La presencia de extranjeros al frente del gobierno y la persecución inquisitorial de los protestantes calvinistas exacerbaron las iras del pueblo flamenco cuyos líderes, en su mayor parte integrantes de la aristocracia autóctona, hicieron llegar a la Gobernadora, Margarita de Parma, hija de Carlos V, un extenso memorial de agravios y reclamaciones. Aunque se acometieron algunas reformas, estas fueron consideradas insuficientes por la nobleza flamenca, no dudando sus componentes en espolear al populacho animándolo a realizar algaradas, tumultos y saqueos, llegándose a perpetrar por aquella turbamulta el sacrílego expolio de los templos católicos. Dispuesto a poner fin a tal estado de cosas, el Rey Felipe II envió a los Países Bajos a su más sobresaliente General, el Duque de Alba, al frente de los Tercios Viejos. Don Fernando Álvarez de Toledo, tercer duque de la casa de Alba, era un abulense recio y espartano, un hombre nacido para la carrera de las armas que en el pasado había servido fielmente al Emperador Carlos y era, en esos momentos, el consejero en quién Felipe II tenía depositada la máxima confianza. El Duque hizo su entrada en la ciudad de Bruselas el 22 de agosto de 1567 y, dotado de plenos poderes por el Rey, prescindió de la Gobernadora para comenzar sus reformas por lo que ésta, viéndose obviada, declinó el cargo. El de Alba, profundamente católico, aplicó las medidas más extremas para sofocar el levantamiento religioso, y en lo político, no titubeó en enviar al patíbulo a cuantos se oponían a sus designios. Este proceder, unido a los nuevos tributos necesarios para mantener el ejército, ocasionó que las provincias del sur se sublevasen apoyadas, como no, por Inglaterra y Francia. Durante el conflicto armado brillaron como nunca las armas españolas siendo interminable la relación de gestas y proezas realizadas por aquellos aguerridos soldados que fueron admiración y espanto de sus enemigos. Años de gloria para la invencible infantería de España a cuyo paso temblaba Europa. Y al frente de aquella tropa de leyenda los mejores capitanes que conociera el orbe: Gonzalo de Bracamonte, Lope de Figueroa, Sancho de Lodoño, Alonso de Ulloa, Julián Romero: fuertes en la batalla aquellos bravos portaestandartes del honor de España. Y Sancho Dávila, un gigante cuyos triunfos le otorgaron el merecido sobrenombre de "Rayo de la Guerra". Personajes y hazañas que, con razón, hicieron exclamar al historiador francés Hipólito Taine: «Hay un momento superior en la especie humana: la España desde 1500 a 1700», siglos estos en los que el genio de nuestra raza brilló con todo su esplendor alcanzando cotas difíciles de superar, deslumbrando al mundo con sus descubrimientos y conquistas y, a la par, con el resurgimiento de una cultura universal a la que sus coetáneos concedieron lauros de oro.
Tal día como hoy, del año de Nuestro Señor de 1573, don Luís de Requesens y Zúñiga, Gobernador del Milanesado, relevaba en su cargo al Duque de Alba, quedando encomendada a su juicio la resolución de la campaña de Flandes. Su mando se extendía sobre 57.500 infantes y 5.000 jinetes, estando cifrados los soldados españoles en algo menos de 8.000 hombres. Con estas fuerzas conseguiría resonantes triunfos, especialmente en Mook, batalla en la que resultarían muertos los jefes rebeldes Luís y Enrique de Nassau y el Conde del Palatinado. Su quebrantada salud, a la cual hubo de sumar el agotamiento del constante batallar, acabarían por postrarle, falleciendo en la ciudad de Bruselas el día 5 de marzo de 1576. El cuerpo de don Luís de Requesens sería inhumado en Barcelona, su ciudad natal, en la que había visto la luz tan solo 47 años antes.
Imagen: Margarita de Parma, obra del pintor Claudio Sánchez Coello. Hija natural de Carlos I y Juana Van der Ghynst, nació en Audenarde, Bélgica, en 1521. Tras dimitir como Gobernadora se retiró a sus posesiones en Parma. Se casó con Octavio Farnesio y fue madre del gran caudillo militar Alejandro Farnesio. Falleció en Ordona, Italia, el día 22 de octubre de 1586.