En marzo de 1738, don Juan León Fandiño, comandante de uno de los guardacostas que velaban por los intereses españoles en las procelosas aguas de nuestros territorios del golfo de Méjico, atacó cerca de la península de La Florida al «Rebbeca», un navío de bandera inglesa que se dedicaba al corso y el contrabando. Apresado el barco británico y prisionera su tripulación, se cuenta que Fandiño cortó una oreja al capitán inglés reconviniéndole al tiempo que le advertía "Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve". De regreso a Londres, la comparecencia del desorejado contrabandista en la Cámara de los Comunes exhibiendo compungido el tasajo se convirtió en casus belli*, la excusa que necesitaba Inglaterra para declarar oficialmente la guerra a España, nación a la que profesaba una solapada hostilidad por motivos comerciales. Este largo enfrentamiento armado, que a la muerte del emperador alemán Carlos VI se prolongaría en la guerra de sucesión austriaca, es conocido en los libros de historia como "la guerra de la oreja de Jenkins" en recuerdo del propietario del despojo, el capitán del «Rebbeca», Robert Jenkins. A lo largo de este conflicto fueron numerosos los militares españoles que descollaron por su valentía y patriotismo, mereciendo un lugar de honor entre ellos el afamado marino y matemático don Juan José Navarro y Búfalo, extraordinario personaje que con el tiempo habría de alcanzar el cargo de Director General de la Armada. Hijo de un capitán de los Tercios, Navarro sentó plaza como soldado a la temprana edad de ocho años, y en 1701, cuando estalla la guerra de sucesión española al morir sin descendencia el desdichado monarca Carlos II, Navarro ya es alférez de compañía. En estos años toma parte en más de veinte acciones de combate en suelo patrio y en las campañas de Italia y el Oranesado, alcanzando por méritos en combate las divisas de teniente coronel. Al comenzar la guerra con la Gran Bretaña tras el "incidente Jenkins", Navarro está al mando de la escuadra de Cádiz con la misión de mantener a salvaguarda todo nuestro litoral atlántico. En los primeros días del año 1742, a la escuadra de Navarro se le ordena un transporte de tropas desde el puerto de Barcelona hasta la ciudad de Génova. A su regreso tras cumplir la misión encomendada, los españoles se reúnen en las islas Hyères con la flota aliada del almirante Court de la Bruyère y juntos deciden dirigirse al cercano puerto de Tolón, donde amarran el día 24 de enero. No podía imaginar Navarro en esos momentos que su estancia en puerto se prolongaría durante dieciocho meses al serles bloqueada la salida por la flota del vicealmirante inglés Nicholas Haddock, bloqueo al que más tarde se sumarían las fuerzas del almirante Thomas Mathews quién, con sus barcos, venía dedicándose en aquellas aguas a hostilizar los puertos españoles del Mediterráneo. Por fin, la mañana del 19 de febrero la escuadra española abandonó puerto a la par que la francesa, cuyo jefe, por cierto, había recibido órdenes desde París de no atacar a los ingleses salvo si procedía la legítima defensa. Esta flota franco-española estaba integrada por 28 barcos, 12 de los cuales ondeaban pabellón español, aunque hay que dejar claro que de estos tan solo 6 eran de guerra, siendo los otros 6 mercantes de la flota de Indias artillados para la ocasión. Enfrente, Mathews disponía de 32 navíos, superando a sus contrarios tanto en número de barcos como en la potencia de sus cañones.
Tal día como hoy, del año 1744, ambas flotas se encontraron a la altura del cabo Siciè, frente a las costas de la Provenza. Apenas rebasado el mediodía, Mathews quiso aprovechar que la escuadra francesa se había alejado en demasía para lanzar su vanguardia contra la línea española convencido de una rápida victoria dada la diferencia de fuerzas. No obstante, los españoles supieron suplir con valor y pericia marinera su desventaja e hicieron infructuosa la maniobra de los ingleses, destacando, incluso a juicio de sus propios oponentes, el valor demostrado por la marinería del «Real Felipe», nuestro buque insignia. Enfrentado a cinco barcos enemigos, Navarro supo dirigir con tal destreza a sus hombres que desarboló a cuantos osaron ponerse a tiro de sus cañones. No le fueron a la zaga los tripulantes del «Neptuno», «Constante»,«Poder» o «Hércules», batiéndose todos con tamaña entereza y valor que sus enemigos afirmaron "sentirse en el mismísimo infierno el tiempo que duró el combate". Los actos de heroísmo se multiplicaron en la desigual batalla, siendo digno de recordarse el protagonizado por el teniente de navío don Pedro Sáenz Sagardía quien a bordo de una pequeña embarcación auxiliar intentó con extremo riesgo de perder la vida desviar el rumbo de un barco cargado de explosivos que los ingleses pretendían estrellar contra el «Real Felipe». Aún con casi todas sus naves averiadas por la violencia del enfrentamiento, los españoles supieron rechazar en todo momento los ataques ingleses durante las muchas horas que duró el combate, quedando este resuelto avanzada la tarde cuando el almirante Mathews ordenó la retirada enterado del regreso de los navíos franceses. Desvencijada pero orgullosa, la escuadra española emprendió el regreso a puerto alcanzando Barcelona el día 25 y Cartagena el 9 de marzo. Don Juan José Navarro fue ascendido a teniente general de la Armada y, considerándose sus méritos al haber rechazado el ataque de fuerzas enemigas muy superiores, a las que además causó enormes pérdidas, Su Majestad el Rey Felipe V de España le concedió en homenaje el título de Marqués de la Victoria.
Casus belli: Expresión latina traducible al español como "motivo de guerra".
Imagen: Combate entre navíos ingleses y españoles.