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Artículos y anotaciones generales

"LA CRUZ DE SAN ANDRÉS" (28 de Febrero de 1707)

Por In memoriam - 28 de Febrero, 2008, 6:42, Categoría: General

A orillas del mar de Tiberíades, al que los hebreos llamaban de Genesaret, y próxima a la desembocadura del río Jordán, se levantaba la ciudad de Betseda, en un pasado populosa urbe del reino de los arameos que a principios de nuestra era había devenido en pequeña aldea de pescadores y campesinos. En ella nació Andrés, hijo de Jonás, y como su padre y sus hermanos, en las dulces aguas del extenso lago se desenvolvía su vida en el duro faenar por el sustento diario. Trasladada la familia al cercano poblado de Cafarnaúm, Andrés se caracterizó desde muy joven por ser una persona introvertida y de intensa vida espiritual. Cuando un día oyó las predicas de Juan, el hijo de Zacarías, hablando a las gentes del advenimiento del Mesías, Andrés se sintió profundamente conmovido y se hizo discípulo suyo. Y junto a Juan estaba cuando el Bautista, con la mirada fija sobre un joven que avanzaba entre la muchedumbre, levantó la voz y dijo: "Este el cordero de Dios". Andrés supo comprender las palabras del profeta y se decidió a seguir al que desde ese momento llamó su Maestro. Es por esto que a Andrés se le conoce como Protokletos, expresión que en griego significa «el primero en ser llamado». Pronto habrían de seguirle Juan y Santiago, los hijos del Zebedeo, compañeros de redadas en la barca de Simón, el hermano de Andrés, la piedra sobre la que el Salvador edificaría su iglesia. De Andrés se cuenta que a la muerte de Jesús predicó la palabra de Dios en la Escitia, reino vecino al de los partos, y en Bizancio, y en la Tracia, el Epiro y la Macedonia, en Grecia, siendo en esta tierra donde padecería cruel martirio. En Patras de Acaya, populoso puerto de las costas del Jónico, fue detenido y encarcelado por orden del procónsul romano Aegeates, siendo condenado, tras padecer terribles tormentos, a la ignominiosa muerte en la cruz, haciendo aún más largos y penosos sus sufrimientos el hecho de que se emplease una crux decussata, una cruz en forma de aspa en la que no se clavaba al condenado sino que sus miembros eran fijados a los maderos con fuertes ligaduras, lo cual prolongaba la agonía del reo durante varias jornadas. El apóstol Andrés es considerado el santo patrón de Rusia pues, aunque sin datos fidedignos que lo avalen, la iglesia cristiana lo tiene por el primer misionero en tierras de la actual Ucrania. También es patrono de Rumanía, Escocia y otras muchas ciudades y pueblos de todo el mundo. Adentrada la edad media, en la Europa occidental, la casa de Borgoña se puso bajo su advocación ya que el apóstol galileo había sido el evangelizador de las lejanas tribus escitas de donde procedían los godos burgundos, antepasados de esta casa ducal francesa. Y en España, tal día como hoy del año 1707, un Real Decretode Su Majestad Felipe V ordena que, en adelante, en las banderas coronelas de los ejércitos figure la cruz de Borgoña, o de San Andrés, símbolo estrechamente relacionado con las unidades militares españolas desde tiempos de los Reyes Católicos. Siendo el arma aérea de muy posterior creación, habría que esperar hasta el inicio de la guerra civil de 1936 para que esta ordenanza se extendiese a la aviación, aunque los motivos en este caso tuvieran su origen en un suceso luctuoso: el 7 de agosto de 1936, dos aeroplanos Breguet del modelo BR-XIX, afectos al bando nacional, cuando sobrevolaban la provincia de Granada fueron atacados por un caza propio que les confundió con aviones enemigos. En adelante, la cruz de Borgoña dibujada sobre los planos o el fuselaje les diferenciaría de la aviación gubernamental. Uno de los Breguet estaba pilotado por el oficial Pérez Cruz y el auxiliar García López, y el segundo aparato, que resultó derribado, por el oficial Lassala Liñán y el auxiliar Ros Alberti.

Imagen: Bandera coronela con la cruz de San Andrés o borgoñona. Se trata de la enseña del 5ª Regimiento de Voluntarios de Murcia, de guarnición en Zaragoza durante nuestra guerra de la Independencia.

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"EL COMBATE DE TOLÓN" (22 de Febrero de 1744)

