General
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"LA CRUZ DE SAN ANDRÉS" (28 de Febrero de 1707)
Por In memoriam - 28 de Febrero, 2008, 6:42, Categoría: General
A orillas del mar de Tiberíades, al que los hebreos llamaban de Genesaret, y próxima a la desembocadura del río Jordán, se levantaba la ciudad de Betseda, en un pasado populosa urbe del reino de los arameos que a principios de nuestra era había devenido en pequeña aldea de pescadores y campesinos. En ella nació Andrés, hijo de Jonás, y como su padre y sus hermanos, en las dulces aguas del extenso lago se desenvolvía su vida en el duro faenar por el sustento diario. Trasladada la familia al cercano poblado de Cafarnaúm, Andrés se caracterizó desde muy joven por ser una persona introvertida y de intensa vida espiritual. Cuando un día oyó las predicas de Juan, el hijo de Zacarías, hablando a las gentes del advenimiento del Mesías, Andrés se sintió profundamente conmovido y se hizo discípulo suyo. Y junto a Juan estaba cuando el Bautista, con la mirada fija sobre un joven que avanzaba entre la muchedumbre, levantó la voz y dijo: "Este el cordero de Dios". Andrés supo comprender las palabras del profeta y se decidió a seguir al que desde ese momento llamó su Maestro. Es por esto que a Andrés se le conoce como Protokletos, expresión que en griego significa «el primero en ser llamado». Pronto habrían de seguirle Juan y Santiago, los hijos del Zebedeo, compañeros de redadas en la barca de Simón, el hermano de Andrés, la piedra sobre la que el Salvador edificaría su iglesia. De Andrés se cuenta que a la muerte de Jesús predicó la palabra de Dios en la Escitia, reino vecino al de los partos, y en Bizancio, y en la Tracia, el Epiro y la Macedonia, en Grecia, siendo en esta tierra donde padecería cruel martirio. En Patras de Acaya, populoso puerto de las costas del Jónico, fue detenido y encarcelado por orden del procónsul romano Aegeates, siendo condenado, tras padecer terribles tormentos, a la ignominiosa muerte en la cruz, haciendo aún más largos y penosos sus sufrimientos el hecho de que se emplease una crux decussata, una cruz en forma de aspa en la que no se clavaba al condenado sino que sus miembros eran fijados a los maderos con fuertes ligaduras, lo cual prolongaba la agonía del reo durante varias jornadas. El apóstol Andrés es considerado el santo patrón de Rusia pues, aunque sin datos fidedignos que lo avalen, la iglesia cristiana lo tiene por el primer misionero en tierras de la actual Ucrania. También es patrono de Rumanía, Escocia y otras muchas ciudades y pueblos de todo el mundo. Adentrada la edad media, en la Europa occidental, la casa de Borgoña se puso bajo su advocación ya que el apóstol galileo había sido el evangelizador de las lejanas tribus escitas de donde procedían los godos burgundos, antepasados de esta casa ducal francesa. Y en España, tal día como hoy del año 1707, un Real Decreto |
"EL COMBATE DE TOLÓN" (22 de Febrero de 1744)
Por In memoriam - 22 de Febrero, 2008, 6:04, Categoría: General
En marzo de 1738, don Juan León Fandiño, comandante de uno de los guardacostas que velaban por los intereses españoles en las procelosas aguas de nuestros territorios del golfo de Méjico, atacó cerca de la península de La Florida al «Rebbeca», un navío de bandera inglesa que se dedicaba al corso y el contrabando. Apresado el barco británico y prisionera su tripulación, se cuenta que Fandiño cortó una oreja al capitán inglés reconviniéndole al tiempo que le advertía "Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve". De regreso a Londres, la comparecencia del desorejado contrabandista en la Cámara de los Comunes exhibiendo compungido el tasajo se convirtió en casus belli*, la excusa que necesitaba Inglaterra para declarar oficialmente la guerra a España, nación a la que profesaba una solapada hostilidad por motivos comerciales. Este largo enfrentamiento armado, que a la muerte del emperador alemán Carlos VI se prolongaría en la guerra de sucesión austriaca, es conocido en los libros de historia como "la guerra de la oreja de Jenkins" en recuerdo del propietario del despojo, el capitán del «Rebbeca», Robert Jenkins. A lo largo de este conflicto fueron numerosos los militares españoles que descollaron por su valentía y patriotismo, mereciendo un lugar de honor entre ellos el afamado marino y matemático don Juan José Navarro y Búfalo, extraordinario personaje que con el tiempo habría de alcanzar el cargo de Director General de la Armada. Hijo de un capitán de los Tercios, Navarro sentó plaza como soldado a la temprana edad de ocho años, y en 1701, cuando estalla la guerra de sucesión española al morir sin descendencia el desdichado monarca Carlos II, Navarro ya es alférez de compañía. En estos años toma parte en más de veinte acciones de combate en suelo patrio y en las campañas de Italia y el Oranesado, alcanzando por méritos en combate las divisas de teniente coronel. Al comenzar la guerra con la Gran Bretaña tras el "incidente Jenkins", Navarro está al mando de la escuadra de Cádiz con la misión de mantener a salvaguarda todo nuestro litoral atlántico. En los primeros días del año 1742, a la escuadra de Navarro se le ordena un transporte de tropas desde el puerto de Barcelona hasta la ciudad de Génova. A su regreso tras cumplir la misión encomendada, los españoles se reúnen en las islas Hyères con la flota aliada del almirante Court de la Bruyère y juntos deciden dirigirse al cercano puerto de Tolón, donde amarran el día 24 de enero. No podía imaginar Navarro en esos momentos que su estancia en puerto se prolongaría durante dieciocho meses al serles bloqueada la salida por la flota del vicealmirante inglés Nicholas Haddock, bloqueo al que más tarde se sumarían las fuerzas del almirante Thomas Mathews quién, con sus barcos, venía dedicándose en aquellas aguas a hostilizar los puertos españoles del Mediterráneo. Por fin, la mañana del 19 de febrero la escuadra española abandonó puerto a la par que la francesa, cuyo jefe, por cierto, había recibido órdenes desde París de no atacar a los ingleses salvo si procedía la legítima defensa. Esta flota franco-española estaba integrada por 28 barcos, 12 de los cuales ondeaban pabellón español, aunque hay que dejar claro que de estos tan solo 6 eran de guerra, siendo los otros 6 mercantes de la flota de Indias artillados para la ocasión. Enfrente, Mathews disponía de 32 navíos, superando a sus contrarios tanto en número de barcos como en la potencia de sus cañones. |
"EL HUNDIMIENTO DEL MAINE" (15 de Febrero de 1898)
Por In memoriam - 15 de Febrero, 2008, 19:54, Categoría: General
El presidente de los
Estados Unidos de Norteamérica, el republicano William Mc Kinley, hizo saber en
tono desafiante a nuestras autoridades que su país tomaría parte en aquel conflicto si veía que los gobernantes
no podían dominar el movimiento insurrecto que había estallado en la isla de Cuba.
