cristianos, negaba la consustancialidad del Verbo. Tonsura: Acción y efecto de conferir el grado preparatorio del estado clerical, con diferentes formas de corte de pelo.
Imagen: Recreación del rey Recesvinto