Por In memoriam - 22 de Febrero, 2008, 6:04, Categoría: General

En marzo de 1738, don Juan León Fandiño, comandante de uno de los guardacostas que velaban por los intereses españoles en las procelosas aguas de nuestros territorios del golfo de Méjico, atacó cerca de la península de La Florida al «Rebbeca», un navío de bandera inglesa que se dedicaba al corso y el contrabando. Apresado el barco británico y prisionera su tripulación, se cuenta que Fandiño cortó una oreja al capitán inglés reconviniéndole al tiempo que le advertía "Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve". De regreso a Londres, la comparecencia del desorejado contrabandista en la Cámara de los Comunes exhibiendo compungido el tasajo se convirtió en casus belli*, la excusa que necesitaba Inglaterra para declarar oficialmente la guerra a España, nación a la que profesaba una solapada hostilidad por motivos comerciales. Este largo enfrentamiento armado, que a la muerte del emperador alemán Carlos VI se prolongaría en la guerra de sucesión austriaca, es conocido en los libros de historia como "la guerra de la oreja de Jenkins" en recuerdo del propietario del despojo, el capitán del «Rebbeca», Robert Jenkins. A lo largo de este conflicto fueron numerosos los militares españoles que descollaron por su valentía y patriotismo, mereciendo un lugar de honor entre ellos el afamado marino y matemático don Juan José Navarro y Búfalo, extraordinario personaje que con el tiempo habría de alcanzar el cargo de Director General de la Armada. Hijo de un capitán de los Tercios, Navarro sentó plaza como soldado a la temprana edad de ocho años, y en 1701, cuando estalla la guerra de sucesión española al morir sin descendencia el desdichado monarca Carlos II, Navarro ya es alférez de compañía. En estos años toma parte en más de veinte acciones de combate en suelo patrio y en las campañas de Italia y el Oranesado, alcanzando por méritos en combate las divisas de teniente coronel. Al comenzar la guerra con la Gran Bretaña tras el "incidente Jenkins", Navarro está al mando de la escuadra de Cádiz con la misión de mantener a salvaguarda todo nuestro litoral atlántico. En los primeros días del año 1742, a la escuadra de Navarro se le ordena un transporte de tropas desde el puerto de Barcelona hasta la ciudad de Génova. A su regreso tras cumplir la misión encomendada, los españoles se reúnen en las islas Hyères con la flota aliada del almirante Court de la Bruyère y juntos deciden dirigirse al cercano puerto de Tolón, donde amarran el día 24 de enero. No podía imaginar Navarro en esos momentos que su estancia en puerto se prolongaría durante dieciocho meses al serles bloqueada la salida por la flota del vicealmirante inglés Nicholas Haddock, bloqueo al que más tarde se sumarían las fuerzas del almirante Thomas Mathews quién, con sus barcos, venía dedicándose en aquellas aguas a hostilizar los puertos españoles del Mediterráneo. Por fin, la mañana del 19 de febrero la escuadra española abandonó puerto a la par que la francesa, cuyo jefe, por cierto, había recibido órdenes desde París de no atacar a los ingleses salvo si procedía la legítima defensa. Esta flota franco-española estaba integrada por 28 barcos, 12 de los cuales ondeaban pabellón español, aunque hay que dejar claro que de estos tan solo 6 eran de guerra, siendo los otros 6 mercantes de la flota de Indias artillados para la ocasión. Enfrente, Mathews disponía de 32 navíos, superando a sus contrarios tanto en número de barcos como en la potencia de sus cañones.
Tal día como hoy, del año 1744, ambas flotas se encontraron a la altura del cabo Siciè, frente a las costas de la Provenza. Apenas rebasado el mediodía, Mathews quiso aprovechar que la escuadra francesa se había alejado en demasía para lanzar su vanguardia contra la línea española convencido de una rápida victoria dada la diferencia de fuerzas. No obstante, los españoles supieron suplir con valor y pericia marinera su desventaja e hicieron infructuosa la maniobra de los ingleses, destacando, incluso a juicio de sus propios oponentes, el valor demostrado por la marinería del «Real Felipe», nuestro buque insignia. Enfrentado a cinco barcos enemigos, Navarro supo dirigir con tal destreza a sus hombres que desarboló a cuantos osaron ponerse a tiro de sus cañones. No le fueron a la zaga los tripulantes del «Neptuno», «Constante»,«Poder» o «Hércules», batiéndose todos con tamaña entereza y valor que sus enemigos afirmaron
"sentirse en el mismísimo infierno el tiempo que duró el combate". Los actos de heroísmo se multiplicaron en la desigual batalla, siendo digno de recordarse el protagonizado por el teniente de navío don Pedro Sáenz Sagardía quien a bordo de una pequeña embarcación auxiliar intentó con extremo riesgo de perder la vida desviar el rumbo de un barco cargado de explosivos que los ingleses pretendían estrellar contra el «Real Felipe». Aún con casi todas sus naves averiadas por la violencia del enfrentamiento, los españoles supieron rechazar en todo momento los ataques ingleses durante las muchas horas que duró el combate, quedando este resuelto avanzada la tarde cuando el almirante Mathews ordenó la retirada enterado del regreso de los navíos franceses. Desvencijada pero orgullosa, la escuadra española emprendió el regreso a puerto alcanzando Barcelona el día 25 y Cartagena el 9 de marzo. Don Juan José Navarro fue ascendido a teniente general de la Armada y, considerándose sus méritos al haber rechazado el ataque de fuerzas enemigas muy superiores, a las que además causó enormes pérdidas, Su Majestad el Rey Felipe V de España le concedió en homenaje el título de Marqués de la Victoria.


Casus belli: Expresión latina traducible al español como "motivo de guerra".
Imagen: Combate entre navíos ingleses y españoles.

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"EL HUNDIMIENTO DEL MAINE" (15 de Febrero de 1898)

Por In memoriam - 15 de Febrero, 2008, 19:54, Categoría: General

El presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, el republicano William Mc Kinley, hizo saber en tono desafiante a nuestras autoridades que su país tomaría parte en aquel conflicto si veía que los gobernantes no podían dominar el movimiento insurrecto que había estallado en la isla de Cuba. Paradójica premisa la impuesta por quién era, al mismo tiempo que se postulaba como defensor de la paz en la zona, público instigador de los conciliábulos separatistas de la insurgencia isleña. En España, don Práxedes Mateo Sagasta y Escolar, presidente del consejo de ministros desde octubre del 97, en aras de evitar un enfrentamiento bélico que con toda la razón preveía inútil, dotó a Cuba de un extraordinario régimen autonómico, dejando en manos de los políticos locales los privilegios propios de un territorio soberano y reservándose para la metrópoli, como únicas prerrogativas, la dirección del ejército y las relaciones exteriores. Además, en una demostración de buena voluntad, sustituyó en el mando de aquella capitanía militar al enérgico general Weyler por el más moderado y dialogante marqués de Peña Plata, el también general don Ramón Blanco Erenas. Sin embargo, estas medidas no colmaron las pretensiones de los separatistas caribeños. Carente de aristocracia autóctona, fueron los poderosos terratenientes cubanos, una selecta elite local con importantísimos intereses comerciales en los Estados Unidos, quienes estimularon y costearon la continuidad de los movimientos independentistas, utilizando, en no pocos casos, las fluidas vías de comunicación existentes entre los talleres cubanos y las logias americanas; sin ir más lejos, los cabecillas separatistas Antonio Maceo y Grajales y el dominicano Máximo Gómez eran masones, y Antonio José Martí, el calificado por sus prosélitos como apóstol de la independencia, iniciado durante su estancia en España, ostentaba el grado 18 de la masonería filosófica; además, en no pocas logias de la costa este de los Estados Unidos era habitual encontrar hermanos cubanos. Dada la inestabilidad de la situación, hacía dos años que la armada estadounidense mantenía suspendidas sus visitas a Cuba, por lo que resultó sorprendente que sin haberse solicitado el plácet protocolario se anunciara la llegada del acorazado «Maine» al puerto de La Habana en una visita de cortesía. Sin menoscabo de su extrañeza, España, actuando con la reciprocidad tradicional en estos casos, correspondió enviando a Nueva York en devolución de visita al crucero «Vizcaya». La mañana del 25 de enero de 1898, el navío yanqui* se adentró en la bahía que albergaba la dársena de La Habana y amarró juntó a la fragata alemana «Gneisenau» y el vapor español «Santo Domingo». La situación era tensa en extremo, y aunque por las dos partes se mantuvieron educadamente las formas, a muchos no escapó que la tripulación americana adoptaba posiciones de zafarrancho de combate. Las jornadas siguientes transcurrieron en aparente normalidad, participando el comandante del acorazado «Maine», el señor Charles Sigsbee, en numerosas reuniones y llevando a cabo frecuentes visitas a personas e instituciones de la ciudad. La última recepción celebrada a bordo del buque americano tuvo lugar la noche del 13 de febrero, asistiendo a la misma algunos personajes muy caracterizados por sus simpatías para con los represaliados cubanos. Durante los días que permaneció fondeado, a bordo del acorazado siempre se mantuvo el estado de alerta, llegándose a virar de proa para proporcionar a los artilleros una fácil puntería sobre los acuartelamientos costeros en caso de ataque. Así las cosas, la noche de un día como hoy, del año 1898, sobre las nueve cuarenta, un horrísono estampido rompió el plácido silencio de la noche. Con escaso intervalo, una serie de detonaciones de menor intensidad acabaron con el estupor creado por la explosión inicial y en tierra todos corrieron hacia el puerto para averiguar que estaba pasando. Las reacciones de ayuda fueron prácticamente instantáneas y cuando los asustados transeúntes pudieron contemplar desde el puerto la dantesca escena del navío a punto de sumirse en las profundidades envuelto en una nube de fuego y humo, unas decenas de chalupas y botes de salvamento ya se le acercaban dispuestos a socorrer a sus tripulantes, destacando la energía y entrega desplegadas por los marineros de la fragata «Gneisenau», el mercante americano «City of Washington» y el buque insignia de nuestra flota en Cuba, el vapor acorazado «Alfonso XII». Si bien el hundimiento de la proa fue prácticamente instantáneo, el agua aún tardó unas horas en inundar por completo los pañoles, haciendo cundir el pánico en la capital cubana la posibilidad de que las llamas alcanzasen la santabárbara y se produjera una explosión que todos adivinaban de tremendas dimensiones. Esto, finalmente, no llegó a suceder y las labores de rescate y atención a los heridos pudieron culminarse sin más incidentes. Cuando se dieron a conocer las listas de bajas, 258 marineros y 2 oficiales, ya los americanos daban por segura una voladura provocada, y por más que los técnicos españoles demostraron que ninguna culpa se les podía atribuir de lo sucedido, los jingos* hallaron en ello un pretexto para reconocer la independencia de la isla y declarar la guerra a España. Este proceder prepotente de los Estados Unidos excitó una ola de patriotismo en nuestra nación y, aún conscientes de su manifiesta inferioridad, al ejército se le dio la orden de aprestarse para la guerra. El desenlace es sabido. Siguiendo los planes previamente trazados al margen de la Casa Blanca por el subsecretario de defensa, el ambicioso político y furibundo antiespañol Teodoro Roosevelt, una escuadra americana atacó las Filipinas y destruyó la flota del Almirante Montojo en Cavite, uniéndose más tarde a las fuerzas del katipunan* lideradas por el insurrecto Aguinaldo. Mientras, en Cabo Verde, el almirante Cervera recibía la orden de forzar con la escuadra del Atlántico el bloqueo de Santiago de Cuba. Tras el desembarco de 15000 infantes americanos, el general Blanco Erenas, temeroso de unir a la pérdida de la ciudad la de la escuadra, ordenó a Cervera hacerse a la mar. Allí sería desecha por la flota yanqui y apresada la mayoría de sus tripulantes, incluido el propio almirante. Esto precipitó la capitulación de Santiago, más tarde Puerto Rico, y un mes después, la ciudad de Manila. A petición de España, el 10 de diciembre de 1898 se firmaba la paz en París. Quedaba de esta manera consumada la pérdida del inmenso imperio colonial español.

Yanqui: Natural de Nueva Inglaterra, en los Estados Unidos de América del Norte, y por extensión, natural de esa nación. Jingo: Partidario de una política exterior agresiva e imperialista. Katipunán:Sociedad secreta que serviría de base para la creación del ejército revolucionario filipino.
Imagen: El acorazado «Maine».

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"INSURRECCIÓN AMERICANA" (08 de Febrero de 1814)

Por In memoriam - 8 de Febrero, 2008, 5:41, Categoría: General

En septiembre de 1783 se acordaba en París el Tratado de Versalles por el que se reconocía la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica y, apenas transcurridas tres décadas de la firma de este documento, estalló una virulenta insurrección en las provincias españolas del nuevo continente. Si bien entre los motivos que promovieron el levantamiento sedicioso no faltaban ni la razonable aspiración de los pueblos a emanciparse* ni los profundos antagonismos que venían enfrentando desde hacía algún tiempo a las autoridades españolas con las clases autóctonas dominantes, uno se inclina a pensar que hubo dos circunstancias de una determinación vital en aquel proceso separatista: por un lado, la ingente labor civilizadora llevada a cabo por España, la cual había dado como fruto una elite criolla culta e intelectual llamada a convertirse en alma y espada del futuro movimiento revolucionario; por otra, el triunfo de las ideas libertarias nacidas del enciclopedismo y la ilustración, eso sí, convenientemente encauzadas al desprestigio de nuestra Patria por las logias masónicas de obediencia británica y francesa. Como ejemplo bien claro de esto se puede constatar que, salvo en Méjico, el estallido insurreccional careció por completo del apoyo popular, siendo elevadísimo el número de naturales que defendieron con lealtad y pasión la autoridad del rey de España. De hecho, los llamados movimientos libertadores fueron plenamente derrotados por los gobernantes a pesar de la escasa entidad de las fuerzas militares de estos últimos  -no superaba el ejército regular español los veinticinco mil hombres y hay que tener en cuenta la gigantesca extensión de los territorios a su cargo-  gracias al amplio apoyo recibido de las clases más desfavorecidas, apoyo que se mantuvo hasta la caída de Sevilla en poder de los invasores gabachos. La conquista por las huestes napoleónicas en 1810 de la urbe andaluza, considerada puerta y capital de las américas, hizo pensar en ultramar que la Madre Patria había sucumbido ante el gran corso, circunstancia que reforzó extraordinariamente las afecciones al bando insurrecto. No obstante, aunque enfrentada la metrópoli* a un ejército invasor que la superaba en medios y fuerzas, sin una Armada que hiciera prevalecer sus derechos allende los mares y, lo que es peor, mangoneada* por la figura más abyecta de cuantas ocuparon el trono de nuestra Patria, era tal la calidad de los jefes militares españoles en los virreinatos que a cinco años de su estallido la revolución estaba dominada por completo. Dos adalides contribuyeron con sus éxitos en campaña a reafirmar la soberanía de la Corona española en el virreinato del Perú: el capitán don José Tomás Boves y el general don Juan Domingo de Monteverde y Rivas. Si aquél causó el terror de los insurrectos al frente de su magnífica caballería de llaneros, Monteverde consiguió sumar victoria tras victoria hasta forzar la capitulación del jefe republicano, general don Francisco de Miranda, el 26 de julio de 1812.
Tal día como hoy, del año 1814, en respuesta a la estricta represión impuesta por el general Monteverde a los derrotados, el caudillo independentista Simón Bolívar ordenó la ejecución de todos los prisioneros realistas. Cumplimentaron esta orden el gobernador de Caracas, General Arismendi, y el comandante militar de La Guaira, coronel José Leandro Palacios, quienes acabaron con la vida de más de 800 presos españoles sin respetar enfermos o convalecientes ni tener en consideración que la mayoría de ellos habían permanecido neutrales durante el conflicto.


Emancipar: Libertar de la patria potestad, de la tutela o de la servidumbre. Metrópoli: Nación, u originariamente ciudad, respecto de sus colonias. Mangonear: Ejercer el mando de manera despótica. (R.A.E.)
Imagen: Mapa del Virreinato del Perú.

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"ÁLVAREZ DE CASTRO, EL DEFENSOR DE GERONA" (01 de Febrero de 1809)

Por In memoriam - 1 de Febrero, 2008, 8:03, Categoría: General

Un día como hoy, del año 1809, el brigadier Álvarez de Castro tomaba posesión del gobierno militar de la plaza de Gerona, cargo para el que había sido nombrado por el teniente general Teodoro Reding, comandante en jefe del ejército de Cataluña.
La conquista de Gerona le era fundamental a los imperiales para asegurar las comunicaciones entre Barcelona y Francia, eje principal de la entrada de suministros del ejército napoleónico en España. Comenzado el sitio de la ciudad por el Marqués de Gouvion-Saint Cyr y continuado por otro integrante de la nobleza palatina, el duque de Castiglione, los gerundenses, con escasísimos medios de defensa, resistieron durante siete meses los ataques de fuerzas que los triplicaban en número. Era general gobernador de la plaza el brigadier don Mariano Álvarez de Castro, un militar de impecable trayectoria profesional y de profundas convicciones patrióticas que pocos meses antes se había opuesto heroicamente a que los invasores de Barcelona tomasen el Castillo de Monjuitch. Con algo más de cinco mil soldados  -más tarde lograría romper el cerco y unirse a los sitiados la brigada del general García Conde, alcanzando entonces las tropas españolas un número cercano a los diez mil hombres-  Álvarez de Castro frenó cada uno de los intentos de sus enemigos por entrar en la ciudad. Arrasados los campos que rodeaban la capital catalana y sometidas a un control exhaustivo todas las posibles vías de enlace, los escasos defensores que habían logrado escapar al fuego gabacho pronto fueron víctimas del hambre y las epidemias. Solo a costa de grandes pérdidas y tras sangriento combate, tropas del general malagueño don Joaquín Blake consiguieron superar el cerco y hacer llegar a los gerundenses un convoy de socorro que proporcionó alivio, aunque pasajero, a las terribles condiciones en que se encontraban. En los momentos de vacilación y zozobra, siempre fue la figura del brigadier Álvarez de Castro la que mantuvo incólume* el espíritu de los gerundenses insuflándoles moral con su ardoroso verbo y su animosa presencia en los puestos de mayor riesgo y peligro. La noticia de su enfermedad vino a minar las ya de por sí menguadas fuerzas de los defensores. A primeros de diciembre su estado de salud empeoró al punto que le fueron administrados los Santos Sacramentos. Ya había entregado el mando de la ciudad, y aún postrado, se rebelaba contra quienes le cuidaban temiéndose que en su ausencia se rindiera la plaza. La noche del 10 de diciembre, sin apenas defensores que pudieran empuñar las armas, con miles de heridos y enfermos, y sin posibilidad de recibir socorros, las autoridades militares de Gerona aceptaron la capitulación que les ofrecía el mariscal Pierre François Augerau. En ella, el duque de Castiglione se comprometía solemnemente a respetar la vida de los prisioneros pero, una vez abiertas las puertas de la ciudad, las condiciones que impusieron los vencedores fueron tan drásticas que muchos españoles no pudieron sufrirlas. Se formó una columna con destino a Francia en la que yaciendo en un andrajoso catre y rodeado de centinelas, fue trasladado, delirante y casi moribundo, el brigadier Álvarez de Castro. Se hizo una parada en Figueras, encerrándose al enfermo en un cuartucho como si en su estado fuese posible un intento de fuga. A continuación se le trasladó hasta Perpignan donde permaneció recluido en una de las celdas del Castillet, torre integrada en las murallas que circunvalan esta ciudad francesa. Sin embargo, y sin que nos hayan trascendido los motivos de tal decisión, repentinamente fue retornado a Figueras. Lo cierto es que, pocas jornadas más tarde, Álvarez de Castro murió en extrañas circunstancias. Era el 22 de enero de 1810. El aspecto que ofrecía su cadáver hace pensar que tal vez fuera estrangulado por sus vigilantes pues presentaba un aspecto cianótico e hinchado. Algunos historiadores se decantan por la posibilidad de que le fuese administrado algún tósigo*, e incluso otros defienden la teoría de que sus carceleros le torturaran o le negaran los alimentos. Lo cierto es que la muerte violenta está plenamente aceptada y, hasta la fecha, ningún historiador francés ha podido negar el oprobioso comportamiento de aquellos compatriotas suyos. Nacido en la villa soriana de El Burgo de Osma un 8 de septiembre de 1749, ingresó apenas adolescente en las filas del ejército. Con 44 años alcanzó el empleo de Coronel y en 1795 vistió los entorchados de brigadier. Participó en numerosos hechos de armas, siendo distinguido en el sitio de Gibraltar, las guerras contra Francia y Portugal y en la batalla de Villaviciosa. Paradigma del patriota de espíritu indomable, el Brigadier don Mariano José Manuel Bernardo Álvarez Bermúdez de Castro y López Aparicio, que tal era su nombre completo, ocupará siempre un lugar de privilegio en la memoria histórica de España. En 1924, Su Majestad Alfonso XII ordenó erigir un monolito en el castillo donde aquél benemérito héroe entregó su vida. Hagamos nuestra la reflexión que se esculpió en su base: "Al general Álvarez de Castro, defensor de Gerona, muerto en este castillo. Pasajero: ¡descúbrete y piensa en la Patria!


Incólume: Sano, sin lesión ni menoscabo. Tósigo: Veneno, ponzoña.
Imagen: Retrato de nuestro personaje.

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"EL SITIO DE PAVÍA" (24 de Enero de 1525)