Paradójica premisa la impuesta por quién era, al mismo tiempo que se postulaba
como defensor de la paz en la zona, público instigador de los conciliábulos
separatistas de la insurgencia isleña. En España, don Práxedes Mateo Sagasta y
Escolar, presidente del consejo de ministros desde octubre del 97, en aras de
evitar un enfrentamiento bélico que con toda la razón preveía inútil, dotó a
Cuba de un extraordinario régimen autonómico, dejando en manos de los políticos
locales los privilegios propios de un territorio soberano y reservándose para
la metrópoli, como únicas prerrogativas, la dirección del ejército y las
relaciones exteriores. Además, en una demostración de buena voluntad, sustituyó
en el mando de aquella capitanía militar al enérgico general Weyler por el más
moderado y dialogante marqués de Peña Plata, el también general don Ramón
Blanco Erenas. Sin embargo, estas medidas no colmaron las pretensiones de los
separatistas caribeños. Carente de aristocracia autóctona, fueron los poderosos
terratenientes cubanos, una selecta elite local con importantísimos intereses
comerciales en los Estados Unidos, quienes estimularon y costearon la
continuidad de los movimientos independentistas, utilizando, en no pocos casos,
las fluidas vías de comunicación existentes entre los talleres cubanos y las
logias americanas; sin ir más lejos, los cabecillas separatistas Antonio Maceo
y Grajales y el dominicano Máximo Gómez eran masones, y Antonio José Martí, el
calificado por sus prosélitos como apóstol de la independencia, iniciado
durante su estancia en España, ostentaba el grado 18 de la masonería
filosófica; además, en no pocas logias de la costa este de los Estados Unidos
era habitual encontrar hermanos cubanos. Dada la inestabilidad de la situación,
hacía dos años que la armada estadounidense mantenía suspendidas sus visitas a
Cuba, por lo que resultó sorprendente que sin haberse solicitado el plácet protocolario
se anunciara la llegada del acorazado «Maine» al puerto de La Habana en una visita de
cortesía. Sin menoscabo de su extrañeza, España, actuando con la reciprocidad
tradicional en estos casos, correspondió enviando a Nueva York en devolución de
visita al crucero «Vizcaya». La mañana del 25 de enero de 1898, el navío yanqui*
se adentró en la bahía que albergaba la dársena de La Habana y amarró juntó a la
fragata alemana «Gneisenau» y el vapor español «Santo Domingo». La situación
era tensa en extremo, y aunque por las dos partes se mantuvieron educadamente
las formas, a muchos no escapó que la tripulación americana adoptaba posiciones
de zafarrancho de combate. Las jornadas siguientes transcurrieron en aparente
normalidad, participando el comandante del acorazado «Maine», el señor Charles
Sigsbee, en numerosas reuniones y llevando a cabo frecuentes visitas a personas
e instituciones de la ciudad. La última recepción celebrada a bordo del buque
americano tuvo lugar la noche del 13 de febrero, asistiendo a la misma algunos
personajes muy caracterizados por sus simpatías para con los represaliados
cubanos. Durante los días que permaneció fondeado, a bordo del acorazado siempre
se mantuvo el estado de alerta, llegándose a virar de proa para proporcionar a
los artilleros una fácil puntería sobre los acuartelamientos costeros en caso
de ataque. Así las cosas, la noche de un día como hoy, del año 1898, sobre las
nueve cuarenta, un horrísono estampido rompió el plácido silencio de la noche.
Con escaso intervalo, una serie de detonaciones de menor intensidad acabaron
con el estupor creado por la explosión inicial y en tierra todos corrieron
hacia el puerto para averiguar que estaba pasando. Las reacciones de ayuda
fueron prácticamente instantáneas y cuando los asustados transeúntes pudieron
contemplar desde el puerto la dantesca escena del navío a punto de sumirse en
las profundidades envuelto en una nube de fuego y humo, unas decenas de
chalupas y botes de salvamento ya se le acercaban dispuestos a socorrer a sus
tripulantes, destacando la energía y entrega desplegadas por los marineros de la
fragata «Gneisenau», el mercante americano «City of Washington» y el buque
insignia de nuestra flota en Cuba, el vapor acorazado «Alfonso XII». Si bien el
hundimiento de la proa fue prácticamente instantáneo, el agua aún tardó unas
horas en inundar por completo los pañoles, haciendo cundir el pánico en la
capital cubana la posibilidad de que las llamas alcanzasen la santabárbara y se
produjera una explosión que todos adivinaban de tremendas dimensiones. Esto,
finalmente, no llegó a suceder y las labores de rescate y atención a los heridos
pudieron culminarse sin más incidentes. Cuando se dieron a conocer las listas
de bajas, 258 marineros y 2 oficiales, ya los americanos daban por segura una
voladura provocada, y por más que los técnicos españoles demostraron que
ninguna culpa se les podía atribuir de lo sucedido, los jingos* hallaron en
ello un pretexto para reconocer la independencia de la isla y declarar la
guerra a España. Este proceder prepotente de los Estados Unidos excitó una ola
de patriotismo en nuestra nación y, aún conscientes de su manifiesta
inferioridad, al ejército se le dio la orden de aprestarse para la guerra. El
desenlace es sabido. Siguiendo los planes previamente trazados al margen de la Casa Blanca por el
subsecretario de defensa, el ambicioso político y furibundo antiespañol Teodoro
Roosevelt, una escuadra americana atacó las Filipinas y destruyó la flota del
Almirante Montojo en Cavite, uniéndose más tarde a las fuerzas del katipunan*
lideradas por el insurrecto Aguinaldo. Mientras, en Cabo Verde, el almirante
Cervera recibía la orden de forzar con la escuadra del Atlántico el bloqueo de
Santiago de Cuba. Tras el desembarco de 15000 infantes americanos, el general
Blanco Erenas, temeroso de unir a la pérdida de la ciudad la de la escuadra,
ordenó a Cervera hacerse a la mar. Allí sería desecha por la flota yanqui y
apresada la mayoría de sus tripulantes, incluido el propio almirante. Esto
precipitó la capitulación de Santiago, más tarde Puerto Rico, y un mes después,
la ciudad de Manila. A petición de España, el 10 de diciembre de 1898 se
firmaba la paz en París. Quedaba de esta manera consumada la pérdida del
inmenso imperio colonial español. |
"INSURRECCIÓN AMERICANA" (08 de Febrero de 1814)
Por In memoriam - 8 de Febrero, 2008, 5:41, Categoría: General
