Si
bien desde la primera mitad del siglo XVI las islas ya aparecían representadas
en varias cartas marinas alemanas y españolas -signo inequívoco de, al menos, el conocimiento de su existencia- los ingleses no se sonrojaron al atribuirse su
descubrimiento cincuenta años más tarde. Sin embargo, la errónea descripción
que estos hacen de aquellos remotos parajes y sus “curiosas” coincidencias con los
datos aportados por el cartógrafo real don Alonso de Santa Cruz en su islario*
de 1541, nos llevan a pensar que la pretendida visita aducida por los marinos
británicos fue un mero ejercicio de fantasía por no decir que se trataba de una
vulgar patraña. En los primeros días del mes de enero de 1600, el Capitán
corsario Sebald de Weert logra escapar de un ataque de los indios araucanos y
en su tornaviaje a los Países Bajos bordea las islas y anota en su cuaderno de
bitácora la situación exacta del archipiélago. Esto dará lugar a que durante
los siguientes doscientos años, en todas las cartas marinas del Viejo
Continente se las identifique como Islas Sebaldes en recuerdo al navegante
holandés. Por el contrario, los ingleses, que continuaban en sus trece de no
aceptar la autoría holandesa del descubrimiento, bautizarán al archipiélago como
Falkland en honor al Vizconde de ese
título que había sufragado de su peculio particular diversas expediciones
transatlánticas. Cuando los marinos españoles oyeron a los pescadores franceses
referirse a estas islas como Malouines –en recuerdo de Saint Maló, su puerto de
procedencia- castellanizaron el vocablo y el archipiélago pasó a llamarse de
las Malvinas, nombre con el que ha sido conocido hasta nuestros días. Bueno,
menos en Inglaterra, naturalmente, donde siguen cerrados en banda y aún se las
llama Falkland. Con poca diferencia de fechas, franceses y británicos
establecieron bases en el archipiélago: los galos en la isla de Soledad y los
ingleses en Trinidad, pero las reclamaciones del embajador español en París,
basadas en los términos del Tratado de Tordesillas, fueron atendidas por Luís
XV y los franceses desistieron de sus propósitos colonizadores, no así los
británicos, los cuales persistirían en reclamar aquellos territorios para la
corona inglesa. Cuando a finales de 1766, el autoproclamado Comandante Militar del
territorio, Capitán Jhon McBride, exigió a los pocos colonos franceses que aún
permanecían en la isla que la abandonaran, España decide tomar cartas en el
asunto y don Pedro Pablo Abarca de Bolea, IX Conde de Aranda, Presidente del Consejo
de Castilla de Su Majestad Católica el Rey Carlos III, escribió a don Francisco
de Bucarelli, Gobernador de la ciudad de Buenos Aires, ordenándole la
resolución del conflicto de autoridad suscitado en las islas y comunicándole la
pronta llegada a Río de la Plata de una flotilla al mando del Capitán de Navío
don Juan Ignacio de Madariaga. Tal día como hoy, del año 1768, cuatro fragatas
y otros barcos menores parten hacia la isla transportando una columna de
infantería al
mando del Coronel Gutiérrez de Otero. Aún cuando se ofrece a los
ingleses la posibilidad de abandonar pacíficamente Trinidad, estos se niegan y
la artillería española abre fuego sobre sus posiciones. Poco dura el
enfrentamiento pues, vista la superioridad de las tropas españolas, a poco de
comenzar el bombardeo los británicos izan la bandera blanca en señal de rendición.
El Coronel don Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana había nacido en la
localidad burgalesa de Aranda de Duero en 1729 y, de regreso a la Patria,
pondría un brillantísimo colofón a su dilatada carrera militar –cincuenta y
cinco años anotados en su hoja de servicios- derrotando a las fuerzas inglesas
que pretendían invadir la isla de Tenerife. El 24 de julio de 1797 se
enfrentaron en desigual combate por la posesión de la plaza de Santa Cruz de
Tenerife las expertas tropas del Almirante Horacio Nelson con un millar de
milicianos, únicas fuerzas de las que pudo disponer el Comandante General
Gutiérrez de Otero. El acertado fuego de la artillería española unido al valor
demostrado por los tinerfeños echó por tierra los planes invasores del
Almirante anglosajón quién, además, durante su traslado en bote hasta la playa
fue alcanzado por una bala de cañón que le destrozó el brazo derecho forzando
su evacuación. La perfecta maniobra ideada por el General Gutiérrez de Otero
fijó las posiciones de los atacantes y, tras un día de enconada lucha, el
Capitán de Navío Thomas Troubridge, Jefe de las Fuerzas de Desembarco inglesas,
se rendía a los españoles. De los 900 integrantes de la expedición británica,
349 resultaron heridos o muertos, y aunque Lord Nelson pretendió endulzar su
derrota multiplicando las pérdidas españolas, lo cierto es que estas apenas
superaron la treintena de muertos. El extraordinario comportamiento del General
Gutiérrez de Otero fue reconocido por el Rey Carlos IV con un ascenso, aunque
los problemas de salud que le venían aquejando desde hacía tiempo le apartaron
pronto de la vida pública, falleciendo en la capital canaria la mañana del 14
de mayo de 1799.
Islario:
Descripción de las islas de un mar, continente o nación. (R.A.E.)
Imagen:
Don Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana.