
El 23 de octubre de 1541, Carlos I, dispuesto a acabar con
aquél foco de piratería y comercio de esclavos, ordenó a don Hernando de
Gonzaga, Virrey de Sicilia, que desembarcase sus fuerzas, seis mil españoles y
cuatrocientos jinetes, en las playas de Argel. En la mar quedaban treinta y
cinco galeras y ciento cincuenta navíos sobre cuyas cubiertas aprestaban sus
armas para el combate seis mil alemanes y cinco mil italianos al mando del gran
Almirante Andrea Doria. Un poco más alejada de esta primera línea fondeaba una
segunda flota procedente del levante español, pero a bordo de ella las tropas
del Rey habían dejado paso a un conglomerado de aristócratas, hidalgos, buscavidas
y menestrales que en aquella campaña ansiaban honores, fama y, sobre todo, las
riquezas que el aliado turco atesoraba en su fortaleza. Entre la nobleza llegada de la Corte española
un nombre nos llama la atención, el de don Hernán Cortés, Marqués del Valle de
Oaxaca, a quién acompañan en esta aventura sus hijos Martín y Luís. Solo Cortés,
-¡cuan diferente este hombre de ahora, avejentado y mohíno, de aquel mozo
extremeño que embarcara en Sanlúcar de Barrameda, camino de las Indias, treinta
y siete años antes!- no piensa en los beneficios que pueda proporcionarle esta
batalla. Sí, de acuerdo, puede ser una ocasión idónea para conseguir para sus
hijos un buen cargo en el séquito del Monarca, pero, en lo primordial, al
conquistador únicamente le mueve la esperanza de encontrarse cara a cara con el
Rey y tener la oportunidad de exponerle sus cuitas*: el inmenso peculio
particular gastado a su servicio y nunca recuperado, los ataques sufridos a sus
propiedades en América, la pérdida de privilegios y, lo que para él resulta más
insufrible, las calumnias e infamias vertidas sobre su persona por mor de
intereses espurios*. Iniciado el asedio a la fortaleza del renegado Hassan Aga
se desató una furiosa tormenta que dio a pique con numerosos barcos provocando
una gran confusión y haciendo aflorar las profundas discrepancias existentes
entre los Generales cristianos. Tras oír a los vocales de su Consejo de Guerra,
Carlos I decidió el reembarco de las tropas y su regreso a las bases de
partida. Cortés, aquél extraordinario caudillo militar que con tan solo
cuatrocientos hombres había sumado a la Corona más territorios que reinos
legaron al Emperador sus antecesores, ni tan siquiera fue consultado. Una nueva
humillación para el conquistador de Méjico. Será esta la última vez que Cortés
tome las armas frente a los enemigos del Rey. Desde ahora, su vida será un
interminable pleitear contra la Corona en busca de resarcimientos y de ello dan
fe las numerosas misivas dirigidas al Emperador, cartas que se han conservado
hasta nuestros días. Pero la indiferencia con la que le corresponde su Señor y
el poco medro que obtiene de la justicia, sumen a Cortés en una melancolía de
la que sus íntimos le aconsejarán salir abandonando litigios y ambiciones; el
indómito extremeño hará caso limitando, además, su círculo social a unos pocos
amigos con los que acostumbra a reunirse hasta avanzada la madrugada robando
horas al necesario descanso. En 1547, la boda de su hija María con el
primogénito del Marqués de Astorga parece sacarle de su voluntario ostracismo
y, sorprendentemente animado, se dedica en cuerpo y alma a dirigir los preparativos
del enlace. Pero pocas fechas después de arribar María al puerto sevillano
procedente de la Nueva España, el compromiso se rompe y el enlace queda
anulado. Este hecho sumió a Cortés en una profunda depresión que agravó las
dolencias que venía sufriendo. Por prescripción de su galeno abandonó Sevilla y
fue a alojarse en la casa que don Juan Rodríguez tenía en Castilleja de la
Cuesta. Huía de las insanas humedades del Guadalquivir y, sin embargo, este
cambio de clima obró el efecto contrario. Se aceleró su deterioro al punto que
dictó testamento. Tal día como hoy, del año 1547, olvidado de todos y,
prácticamente en la miseria, moría a los sesenta y tres años don Hernán Cortés,
uno de los más extraordinarios hombres de armas que el mundo haya conocido. El
primero de entre aquellos heroicos Capitanes que llevaron las fronteras de
nuestra nación allende la Mar Océana. Un gigante que, a pesar de las exiguas
fuerzas a su mando, supo vencer inmensas dificultades y conquistar para España
el fabuloso imperio de los aztecas.
Cuita: Trabajo, aflicción, desventura. Espurio: Falso,
adulterado, que degenera de su origen.