En septiembre de 1783 se acordaba en París el Tratado de Versalles por el que se reconocía la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica y, apenas transcurridas tres décadas de la firma de este documento, estalló una virulenta insurrección en las provincias españolas del nuevo continente. Si bien entre los motivos que promovieron el levantamiento sedicioso no faltaban ni la razonable aspiración de los pueblos a emanciparse* ni los profundos antagonismos que venían enfrentando desde hacía algún tiempo a las autoridades españolas con las clases autóctonas dominantes, uno se inclina a pensar que hubo dos circunstancias de una determinación vital en aquel proceso separatista: por un lado, la ingente labor civilizadora llevada a cabo por España, la cual había dado como fruto una elite criolla culta e intelectual llamada a convertirse en alma y espada del futuro movimiento revolucionario; por otra, el triunfo de las ideas libertarias nacidas del enciclopedismo y la ilustración, eso sí, convenientemente encauzadas al desprestigio de nuestra Patria por las logias masónicas de obediencia británica y francesa. Como ejemplo bien claro de esto se puede constatar que, salvo en Méjico, el estallido insurreccional careció por completo del apoyo popular, siendo elevadísimo el número de naturales que defendieron con lealtad y pasión la autoridad del rey de España. De hecho, los llamados movimientos libertadores fueron plenamente derrotados por los gobernantes a pesar de la escasa entidad de las fuerzas militares de estos últimos -no superaba el ejército regular español los veinticinco mil hombres y hay que tener en cuenta la gigantesca extensión de los territorios a su cargo- gracias al amplio apoyo recibido de las clases más desfavorecidas, apoyo que se mantuvo hasta la caída de Sevilla en poder de los invasores gabachos. La conquista por las huestes napoleónicas en 1810 de la urbe andaluza, considerada puerta y capital de las américas, hizo pensar en ultramar que la Madre Patria había sucumbido ante el gran corso, circunstancia que reforzó extraordinariamente las afecciones al bando insurrecto. No obstante, aunque enfrentada la metrópoli* a un ejército invasor que la superaba en medios y fuerzas, sin una Armada que hiciera prevalecer sus derechos allende los mares y, lo que es peor, mangoneada* por la figura más abyecta de cuantas ocuparon el trono de nuestra Patria, era tal la calidad de los jefes militares españoles en los virreinatos que a cinco años de su estallido la revolución estaba dominada por completo. Dos adalides contribuyeron con sus éxitos en campaña a reafirmar la soberanía de la Corona española en el virreinato del Perú: el capitán don José Tomás Boves y el general don Juan Domingo de Monteverde y Rivas. Si aquél causó el terror de los insurrectos al frente de su magnífica caballería de llaneros, Monteverde consiguió sumar victoria tras victoria hasta forzar la capitulación del jefe republicano, general don Francisco de Miranda, el 26 de julio de 1812. |
"ÁLVAREZ DE CASTRO, EL DEFENSOR DE GERONA" (01 de Febrero de 1809)
Por In memoriam - 1 de Febrero, 2008, 8:03, Categoría: General
Un día como hoy, del año 1809, el brigadier Álvarez de Castro tomaba posesión del gobierno militar de la plaza de Gerona, cargo para el que había sido nombrado por el teniente general Teodoro Reding, comandante en jefe del ejército de Cataluña. |
"EL SITIO DE PAVÍA" (24 de Enero de 1525)
Por In memoriam - 23 de Enero, 2008, 19:02, Categoría: General
Francesco Sforza, audaz condotiero* al servicio de los Visconti, acabó con la efímera Aúrea República Ambrosiana que la nobleza lombarda había constituido a la muerte del duque Filippo María Visconti y asumió en 1450 la jefatura del estado de Milán. Habrían de sucederle al frente del gobierno sus hijos Galeazo y Ludovico. Este último, conocido como "el moro", ejerció su autoridad hasta 1499, año en que la ciudad fue conquistada por las tropas francesas del príncipe Luís de Orleans quién para lograrlo contó con la inestimable colaboración de otra poderosa familia antagonista de los Sforza, los Borgia. Posteriores conflictos hicieron que Milán pasara, sucesivamente, por manos francesas, suizas y austriacas aunque, en todos los casos, para ganarse el favor del pueblo los invasores repusieron en el trono, eso sí, con carácter meramente ornamental, primero a Maximiliano Sforza, hijo de Ludovico, y más tarde, a su hermano Francesco. Años después, este pequeño territorio de la Lombardía continuaría siendo causa de enfrentamientos y guerras: Francisco I, heredero de la corona gala a la muerte de su primo Luís, decide oponerse a la hegemonía de los Habsburgo invadiendo el Gran Ducado y apoyando las reivindicaciones al trono navarro de Enrique II. Esto movilizará la maquinaria bélica del Sacro Imperio Romano Germánico que, de inmediato, se pondrá en marcha para vengar la intromisión. Las primeras acciones que acometió Carlos V para expulsar a los franceses del Gran Ducado significaron rotundos éxitos. Las tropas del emperador, que desde un primer momento gozaron de la simpatía de los naturales, obtuvieron una victoria tan absoluta sobre las fuerzas del vizconde Odet de Lautrec en la batalla de Bicocca (27 de abril de 1522) que, a partir de ese momento, puede decirse que quedó en su poder todo el Milanesado. La superioridad de las armas españolas se vería incrementada con la firma de un tratado de alianza con la poderosa República de Venecia. A esto vino a sumarse que, desde la propia Francia, un noble, disconforme con el trato que le dispensaba el rey, se pasó con su hueste al bando imperial. Se trataba del condestable Carlos de Borbón, y su inesperado refuerzo posibilitaría una sucesión de triunfos que llevarían a las tropas leales a Carlos V hasta la mismísima costa mediterránea. Sin embargo, esta situación ventajosa en lo militar arrastraba el lastre de una fatal carencia de recursos logísticos, circunstancia que perjudicaba en tal manera los planes de nuestros generales que cuando Francisco I pudo rehacer su maltrecho ejército y contraatacar, las fuerzas de la alianza se vieron obligadas a ceder terreno y replegarse. Hagamos un inciso para aclarar que junto a los Tercios españoles formaban en el ejército imperial importantes contingentes de mercenarios italianos, suizos y alemanes. Estos últimos, que siempre desempeñaron en el despliegue un papel secundario, gozaban de una pésima fama por mor del carácter amoral, indolente y falto de entusiasmo de sus integrantes, llegando a subordinar aquellos soldados su lealtad a las banderas por las que combatían a la puntual satisfacción de sus pagas. Continuando con la narración diremos que el ejército francés atacó Milán, y pese a la denodada oposición que les presentó el Maestre de Campo don Antonio de Leyva, los imperiales se vieron forzados a desalojar la ciudad. Perseguido por Francisco I, Leyva planteó una defensa a ultranza tras las murallas de Pavía, pequeña ciudad situada a una treintena de kilómetros al sur de Milán. Se enfrentaban fuerzas desiguales. Leyva, cercado, contaba tan solo con 2000 veteranos de los Tercios y 5000 auxiliares, la mayoría alemanes y suizos. Por el contrario, el monarca galo pudo sitiar la ciudad con 17000 infantes y más de 6000 jinetes, además de emplazar frente a los paños de sus murallas numerosas piezas