"LA MUERTE DE HERNÁN CORTÉS" (02 de Diciembre de 1547)

Por In memoriam - 2 de Diciembre, 2007, 11:25, Categoría: General



El 23 de octubre de 1541, Carlos I, dispuesto a acabar con aquél foco de piratería y comercio de esclavos, ordenó a don Hernando de Gonzaga, Virrey de Sicilia, que desembarcase sus fuerzas, seis mil españoles y cuatrocientos jinetes, en las playas de Argel. En la mar quedaban treinta y cinco galeras y ciento cincuenta navíos sobre cuyas cubiertas aprestaban sus armas para el combate seis mil alemanes y cinco mil italianos al mando del gran Almirante Andrea Doria. Un poco más alejada de esta primera línea fondeaba una segunda flota procedente del levante español, pero a bordo de ella las tropas del Rey habían dejado paso a un conglomerado de aristócratas, hidalgos, buscavidas y menestrales que en aquella campaña ansiaban honores, fama y, sobre todo, las riquezas que el aliado turco atesoraba en su fortaleza. Entre la nobleza llegada de la Corte española un nombre nos llama la atención, el de don Hernán Cortés, Marqués del Valle de Oaxaca, a quién acompañan en esta aventura sus hijos Martín y Luís. Solo Cortés, -¡cuan diferente este hombre de ahora, avejentado y mohíno, de aquel mozo extremeño que embarcara en Sanlúcar de Barrameda, camino de las Indias, treinta y siete años antes!- no piensa en los beneficios que pueda proporcionarle esta batalla. Sí, de acuerdo, puede ser una ocasión idónea para conseguir para sus hijos un buen cargo en el séquito del Monarca, pero, en lo primordial, al conquistador únicamente le mueve la esperanza de encontrarse cara a cara con el Rey y tener la oportunidad de exponerle sus cuitas*: el inmenso peculio particular gastado a su servicio y nunca recuperado, los ataques sufridos a sus propiedades en América, la pérdida de privilegios y, lo que para él resulta más insufrible, las calumnias e infamias vertidas sobre su persona por mor de intereses espurios*. Iniciado el asedio a la fortaleza del renegado Hassan Aga se desató una furiosa tormenta que dio a pique con numerosos barcos provocando una gran confusión y haciendo aflorar las profundas discrepancias existentes entre los Generales cristianos. Tras oír a los vocales de su Consejo de Guerra, Carlos I decidió el reembarco de las tropas y su regreso a las bases de partida. Cortés, aquél extraordinario caudillo militar que con tan solo cuatrocientos hombres había sumado a la Corona más territorios que reinos legaron al Emperador sus antecesores, ni tan siquiera fue consultado. Una nueva humillación para el conquistador de Méjico. Será esta la última vez que Cortés tome las armas frente a los enemigos del Rey. Desde ahora, su vida será un interminable pleitear contra la Corona en busca de resarcimientos y de ello dan fe las numerosas misivas dirigidas al Emperador, cartas que se han conservado hasta nuestros días. Pero la indiferencia con la que le corresponde su Señor y el poco medro que obtiene de la justicia, sumen a Cortés en una melancolía de la que sus íntimos le aconsejarán salir abandonando litigios y ambiciones; el indómito extremeño hará caso limitando, además, su círculo social a unos pocos amigos con los que acostumbra a reunirse hasta avanzada la madrugada robando horas al necesario descanso. En 1547, la boda de su hija María con el primogénito del Marqués de Astorga parece sacarle de su voluntario ostracismo y, sorprendentemente animado, se dedica en cuerpo y alma a dirigir los preparativos del enlace. Pero pocas fechas después de arribar María al puerto sevillano procedente de la Nueva España, el compromiso se rompe y el enlace queda anulado. Este hecho sumió a Cortés en una profunda depresión que agravó las dolencias que venía sufriendo. Por prescripción de su galeno abandonó Sevilla y fue a alojarse en la casa que don Juan Rodríguez tenía en Castilleja de la Cuesta. Huía de las insanas humedades del Guadalquivir y, sin embargo, este cambio de clima obró el efecto contrario. Se aceleró su deterioro al punto que dictó testamento. Tal día como hoy, del año 1547, olvidado de todos y, prácticamente en la miseria, moría a los sesenta y tres años don Hernán Cortés, uno de los más extraordinarios hombres de armas que el mundo haya conocido. El primero de entre aquellos heroicos Capitanes que llevaron las fronteras de nuestra nación allende la Mar Océana. Un gigante que, a pesar de las exiguas fuerzas a su mando, supo vencer inmensas dificultades y conquistar para España el fabuloso imperio de los aztecas.

Cuita: Trabajo, aflicción, desventura. Espurio: Falso, adulterado, que degenera de su origen.

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