Por In memoriam - 23 de Enero, 2008, 19:02, Categoría: General

Francesco Sforza, audaz condotiero* al servicio de los Visconti, acabó con la efímera Aúrea República Ambrosiana que la nobleza lombarda había constituido a la muerte del duque Filippo María Visconti y asumió en 1450 la jefatura del estado de Milán. Habrían de sucederle al frente del gobierno sus hijos Galeazo y Ludovico. Este último, conocido como "el moro", ejerció su autoridad hasta 1499, año en que la ciudad fue conquistada por las tropas francesas del príncipe Luís de Orleans quién para lograrlo contó con la inestimable colaboración de otra poderosa familia antagonista de los Sforza, los Borgia. Posteriores conflictos hicieron que Milán pasara, sucesivamente, por manos francesas, suizas y austriacas aunque, en todos los casos, para ganarse el favor del pueblo los invasores repusieron en el trono, eso sí, con carácter meramente ornamental, primero a Maximiliano Sforza, hijo de Ludovico, y más tarde, a su hermano Francesco. Años después, este pequeño territorio de la Lombardía continuaría siendo causa de enfrentamientos y guerras: Francisco I, heredero de la corona gala a la muerte de su primo Luís, decide oponerse a la hegemonía de los Habsburgo invadiendo el Gran Ducado y apoyando las reivindicaciones al trono navarro de Enrique II. Esto movilizará la maquinaria bélica del Sacro Imperio Romano Germánico que, de inmediato, se pondrá en marcha para vengar la intromisión. Las primeras acciones que acometió Carlos V para expulsar a los franceses del Gran Ducado significaron rotundos éxitos. Las tropas del emperador, que desde un primer momento gozaron de la simpatía de los naturales, obtuvieron una victoria tan absoluta sobre las fuerzas del vizconde Odet de Lautrec en la batalla de Bicocca (27 de abril de 1522) que, a partir de ese momento, puede decirse que quedó en su poder todo el Milanesado. La superioridad de las armas españolas se vería incrementada con la firma de un tratado de alianza con la poderosa República de Venecia. A esto vino a sumarse que, desde la propia Francia, un noble, disconforme con el trato que le dispensaba el rey, se pasó con su hueste al bando imperial. Se trataba del condestable Carlos de Borbón, y su inesperado refuerzo posibilitaría una sucesión de triunfos que llevarían a las tropas leales a Carlos V hasta la mismísima costa mediterránea. Sin embargo, esta situación ventajosa en lo militar arrastraba el lastre de una fatal carencia de recursos logísticos, circunstancia que perjudicaba en tal manera los planes de nuestros generales que cuando Francisco I pudo rehacer su maltrecho ejército y contraatacar, las fuerzas de la alianza se vieron obligadas a ceder terreno y replegarse. Hagamos un inciso para aclarar que junto a los Tercios españoles formaban en el ejército imperial importantes contingentes de mercenarios italianos, suizos y alemanes. Estos últimos, que siempre desempeñaron en el despliegue un papel secundario, gozaban de una pésima fama por mor del carácter amoral, indolente y falto de entusiasmo de sus integrantes, llegando a subordinar aquellos soldados su lealtad a las banderas por las que combatían a la puntual satisfacción de sus pagas. Continuando con la narración diremos que el ejército francés atacó Milán, y pese a la denodada oposición que les presentó el Maestre de Campo don Antonio de Leyva, los imperiales se vieron forzados a desalojar la ciudad. Perseguido por Francisco I, Leyva planteó una defensa a ultranza tras las murallas de Pavía, pequeña ciudad situada a una treintena de kilómetros al sur de Milán. Se enfrentaban fuerzas desiguales. Leyva, cercado, contaba tan solo con 2000 veteranos de los Tercios y 5000 auxiliares, la mayoría alemanes y suizos. Por el contrario, el monarca galo pudo sitiar la ciudad con 17000 infantes y más de 6000 jinetes, además de emplazar frente a los paños de sus murallas numerosas piezas de batir. Fueron jornadas de sangrientos combates donde el ardor y feroz acometividad de los componentes de los Tercios volvieron a alcanzar alturas solo reservadas a los héroes de las antiguas leyendas, volviendo infructuosas todas las tentativas de sus sitiadores para rendir la plaza. Más un grave problema se le presentó al veterano Maestre de Campo navarro. Los alemanes, una vez más, amenazaron con amotinarse si no se les abonaban sus estipendios*. La situación era tan apurada que hubo que recurrir a tomar las joyas y la plata de los templos, y siendo este tesoro aún insuficiente, los jefes españoles empeñaron sus fortunas personales para hacer frente a los pagos. Pero ni tan siquiera así se logró la cantidad necesaria para asegurarse la fidelidad de los mercenarios tudescos*. Fue entonces cuando, un día como hoy, del año 1525, don Antonio de Leyva se dirigió emocionado a sus arcabuceros para exponerles el extremo trance en el que se encontraba. Aquellos hombres, valientes como tigres y duros como el pedernal, se sintieron conmovidos en lo más íntimo por las encendidas palabras del viejo general e impelidos de vehemente orgullo no dudaron en entregar a su Maestre cuantos ahorros guardaban entre los raídos pertrechos, reuniéndose entre todo una cantidad superior a los diez mil escudos de oro.
Este impresionante comportamiento, revelador del carácter integro, pundonor y amor a la Patria de aquellos extraordinarios soldados, quedaría oscurecido por la victoria que llegados los refuerzos semanas más tarde obtendrían sobre sus enemigos en la memorable jornada del 24 de febrero: cuantiosísimas pérdidas materiales, más de 8000 bajas, incluidos los más brillantes generales franceses, y centenares de prisioneros, entre ellos el propio rey Francisco I capturado espada en mano por el vizcaíno Juan de Urbieta, son datos reveladores del buen hacer de la prestigiosa infantería española, temida y respetada en todo el orbe. Cuan acertado resulta el viejo aforismo de los generales ingleses: «Españoles, en la mar, y si es en tierra, ¡que San Jorge nos proteja!»


Condotiero: Nombre del general o cabeza de soldados mercenarios. Estipendio: Paga o remuneración que se da a una persona por algún servicio. Tudesco: Natural de cierto país de Alemania en la Sajonia inferior. (R.A.E.)
Imagen: Oficial de los Tercios.

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"LA FUNDACIÓN DE LIMA" (18 de Enero de 1535)