de batir. Fueron jornadas de sangrientos combates donde el ardor y feroz acometividad de los componentes de los Tercios volvieron a alcanzar alturas solo reservadas a los héroes de las antiguas leyendas, volviendo infructuosas todas las tentativas de sus sitiadores para rendir la plaza. Más un grave problema se le presentó al veterano Maestre de Campo navarro. Los alemanes, una vez más, amenazaron con amotinarse si no se les abonaban sus estipendios*. La situación era tan apurada que hubo que recurrir a tomar las joyas y la plata de los templos, y siendo este tesoro aún insuficiente, los jefes españoles empeñaron sus fortunas personales para hacer frente a los pagos. Pero ni tan siquiera así se logró la cantidad necesaria para asegurarse la fidelidad de los mercenarios tudescos*. Fue entonces cuando, un día como hoy, del año 1525, don Antonio de Leyva se dirigió emocionado a sus arcabuceros para exponerles el extremo trance en el que se encontraba. Aquellos hombres, valientes como tigres y duros como el pedernal, se sintieron conmovidos en lo más íntimo por las encendidas palabras del viejo general e impelidos de vehemente orgullo no dudaron en entregar a su Maestre cuantos ahorros guardaban entre los raídos pertrechos, reuniéndose entre todo una cantidad superior a los diez mil escudos de oro. |
"LA FUNDACIÓN DE LIMA" (18 de Enero de 1535)
Por In memoriam - 18 de Enero, 2008, 7:40, Categoría: General
Tal día como hoy, del año 1535, don Francisco Pizarro, Gobernador del Perú, fundaba a orillas del río Rimac una ciudad llamada a convertirse en cabecera de los territorios de la Nueva Castilla. No era este el primer intento del indómito conquistador por fijar su capital. Durante varios meses tuvo establecido su gobierno en Jauja, pero la extrema dureza del árido clima del valle donde se ubicaba, al que no conseguían acostumbrarse ni colonos ni animales, así como la excesiva lejanía del océano, circunstancia esta que no complacía a Pizarro, aconsejaron el cambio de emplazamiento. Tras semanas de búsqueda, los exploradores dieron con una fértil meseta, a escasos kilómetros de la línea de costa, en la que los naturales habían construido una veintena de poblados. Eran sus habitantes gentes pacíficas que encontraban en la pesca y agricultura su principal medio de vida. Estos terrenos, sometidos a la autoridad de un cacique inca llamado Tailichusco, ya contaban con una bien trazada red de caminos y suministro de agua, infraestructura vital que sería aprovechada perfectamente por los españoles para la construcción de la nueva ciudad. Ordenó el conquistador extremeño un geométrico levantamiento de calles perpendiculares entre sí al modo de los escaques* del tablero de ajedrez, marcándose en un principio los arranques de nueve por trece dentro de un perímetro triangular. Aunque se bautizó a la incipiente urbe como Ciudad de los Reyes, con el paso del tiempo prevalecería el topónimo del río que la abastecía, el Rimac, nombre que daría lugar a su actual denominación, Lima, si bien sobre este punto hay suscitadas diversas controversias ya que algunos historiadores defienden un origen ancestral* y derivado de primitivos vocablos autóctonos. Los primeros solares fueron entregados por Pizarro a sus más allegados y a las familias principales, cuidándose de reservar los sitios preeminentes para la iglesia y el ayuntamiento. Pronto abocaron en la ciudad multitud de familias procedentes de Jauja y otras poblaciones limítrofes que buscaban en la cercanía al palacio del gobernador la solución a sus problemas o negocios. El crecimiento demográfico fue sumamente rápido, duplicándose en estrecho margen de tiempo el número de sus primeros habitantes, y la riqueza inagotable de sus recursos atrajo a importantes comerciantes y hombres de fortuna que convirtieron en apenas unos meses el primitivo poblado en una de las urbes más importantes del Nuevo Mundo. Dos años no habían transcurrido desde que Pizarro pusiese la primera piedra de su sencilla catedral cuando Su Majestad Carlos I, desde la lejana Patria, otorgaba a Lima la categoría de ciudad, firmando en Valladolid una Real Cédula por la que se concedía a su cabildo escudo de armas, el |
"RONCESVALLES" (11 de Enero de 778)
Por In memoriam - 11 de Enero, 2008, 7:48, Categoría: General
A finales del año 776, Carlomagno se encontraba en Paderborn, ciudadela fortificada erigida en los actuales territorios del estado alemán de Renania-Westfalia, lugar escogido para celebrar una reunión de gobierno con los príncipes sajones dependientes del imperio carolingio. Hasta tan lejanas tierras se desplazaron los componentes de una embajada que el valí* de Zaragoza, Suleyman ibn Yaqzan al-Arabí, constituyó para solicitar la ayuda del emperador franco en el enfrentamiento que mantenían algunos reyes de las taifas al norte del Ebro con el emir de Córdoba, Abd al-Rahman I, contra cuya autoridad se habían declarado en rebeldía. Ofrecieron los embajadores a Carlomagno la promesa de su valí de rendirle vasallaje si le prestaba el apoyo de sus tropas. Carlomagno, movido más por el interés de consolidar la Marca Hispánica –sensible frontera suroeste de su Imperio- que por los ofrecimientos del rey moro, ordenó a los generales de su ejército preparar a sus hombres para el combate y en la primavera del 778 cruzó los Pirineos por sus pasos occidentales al frente de un potente contingente militar. Las columnas de Carlomagno llegaron a Pamplona sin encontrar oposición alguna durante el camino y en la ciudad navarra fueron recibidos por los árabes con trato de amigos. Deduciendo de este comportamiento que había triunfado el movimiento sedicioso, las huestes imperiales se dieron al saqueo y la depredación en su marcha hacía Zaragoza, dejando harta constancia entre los naturales de los robos y abusos que perpetraron. Sin embargo, una vez frente a los muros de la capital aragonesa, vieron sorprendidos como sus habitantes, en lugar de abrirles las puertas según lo convenido, se aprestaban para la defensa; parece ser que en el tiempo transcurrido desde la entrevista con los embajadores, uno de los cabecillas de la facción yemení y lugarteniente del valí al-Arabi llamado al-Huseyn al-Ansari se había alzado contra su señor y tomado el poder negándose a aceptar los acuerdos que este había suscrito con Carlomagno. Establecido el cerco, los francos trataron infructuosamente de conquistar la ciudad, sufriendo numerosas bajas en los enfrentamientos con los sitiados. Este hecho, que vino a sumarse a preocupantes noticias que le llegaron de un nuevo levantamiento en la Sajonia, movió a Carlomagno a levantar el sitio y ordenar el regreso, pero en lugar de volver por la ruta que les había traído, la urgencia en llegar al foco de la rebelión sajona les impulsó a emprender el camino más corto, siempre en dirección norte. Para la marcha, Carlomagno dispuso