Un día como hoy, del año 1809, el brigadier Álvarez de Castro tomaba posesión del gobierno militar de la plaza de Gerona, cargo para el que había sido nombrado por el teniente general Teodoro Reding, comandante en jefe del ejército de Cataluña.
La conquista de Gerona le era fundamental a los imperiales para asegurar las comunicaciones entre Barcelona y Francia, eje principal de la entrada de suministros del ejército napoleónico en España. Comenzado el sitio de la ciudad por el Marqués de Gouvion-Saint Cyr y continuado por otro integrante de la nobleza palatina, el duque de Castiglione, los gerundenses, con escasísimos medios de defensa, resistieron durante siete meses los ataques de fuerzas que los triplicaban en número. Era general gobernador de la plaza el brigadier don Mariano Álvarez de Castro, un militar de impecable trayectoria profesional y de profundas convicciones patrióticas que pocos meses antes se había opuesto heroicamente a que los invasores de Barcelona tomasen el Castillo de Monjuitch. Con algo más de cinco mil soldados -más tarde lograría romper el cerco y unirse a los sitiados la brigada del general García Conde, alcanzando entonces las tropas españolas un número cercano a los diez mil hombres- Álvarez de Castro frenó cada uno de los intentos de sus enemigos por entrar en la ciudad. Arrasados los campos que rodeaban la capital catalana y sometidas a un control exhaustivo todas las posibles vías de enlace, los escasos defensores que habían logrado escapar al fuego gabacho pronto fueron víctimas del hambre y las epidemias. Solo a costa de grandes pérdidas y tras sangriento combate, tropas del general malagueño don Joaquín Blake consiguieron superar el cerco y hacer llegar a los gerundenses un convoy de socorro que proporcionó alivio, aunque pasajero, a las terribles condiciones en que se encontraban. En los momentos de vacilación y zozobra, siempre fue la figura del brigadier Álvarez de Castro la que mantuvo incólume* el espíritu de los gerundenses insuflándoles moral con su ardoroso verbo y su animosa presencia en los puestos de mayor riesgo y peligro. La noticia de su enfermedad vino a minar las ya de por sí menguadas fuerzas de los defensores. A primeros de diciembre su estado de salud empeoró al punto que le fueron administrados los Santos Sacramentos. Ya había entregado el mando de la ciudad, y aún postrado, se rebelaba contra quienes le cuidaban temiéndose que en su ausencia se rindiera la plaza. La noche del 10 de diciembre, sin apenas defensores que pudieran empuñar las armas, con miles de heridos y enfermos, y sin posibilidad de recibir socorros, las autoridades militares de Gerona aceptaron la capitulación que les ofrecía el mariscal Pierre François Augerau. En ella, el duque de Castiglione se comprometía solemnemente a respetar la vida de los prisioneros pero, una vez abiertas las puertas de la ciudad, las condiciones que impusieron los vencedores fueron tan drásticas que muchos españoles no pudieron sufrirlas. Se formó una columna con destino a Francia en la que yaciendo en un andrajoso catre y rodeado de centinelas, fue trasladado, delirante y casi moribundo, el brigadier Álvarez de Castro. Se hizo una parada en Figueras, encerrándose al enfermo en un cuartucho como si en su estado fuese posible un intento de fuga. A continuación se le trasladó hasta Perpignan donde permaneció recluido en una de las celdas del Castillet, torre integrada en las murallas que circunvalan esta ciudad francesa. Sin embargo, y sin que nos hayan trascendido los motivos de tal decisión, repentinamente fue retornado a Figueras. Lo cierto es que, pocas jornadas más tarde, Álvarez de Castro murió en extrañas circunstancias. Era el 22 de enero de 1810. El aspecto que ofrecía su cadáver hace pensar que tal vez fuera estrangulado por sus vigilantes pues presentaba un aspecto cianótico e hinchado. Algunos historiadores se decantan por la posibilidad de que le fuese administrado algún tósigo*, e incluso otros defienden la teoría de que sus carceleros le torturaran o le negaran los alimentos. Lo cierto es que la muerte violenta está plenamente aceptada y, hasta la fecha, ningún historiador francés ha podido negar el oprobioso comportamiento de aquellos compatriotas suyos. Nacido en la villa soriana de El Burgo de Osma un 8 de septiembre de 1749, ingresó apenas adolescente en las filas del ejército. Con 44 años alcanzó el empleo de Coronel y en 1795 vistió los entorchados de brigadier. Participó en numerosos hechos de armas, siendo distinguido en el sitio de Gibraltar, las guerras contra Francia y Portugal y en la batalla de Villaviciosa. Paradigma del patriota de espíritu indomable, el Brigadier don Mariano José Manuel Bernardo Álvarez Bermúdez de Castro y López Aparicio, que tal era su nombre completo, ocupará siempre un lugar de privilegio en la memoria histórica de España. En 1924, Su Majestad Alfonso XII ordenó erigir un monolito en el castillo donde aquél benemérito héroe entregó su vida. Hagamos nuestra la reflexión que se esculpió en su base: "Al general Álvarez de Castro, defensor de Gerona, muerto en este castillo. Pasajero: ¡descúbrete y piensa en la Patria!
Incólume: Sano, sin lesión ni menoscabo. Tósigo: Veneno, ponzoña.
Imagen: Retrato de nuestro personaje.