Por In memoriam - 18 de Enero, 2008, 7:40, Categoría: General

Tal día como hoy, del año 1535, don Francisco Pizarro, Gobernador del Perú,  fundaba a orillas del río Rimac una ciudad llamada a convertirse en cabecera de los territorios de la Nueva Castilla. No era este el primer intento del indómito conquistador por fijar su capital. Durante varios meses tuvo establecido su gobierno en Jauja, pero la extrema dureza del árido clima del valle donde se ubicaba, al que no conseguían acostumbrarse ni colonos ni animales, así como la excesiva lejanía del océano, circunstancia esta que no complacía a Pizarro, aconsejaron el cambio de emplazamiento. Tras semanas de búsqueda, los exploradores dieron con una fértil meseta, a escasos kilómetros de la línea de costa, en la que los naturales habían construido una veintena de poblados. Eran sus habitantes gentes pacíficas que encontraban en la pesca y agricultura su principal medio de vida. Estos terrenos, sometidos a la autoridad de un cacique inca llamado Tailichusco, ya contaban con una bien trazada red de caminos y suministro de agua, infraestructura vital que sería aprovechada perfectamente por los españoles para la construcción de la nueva ciudad. Ordenó el conquistador extremeño un geométrico levantamiento de calles perpendiculares entre sí al modo de los escaques* del tablero de ajedrez, marcándose en un principio los arranques de nueve por trece dentro de un perímetro triangular. Aunque se bautizó a la incipiente urbe como Ciudad de los Reyes, con el paso del tiempo prevalecería el topónimo del río que la abastecía, el Rimac, nombre que daría lugar a su actual denominación, Lima, si bien sobre este punto hay suscitadas diversas controversias ya que algunos historiadores defienden un origen ancestral* y derivado de primitivos vocablos autóctonos. Los primeros solares fueron entregados por Pizarro a sus más allegados y a las familias principales, cuidándose de reservar los sitios preeminentes para la iglesia y el ayuntamiento. Pronto abocaron en la ciudad multitud de familias procedentes de Jauja y otras poblaciones limítrofes que buscaban en la cercanía al palacio del gobernador la solución a sus problemas o negocios. El crecimiento demográfico fue sumamente rápido, duplicándose en estrecho margen de tiempo el número de sus primeros habitantes, y la riqueza inagotable de sus recursos atrajo a importantes comerciantes y hombres de fortuna que convirtieron en apenas unos meses el primitivo poblado en una de las urbes más importantes del Nuevo Mundo. Dos años no habían transcurrido desde que Pizarro pusiese la primera piedra de su sencilla catedral cuando Su Majestad Carlos I, desde la lejana Patria, otorgaba a Lima la categoría de ciudad, firmando en Valladolid una Real Cédula por la que se concedía a su cabildo escudo de armas, el mismo que se continúa bordando desde entonces en las banderas de la bella capital peruana. En el momento que dos décadas más tarde se erigía la universidad, la Mayor de San Marcos, quedaba completo una vez más el círculo que habría de significar la magna obra de España en aquellos lugares: evangelización, cultura y organización, semillas que arraigaron en su ubérrimo suelo y aún se distinguen en las modernas nacionalidades de nuestras tierras hermanas.

Escaque: Cada una de las casillas cuadradas e iguales, blancas y negras alternadamente, y a veces de otros colores, en que se divide el tablero de ajedrez y el del juego de damas. Ancestral: Tradicional y de origen remoto.(R.A.E.)
Imagen: Bandera de la ciudad de Lima.

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"RONCESVALLES" (11 de Enero de 778)

Por In memoriam - 11 de Enero, 2008, 7:48, Categoría: General

A finales del año 776, Carlomagno se encontraba en Paderborn, ciudadela fortificada erigida en los actuales territorios del estado alemán de Renania-Westfalia, lugar escogido para celebrar una reunión de gobierno con los príncipes sajones dependientes del imperio carolingio. Hasta tan lejanas tierras se desplazaron los componentes de una embajada que el valí* de Zaragoza, Suleyman ibn Yaqzan al-Arabí, constituyó para solicitar la ayuda del emperador franco en el enfrentamiento que mantenían algunos reyes de las taifas al norte del Ebro con el emir de Córdoba, Abd al-Rahman I, contra cuya autoridad se habían declarado en rebeldía. Ofrecieron los embajadores a Carlomagno la promesa de su valí de rendirle vasallaje si le prestaba el apoyo de sus tropas. Carlomagno, movido más por el interés de consolidar la Marca Hispánica –sensible frontera suroeste de su Imperio- que por los ofrecimientos del rey moro, ordenó a los generales de su ejército preparar a sus hombres para el combate y en la primavera del 778 cruzó los Pirineos por sus pasos occidentales al frente de un potente contingente militar. Las columnas de Carlomagno llegaron a Pamplona sin encontrar oposición alguna durante el camino y en la ciudad navarra fueron recibidos por los árabes con trato de amigos. Deduciendo de este comportamiento que había triunfado el movimiento sedicioso, las huestes imperiales se dieron al saqueo y la depredación en su marcha hacía Zaragoza, dejando harta constancia entre los naturales de los robos y abusos que perpetraron. Sin embargo, una vez frente a los muros de la capital aragonesa, vieron sorprendidos como sus habitantes, en lugar de abrirles las puertas según lo convenido, se aprestaban para la defensa; parece ser que en el tiempo transcurrido desde la entrevista con los embajadores, uno de los cabecillas de la facción yemení y lugarteniente del valí al-Arabi llamado al-Huseyn al-Ansari se había alzado contra su señor y tomado el poder negándose a aceptar los acuerdos que este había suscrito con Carlomagno. Establecido el cerco, los francos trataron infructuosamente de conquistar la ciudad, sufriendo numerosas bajas en los enfrentamientos con los sitiados. Este hecho, que vino a sumarse a preocupantes noticias que le llegaron de un nuevo levantamiento en la Sajonia, movió a Carlomagno a levantar el sitio y ordenar el regreso, pero en lugar de volver por la ruta que les había traído, la urgencia en llegar al foco de la rebelión sajona les impulsó a emprender el camino más corto, siempre en dirección norte. Para la marcha, Carlomagno dispuso sus tropas en dos columnas: una, en vanguardia, con el grueso de sus efectivos, y otra, más rezagada, donde se transportaba la impedimenta, pertrechos y, lo más importante, el tesoro producto de su rapiña. Siguiendo el llamado camino francés a Santiago de Compostela, a unos 47 kilómetros de Pamplona se encuentra el puerto de Cize, en Roncesvalles, terrenos agrestes de profundos desfiladeros cuyo tránsito obligaba a organizar las columnas en estrechísimas hileras. Carlomagno pasó al frente de su caballería y su infantería sin el menor contratiempo, aunque ignoraba que desde las alturas ojos acechantes vigilaban sus pasos. En efecto, alejada la primera columna, cuando los componentes de la segunda –cerca de 20000 soldados acaudillados por Hrouland, sobrino del propio Emperador e integrante de la élite de la aristocracia franca conocida como los Doce Pares- se encontraba en el centro del desfiladero hoy denominado Valcarlos, miles de guerreros cayeron sobre ellos. El pueblo de los vascones, perfecto conocedor de aquellos agrestes parajes, planteó sutil celada a los invasores de sus tierras y aliados con las tropas musulmanas de Matruh y Aysun al-Arabí, hijos del gobernador de Zaragoza, aprovecharon la imposibilidad de maniobrar de los caballeros francos entre aquellas breñas* y riscos para infringir una humillante derrota al ejército de Carlomagno y diezmar a lo más selecto de la caballería imperial, pereciendo en tan memorable jornada Hrouland, su más esforzado paladín, cuyas gloriosas hazañas han pasado a la historia gracias al conocido poema épico "La canción de Roldán", el cantar de gesta más antiguo del viejo continente. Algo más tarde, en oposición a la pretensión francesa de adjudicarse la autoría de la liberación peninsular del yugo musulmán, en el Reino de León surgió la leyenda de Bernardo del Carpio, hijo bastardo del monarca asturiano Alfonso II, y a controvertido este héroe autóctono se atribuirá en romances la simpar hazaña de la victoria sobre Roldán. Mucho más reciente es la magnífica composición poética nacida de la pluma del médico y periodista salmantino del dieciocho don Ventura Ruiz Aguilera que repite al final de cada una de sus estrofas los conocidos versos de gran éxito popular «De entonces suena en los valles/y dicen los montañeses:/¡Mala la hubisteis, franceses,/en esa de Roncesvalles!»
Tal día como hoy, del año 778 de Nuestro Señor, el emperador Carlomagno se vio obligado a suspender sus pretendidas conquistas en nuestra península y emprender el regreso a los territorios del Rin pues había estallado allí una sangrienta sublevación. Tras varias etapas de camino, cuando se disponía a emprender el cruce de la cordillera de los Pirineos, una coalición de vascones y navarros atacó por sorpresa la retaguardia del ejército franco infringiéndole enormes pérdidas humanas y materiales en la que ha perdurado en los libros de historia como la batalla de Roncesvalles.