sus tropas en dos columnas: una, en vanguardia, con el grueso de sus efectivos, y otra, más rezagada, donde se transportaba la impedimenta, pertrechos y, lo más importante, el tesoro producto de su rapiña. Siguiendo el llamado camino francés a Santiago de Compostela, a unos 47 kilómetros de Pamplona se encuentra el puerto de Cize, en Roncesvalles, terrenos agrestes de profundos desfiladeros cuyo tránsito obligaba a organizar las columnas en estrechísimas hileras. Carlomagno pasó al frente de su caballería y su infantería sin el menor contratiempo, aunque ignoraba que desde las alturas ojos acechantes vigilaban sus pasos. En efecto, alejada la primera columna, cuando los componentes de la segunda –cerca de 20000 soldados acaudillados por Hrouland, sobrino del propio Emperador e integrante de la élite de la aristocracia franca conocida como los Doce Pares- se encontraba en el centro del desfiladero hoy denominado Valcarlos, miles de guerreros cayeron sobre ellos. El pueblo de los vascones, perfecto conocedor de aquellos agrestes parajes, planteó sutil celada a los invasores de sus tierras y aliados con las tropas musulmanas de Matruh y Aysun al-Arabí, hijos del gobernador de Zaragoza, aprovecharon la imposibilidad de maniobrar de los caballeros francos entre aquellas breñas* y riscos para infringir una humillante derrota al ejército de Carlomagno y diezmar a lo más selecto de la caballería imperial, pereciendo en tan memorable jornada Hrouland, su más esforzado paladín, cuyas gloriosas hazañas han pasado a la historia gracias al conocido poema épico "La canción de Roldán", el cantar de gesta más antiguo del viejo continente. Algo más tarde, en oposición a la pretensión francesa de adjudicarse la autoría de la liberación peninsular del yugo musulmán, en el Reino de León surgió la leyenda de Bernardo del Carpio, hijo bastardo del monarca asturiano Alfonso II, y a controvertido este héroe autóctono se atribuirá en romances la simpar hazaña de la victoria sobre Roldán. Mucho más reciente es la magnífica composición poética nacida de la pluma del médico y periodista salmantino del dieciocho don Ventura Ruiz Aguilera que repite al final de cada una de sus estrofas los conocidos versos de gran éxito popular «De entonces suena en los valles/y dicen los montañeses:/¡Mala la hubisteis, franceses,/en esa de Roncesvalles!» |
"TARIFA, 1812" (04 de Enero de 1812)
Por In memoriam - 3 de Enero, 2008, 21:10, Categoría: General
Tal día como hoy, del año 1812, las exiguas* fuerzas militares que guarnecían la ciudad de Tarifa, sitiada desde el mes anterior por los invasores de España, rechazaron valerosamente el ataque de varias compañías de granaderos franceses que intentaban forzar la entrada en la ciudad, contraatacando los nuestros con tal vigor que el campo de batalla quedó cubierto de bajas enemigas. Al día siguiente, desmoralizadas y faltas de recursos, las tropas al mando del General Leval abandonaban el sitio y emprendían la retirada. Había sido aquel uno más de tantos episodios heroicos como se sucedieron durante la guerra de independencia española. |
"LAS ISLAS MALVINAS" (26 de Diciembre de 1768)
Por In memoriam - 26 de Diciembre, 2007, 13:33, Categoría: General
Si
bien desde la primera mitad del siglo XVI las islas ya aparecían representadas
en varias cartas marinas alemanas y españolas -signo inequívoco de, al menos, el conocimiento de su existencia- los ingleses no se sonrojaron al atribuirse su
descubrimiento cincuenta años más tarde. Sin embargo, la errónea descripción
que estos hacen de aquellos remotos parajes y sus “curiosas” coincidencias con los
datos aportados por el cartógrafo real don Alonso de Santa Cruz en su islario*
de 1541, nos llevan a pensar que la pretendida visita aducida por los marinos
británicos fue un mero ejercicio de fantasía por no decir que se trataba de una
vulgar patraña. En los primeros días del mes de enero de 1600, el Capitán
corsario Sebald de Weert logra escapar de un ataque de los indios araucanos y
en su tornaviaje a los Países Bajos bordea las islas y anota en su cuaderno de
bitácora la situación exacta del archipiélago. Esto dará lugar a que durante
los siguientes doscientos años, en todas las cartas marinas del Viejo
Continente se las identifique como Islas Sebaldes en recuerdo al navegante
holandés. Por el contrario, los ingleses, que continuaban en sus trece de no
aceptar la autoría holandesa del descubrimiento, bautizarán al archipiélago como
Falkland en honor al Vizconde de ese
título que había sufragado de su peculio particular diversas expediciones
transatlánticas. Cuando los marinos españoles oyeron a los pescadores franceses
referirse a estas islas como Malouines –en recuerdo de Saint Maló, su puerto de
procedencia- castellanizaron el vocablo y el archipiélago pasó a llamarse de
las Malvinas, nombre con el que ha sido conocido hasta nuestros días. Bueno,
menos en Inglaterra, naturalmente, donde siguen cerrados en banda y aún se las
llama Falkland. Con poca diferencia de fechas, franceses y británicos
establecieron bases en el archipiélago: los galos en la isla de Soledad y los
ingleses en Trinidad, pero las reclamaciones del embajador español en París,
basadas en los términos del Tratado de Tordesillas, fueron atendidas por Luís
XV y los franceses desistieron de sus propósitos colonizadores, no así los
británicos, los cuales persistirían en reclamar aquellos territorios para la
corona inglesa. Cuando a finales de 1766, el autoproclamado Comandante Militar del
territorio, Capitán Jhon McBride, exigió a los pocos colonos franceses que aún
permanecían en la isla que la abandonaran, España decide tomar cartas en el
asunto y don Pedro Pablo Abarca de Bolea, IX Conde de Aranda, Presidente del Consejo
de Castilla de Su Majestad Católica el Rey Carlos III, escribió a don Francisco
de Bucarelli, Gobernador de la ciudad de Buenos Aires, ordenándole la
resolución del conflicto de autoridad suscitado en las islas y comunicándole la
pronta llegada a Río de la Plata de una flotilla al mando del Capitán de Navío
don Juan Ignacio de Madariaga. Tal día como hoy, del año 1768, cuatro fragatas
y otros barcos menores parten hacia la isla transportando una columna de
infantería al |
"EL NAUFRAGIO DE LOS ALEMANES" (16 de Diciembre de 1900)
Por In memoriam - 16 de Diciembre, 2007, 9:36, Categoría: General
Faltaba una hora para alcanzar el mediodía cuando la fragata «Gneisenau», buque escuela de la marina de guerra alemana, se estrellaba contra el rompeolas del puerto de Málaga. Sucedía esta catástrofe un día como hoy del año 1900. Las rocas del fondo de la dársena se hundieron como estiletes en el casco de acero del navío abriendo grandes vías de agua que inundaron rápidamente los sollados* y pañoles*, entrando a raudales en el cuarto de calderas. En apenas treinta minutos la fragata, orgullo de la armada imperial germana, la formidable "Kaiserliche Marine", naufragó arrastrando con ella al fondo del embravecido mar a todos aquellos marineros que permanecían a bordo. Un mes antes, la «Gneisenau» había fondeado en el puerto andaluz en lo que se anunció como una visita enmarcada dentro del habitual periplo de estudios de los Caballeros Guardiamarinas pero que, en la realidad, no era sino una demostración de fuerza frente a las violentas acciones que en esas fechas perpetraban los rebeldes rifeños en las posesiones europeas en el norte de África. Caso de ser necesaria su intervención, la fragata podía cruzar en pocas horas la franja de mar que la separaba del continente negro y hacer valer los intereses de su país usando la fuerza de su poderosa artillería. Construida en los astilleros de Danzig, la fragata había entrado en servicio en 1881 incorporándose a la flota del Báltico y, tras cinco años como navío de guerra, fue acondicionada para desempeñar las labores de buque escuela de oficiales y marinería, haciendo su primer viaje con los alumnos del curso de 1887. Buque de bellísima estampa, la «Gneisenau» complementaba el empuje de la arboladura de sus tres mástiles con una máquina de vapor que desarrollaba 2500 caballos, potencia más que suficiente para alcanzar en buenas condiciones de mar los 14 nudos. Siendo muy numerosa la colonia alemana establecida en la ciudad de Málaga, los primeros días tras la arribada transcurrieron para el Comandante y sus Oficiales dedicados a cumplimentar los diversos actos protocolarios organizados en su honor en tanto que la tripulación aprovechó estas jornadas de asueto para visitar la comarca y relacionarse con sus habitantes, estableciéndose pronto una mutua corriente de simpatía entre alemanes y malagueños. A primeros de diciembre se retomó el plan de estudios el cual establecía diversos ejercicios de práctica de tiro por lo que el navío abandonó el amarre para fondear en la bahía, a unos 800 metros de las instalaciones portuarias, lugar en el que permanecería anclado hasta la mañana de su terrible naufragio. Tras aquellos días de relativa calma, el 16 de diciembre amaneció encapotado y con fortísimo viento de levante. Conocedores de los peligros que arrostraba la fragata, las autoridades de la marina españolas destinadas en Málaga aconsejaron al Comandante alemán regresar al abrigo de la dársena, pero éste prefirió salir a mar abierto por entender que así podría hacer frente en mejores condiciones al temporal que se avecinaba. Siendo imposible largar el trapo por la extrema fuerza del viento, el Comandante ordenó levar anclas confiando exclusivamente en la potencia de las calderas para hacerse a la mar, pero a poco la misma se demostró insuficiente para vencer la fuerza del viento y la fragata se vio empujada en dirección al puerto. A este contratiempo se sumó que las hélices dejaron de girar y las olas se hicieron con el gobierno de la nave. Se intentó desesperadamente fijar anclas, pero las garras se arrastraban por el fondo arenoso sin conseguir engancharse en algún roquedal o escollera. Pasaban cinco minutos de las once de la mañana cuando el barco chocó de costado –por la banda de estribor, concretamente- con la obra del muelle. Muchos tripulantes aprovecharon para saltar por la borda, pero solo algunos lograron alcanzar las rocas ya que el cabeceo del buque impedía calcular bien las distancias y la mayoría cayó al agua que, rápidamente, los engulló ahogándolos. Para entonces, el espigón era ya un hervidero de gente. A las autoridades y dotaciones portuarias se habían unido cientos de ciudadanos alertados por el tañido de las campanas de todas las iglesias de la ciudad repicando en señal de peligro. El panorama que se divisaba era dantesco: de la fragata solo emergían a la superficie los mástiles, en las jarcias se aferraban desesperados decenas de marinos que suplicaban socorro y varias de las barcazas salvavidas que se habían conseguido lanzar al agua se estrellaron contra el rompiente o fueron volcadas por la fuerza del oleaje, ahogándose sus ocupantes. Desde tierra nada se pudo hacer por auxiliar a los náufragos hasta pasadas varias horas, una vez comenzó a remitir el temporal. El recuento final de víctimas se elevó a 42 marinos alemanes, entre ellos el propio Comandante del barco y varios de sus Oficiales, y una docena de intrépidos malagueños que no dudaron en arriesgar sus vidas para auxiliar a los tripulantes del navío alemán. Los supervivientes se distribuyeron entre varias instalaciones militares, dependencias municipales y viviendas particulares, siendo de inmediato evacuados a los centros sanitarios aquellos que presentaban lesiones físicas. Una vez recuperados todos los cadáveres –ingrata labor dificultada por la enorme dispersión de restos causada por la tormenta- se celebraron unas solemnes exequias, acudiendo a los funerales miles de malagueños. Una vez recuperados todos los que habían sufrido algún |
"EL HÉROE DEL POTRERO" (09 de Diciembre de 1895)
Por In memoriam - 9 de Diciembre, 2007, 5:06, Categoría: General
Minas, en la provincia cubana de Camagüey, debe su nombre a los abundantes yacimientos de cobre y cromo que enriquecen su subsuelo, ricos filones de los que ya se tienen noticias de explotación, a manos de colonos estadounidenses, desde finales del año 1840. Sin embargo, no sería sino hasta la entrada en servicio del enlace por ferrocarril entre San Fernando de Nuevitas y Puerto Príncipe que un importante número de recién llegados comenzaron a levantar sus casas en las cercanías de las tiendas de lona y rudimentarios barracones de aquellos primeros mineros alcanzándose, a finales del siglo XIX, los dos mil habitantes y el derecho al uso de la denominación de poblado. En consonancia con la creciente importancia de la zona, las autoridades españolas habían desplegado un significativo contingente militar cuya misión fundamental era la de velar por la seguridad de la mencionada línea férrea y, al efecto, don Arsenio Martínez Campos, General Gobernador de la isla, había ordenado la construcción de varios fortines a la largo de su recorrido, casamatas donde encontraban refugio y acomodo los destacamentos encargados de la vigilancia. La mañana de un día como hoy, del año 1895, las puertas del acuartelamiento de Minas se abrieron para permitir la salida de las reatas* que marchaban al campo para forrajear*. Eran animales pertenecientes a las diferentes unidades allí alojadas y que, como todas las jornadas, se encaminaban a pacer la necesaria hierba fresca con la que complementar las raciones de grano y pienso. Cada unidad nombraba un servicio diario de recogida de pasto y al frente de la columna marchaba un Capitán. Establecidas las pertinentes vigilancias de flanqueo, el Oficial destacó una escuadra a vanguardia para comprobar que no existían impedimentos en el camino pues se habían tenido noticias de que por la zona merodeaban fuerzas rebeldes. La marcha transcurrió con total normalidad, arribando la columna al potrero* llamado "El Congreso" donde, una vez asegurados los animales, la tropa se dispuso a su labor de recogida de forraje. Inopinadamente, una lluvia de fuego y plomo se abatió sobre los desprevenidos soldados y desde la espesura se abrió paso la carga de un numeroso contingente enemigo. Se trataba del Regimiento "Camagüey", unidad insurreccional al mando del Teniente Coronel Óscar Primelles Cisneros, un médico camagüeyano que había dejado su profesión para sumarse a la causa independentista. Aunque sus atacantes eran muy superiores en número y armamento -apenas 70 frente a 800 rebeldes- las tropas españolas supieron hacerles frente estableciéndose un intenso tiroteo al que pronto siguió un encarnizado combate cuerpo a cuerpo. La ventaja de los rebeldes se hizo patente casi de inmediato y en escasos minutos un elevado número de españoles yacían sobre el terreno muertos o heridos. Entre estos se encontraba el soldado San José Caballero, cornetín de |
"LA MUERTE DE HERNÁN CORTÉS" (02 de Diciembre de 1547)
Por In memoriam - 2 de Diciembre, 2007, 11:25, Categoría: General
El 23 de octubre de 1541, Carlos I, dispuesto a acabar con
aquél foco de piratería y comercio de esclavos, ordenó a don Hernando de
Gonzaga, Virrey de Sicilia, que desembarcase sus fuerzas, seis mil españoles y
cuatrocientos jinetes, en las playas de Argel. En la mar quedaban treinta y
cinco galeras y ciento cincuenta navíos sobre cuyas cubiertas aprestaban sus
armas para el combate seis mil alemanes y cinco mil italianos al mando del gran
Almirante Andrea Doria. Un poco más alejada de esta primera línea fondeaba una
segunda flota procedente del levante español, pero a bordo de ella las tropas
del Rey habían dejado paso a un conglomerado de aristócratas, hidalgos, buscavidas
y menestrales que en aquella campaña ansiaban honores, fama y, sobre todo, las
riquezas que el aliado turco atesoraba en su fortaleza. Entre la nobleza llegada de la Corte española
un nombre nos llama la atención, el de don Hernán Cortés, Marqués del Valle de
Oaxaca, a quién acompañan en esta aventura sus hijos Martín y Luís. Solo Cortés,
-¡cuan diferente este hombre de ahora, avejentado y mohíno, de aquel mozo
extremeño que embarcara en Sanlúcar de Barrameda, camino de las Indias, treinta
y siete años antes!- no piensa en los beneficios que pueda proporcionarle esta
batalla. Sí, de acuerdo, puede ser una ocasión idónea para conseguir para sus
hijos un buen cargo en el séquito del Monarca, pero, en lo primordial, al
conquistador únicamente le mueve la esperanza de encontrarse cara a cara con el
Rey y tener la oportunidad de exponerle sus cuitas*: el inmenso peculio
particular gastado a su servicio y nunca recuperado, los ataques sufridos a sus
propiedades en América, la pérdida de privilegios y, lo que para él resulta más
insufrible, las calumnias e infamias vertidas sobre su persona por mor de
intereses espurios*. Iniciado el asedio a la fortaleza del renegado Hassan Aga
se desató una furiosa tormenta que dio a pique con numerosos barcos provocando
una gran confusión y haciendo aflorar las profundas discrepancias existentes
entre los Generales cristianos. Tras oír a los vocales de su Consejo de Guerra,
Carlos I decidió el reembarco de las tropas y su regreso a las bases de
partida. Cortés, aquél extraordinario caudillo militar que con tan solo
cuatrocientos hombres había sumado a la Corona más territorios que reinos
legaron al Emperador sus antecesores, ni tan siquiera fue consultado. Una nueva
humillación para el conquistador de Méjico. Será esta la última vez que Cortés
tome las armas frente a los enemigos del Rey. Desde ahora, su vida será un
interminable pleitear contra la Corona en busca de resarcimientos y de ello dan
fe las numerosas misivas dirigidas al Emperador, cartas que se han conservado
hasta nuestros días. Pero la indiferencia con la que le corresponde su Señor y
el poco medro que obtiene de la justicia, sumen a Cortés en una melancolía de
la que sus íntimos le aconsejarán salir abandonando litigios y ambiciones; el
indómito extremeño hará caso limitando, además, su círculo social a unos pocos
amigos con los que acostumbra a reunirse hasta avanzada la madrugada robando
horas al necesario descanso. En 1547, la boda de su hija María con el
primogénito del Marqués de Astorga parece sacarle de su voluntario ostracismo
y, sorprendentemente animado, se dedica en cuerpo y alma a dirigir los preparativos
del enlace. Pero pocas fechas después de arribar María al puerto sevillano
procedente de la Nueva España, el compromiso se rompe y el enlace queda
anulado. Este hecho sumió a Cortés en una profunda depresión que agravó las
dolencias que venía sufriendo. Por prescripción de su galeno abandonó Sevilla y
fue a alojarse en la casa que don Juan Rodríguez tenía en Castilleja de la
Cuesta. Huía de las insanas humedades del Guadalquivir y, sin embargo, este
cambio de clima obró el efecto contrario. Se aceleró su deterioro al punto que
dictó testamento. Tal día como hoy, del año 1547, olvidado de todos y,
prácticamente en la miseria, moría a los sesenta y tres años don Hernán Cortés,
uno de los más extraordinarios hombres de armas que el mundo haya conocido. El
primero de entre aquellos heroicos Capitanes que llevaron las fronteras de
nuestra nación allende la Mar Océana. Un gigante que, a pesar de las exiguas
fuerzas a su mando, supo vencer inmensas dificultades y conquistar para España
el fabuloso imperio de los aztecas. |
"EL VIII DUQUE DE ALBURQUERQUE" (24 de Noviembre de 1650)
Por In memoriam - 24 de Noviembre, 2007, 0:29, Categoría: General
Tal día como hoy, del año 1650, en plena Guerra de Secesión española, un convoy naval de pabellón gabacho, abundantemente pertrechado*, surca a todo trapo las aguas frente al golfo de Rosas con la pretensión de desembarcar en Tortosa tropas, municiones y alimentos en socorro de la sitiada ciudad. Para evitarlo, salió al encuentro de la flota enemiga el Duque de Alburquerque, don Francisco Fernández de la Cueva, Capitán General de Galeras, quién a pesar de la inferioridad de sus fuerzas prestó tan valerosa oposición a los franceses en acertada maniobra que después de un intenso combate en aguas de Cambrils, ocho millas al sur de Tarragona, obligó a la nave capitana francesa a arriar su bandera en señal de rendición y se hizo con el cuantiosísimo botín que transportaban. |
"RELEVO EN FLANDES" (17 de Noviembre de 1573)
Por In memoriam - 17 de Noviembre, 2007, 0:13, Categoría: General
La presencia de extranjeros al frente del gobierno y la persecución inquisitorial de los protestantes calvinistas exacerbaron las iras del pueblo flamenco cuyos líderes, en su mayor parte integrantes de la aristocracia autóctona, hicieron llegar a la Gobernadora, Margarita de Parma, hija de Carlos V, un extenso memorial de agravios y reclamaciones. Aunque se acometieron algunas reformas, estas fueron consideradas insuficientes por la nobleza flamenca, no dudando sus componentes en espolear al populacho animándolo a realizar algaradas, tumultos y saqueos, llegándose a perpetrar por aquella turbamulta el sacrílego expolio de los templos católicos. Dispuesto a poner fin a tal estado de cosas, el Rey Felipe II envió a los Países Bajos a su más sobresaliente General, el Duque de Alba, al frente de los Tercios Viejos. Don Fernando Álvarez de Toledo, tercer duque de la casa de Alba, era un abulense recio y espartano, un hombre nacido para la carrera de las armas que en el pasado había servido fielmente al Emperador Carlos y era, en esos momentos, el consejero en quién Felipe II tenía depositada la máxima confianza. El Duque hizo su entrada en la ciudad de Bruselas el 22 de agosto de 1567 y, dotado de plenos poderes por el Rey, prescindió de la Gobernadora para comenzar sus reformas por lo que ésta, viéndose obviada, declinó el cargo. El de Alba, profundamente católico, aplicó las medidas más extremas para sofocar el levantamiento religioso, y en lo político, no titubeó en enviar al patíbulo a cuantos se oponían a sus designios. Este proceder, unido a los nuevos tributos necesarios para mantener el ejército, ocasionó que las provincias del sur se sublevasen apoyadas, como no, por Inglaterra y Francia. Durante el conflicto armado brillaron como nunca las armas españolas siendo interminable la relación de gestas y proezas realizadas por aquellos aguerridos soldados que fueron admiración y espanto de sus enemigos. Años de gloria para la invencible infantería de España a cuyo paso temblaba Europa. Y al frente de aquella tropa de leyenda los mejores capitanes que conociera el orbe: Gonzalo de Bracamonte, Lope de Figueroa, Sancho de Lodoño, Alonso de Ulloa, Julián Romero: fuertes en la batalla aquellos bravos portaestandartes del honor de España. Y Sancho Dávila, un gigante cuyos triunfos le otorgaron el merecido sobrenombre de "Rayo de la Guerra". Personajes y hazañas que, con razón, hicieron exclamar al historiador francés Hipólito Taine: «Hay un momento superior en la especie humana: la España desde 1500 a 1700», siglos estos en los que el genio de nuestra raza brilló con todo su esplendor alcanzando cotas difíciles de superar, deslumbrando al mundo con sus descubrimientos y conquistas y, a la par, con el resurgimiento de una cultura universal a la que sus coetáneos concedieron lauros de oro. |
"SUBOFICIAL DE CAZADORES BRAVO MORAÑO" (10 de Noviembre de 1929)
Por In memoriam - 10 de Noviembre, 2007, 0:12, Categoría: General
El Regimiento de Cazadores de Montaña de Barcelona, unidad dependiente de la Jefatura de Tropas de Montaña, la cual a su vez se integra, dentro de la actual estructura de nuestro Ejército, en el Mando de las Fuerzas Ligeras, tiene su origen en el Regimiento de Voluntarios de Infantería "Barcelona nº 43", creado a mediados de 1798, y cuyo primer jefe fue el Comandante don Antonio de Miralles. Tras diversas vicisitudes y adaptaciones a lo largo del tiempo, aunque siempre con la misma designación, en 1929 cambió este título por el de Batallón de Montaña "Barcelona", 1º de Cazadores. Esta denominación de cazadores no es sino la traducción literal de la voz germana jäger, apelativo por el que se conocían en el ejército prusiano unas tropas entrenadas para el combate muy a vanguardia del grueso y cuya misión principal era el hostigamiento de las fuerzas enemigas en todo tipo de orografías, estando especializadas en la lucha en territorio abrupto y escarpado ya que su libertad de movimientos y adaptación al terreno las hacía idóneas frente a las rígidas formaciones de la infantería de la época. Como resultado de la reorganización militar del ejército español llevada a cabo durante el reinado de Carlos III, en 1722 se establecen dentro de las disposiciones reguladoras del arma de infantería las formaciones de unas fuerzas ligeras que se conocerían como "Voluntarios de Aragón y Cataluña", creándose sendos regimientos en cada una de estas regiones. Aunque estas unidades eran de nueva creación hay que denotar que, con anterioridad a su puesta en marcha, ya había existido en el ejército español durante nuestra Guerra de Sucesión una unidad de fusileros de montaña mucho más parecida en sus cometidos tácticos a los mencionados jägers prusianos que los nuevos regimientos de voluntarios, pero aquella unidad fue disuelta una vez finalizadas las circunstancias que hicieron conveniente su formación. También es preciso recordar que hubo fuerzas parecidas dentro del cuerpo de los migueletes catalanes. |
"LAS GERMANÍAS" (04 de Noviembre de 1519)
Por In memoriam - 4 de Noviembre, 2007, 6:40, Categoría: General
Si bien para muchos cronistas las Comunidades representaron la protesta del honrado pueblo castellano en defensa de sus libertades frente a un Rey sectario y déspota, para los monárquicos de la época el episodio no pasó de ser un vulgar alzamiento sedicioso. La realidad, sin embargo, se nos presenta más plena de componentes que la simplista versión austricista y menos romántica que la dibujada por los historiadores liberales. El movimiento comunero resultó del choque de dos políticas contrapuestas: por un lado, Castilla, descubridora de nuevos mundos y alma mater en la magna empresa de la Reconquista, se creía con suficientes derechos como para ocupar un lugar propio en el concierto europeo; por otro, Carlos I, quién no veía en España sino uno más de sus territorios y, siendo este el más rico en recursos, fértil cantera de la que proveerse para sufragar sus proyectos imperiales. La forma tortuosa como procedió el Rey respecto a las solicitudes de los Concejos, su rápida partida tras las cortes celebradas en La Coruña y, en mayor importancia, el proceder de muchos de los procuradores cuya aquiescencia con respecto de la política real se obtuvo merced a la concesión de prebendas y sinecuras*, incrementaron de tal modo el descontento popular que, convenientemente fomentada por el clero y la nobleza concejil, la rebelión dio paso a la guerra civil en las capitales castellanas, seguidas en rápida sucesión por Alicante, Murcia y otras muchas ciudades que, a semejanza de lo hecho en Toledo, proclamaron su autonomía. |
"EL GENERAL DESPUJOLS" (29 de Octubre de 1874)
Por In memoriam - 29 de Octubre, 2007, 7:33, Categoría: General
El 11 de marzo de 1834 nació en Barcelona don Eulogio Despujols y Dussay, uno de los militares españoles más prestigiosos del siglo XIX y esforzado paladín de la causa isabelina. Apasionado por la carrera de las armas, en julio de 1855 ingresó en la Escuela de Estado Mayor. Egresado Teniente, tomó parte en la Guerra de África a las órdenes del General Prim, siendo su comporta |