Valí: Gobernador de una provincia o de una parte de la misma en algunos estados musulmanes. Breña: Tierra quebrada entre peñas y poblada de maleza. (R.A.E.)
Imagen: Estribaciones de la cordillera pirenaica.

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"TARIFA, 1812" (04 de Enero de 1812)

Por In memoriam - 3 de Enero, 2008, 21:10, Categoría: General

Tal día como hoy, del año 1812, las exiguas* fuerzas militares que guarnecían la ciudad de Tarifa, sitiada desde el mes anterior por los invasores de España, rechazaron valerosamente el ataque de varias compañías de granaderos franceses que intentaban forzar la entrada en la ciudad, contraatacando los nuestros con tal vigor que el campo de batalla quedó cubierto de bajas enemigas. Al día siguiente, desmoralizadas y faltas de recursos, las tropas al mando del General Leval abandonaban el sitio y emprendían la retirada. Había sido aquel uno más de tantos episodios heroicos como se sucedieron durante la guerra de independencia española.
Estancado desde hacía meses frente a las murallas de Cádiz, el Mariscal Jean de Dieu Soult, Comandante General del Ejército del Sur, organizó una compleja operación militar destinada a fortalecer la presencia francesa en los principales puntos de la provincia, confiado en obtener así mayor efectividad en su propósito de conquistar la capital andaluza. El General Jean François Leval recibió la orden de dirigirse a Tarifa y tomar la plaza. Para este propósito, los 12000 hombres de su división fueron reforzados con un potente tren de artillería al mando del Duque de Belluno. Rodeada por la muralla que hiciera famosa la gesta de don Alonso Pérez de Guzmán cinco siglos antes, Tarifa no era más que una humilde aldea de pescadores a la que los avatares de la guerra y su vital importancia estratégica habían transformado en posesión codiciada por ambos contendientes. Su guarnición se limitaba a poco más de 2000 hombres con el apoyo de 6 vetustas piezas de artillería. Al frente de estas fuerzas se encontraba el General don Francisco de Copons y Navia, quién había visto suspendido su nombramiento como Capitán General de La Habana a resultas del avance de las columnas francesas. Nacido en Málaga el año 1764, el General Copons tenía una de las Hojas de Servicio más brillantes de todo el ejército nacional. Destacado en numerosos hechos de armas y herido varias veces en sus enfrentamientos con los enemigos de España, Copons había ido escalando grados en el escalafón militar hasta vestir a los 45 años los entorchados de Mariscal de Campo. Eran tales su lealtad, disciplina y convicciones patrióticas que al hacerse cargo de la defensa aconsejó a los habitantes de la ciudad que marchasen a las poblaciones limítrofes pues estaba dispuesto a dejar solo cadáveres y ruinas si era derrotado y, para demostrarlo, ordenó a sus hombres construir trincheras y parapetos intramuros* decidido a vender caras sus vidas caso que los soldados de Leval lograsen superar la muralla. Tras las primeras jornadas de asedio, caracterizadas por un terrible bombardeo que llegó a abrir en uno de los paños de la fortificación una brecha de varios metros en cuya defensa quedó patente la obstinación de los españoles en no ceder ni un solo palmo de terreno a sus asaltantes, el inicio del año 1812 vino acompañado por fuertes lluvias que anegaron las trincheras, convirtiendo el campo de batalla en un tremendo barrizal donde la infantería francesa, imposibilitada de moverse con rapidez, nada pudo hacer frente a la osadía, entrega y valor que demostraban los sitiados. Con sus recursos prácticamente agotados, faltos de munición y con las líneas de abastecimiento cortadas, el General Leval ordenó cesar el asedio y levantar el campo, encontrándose los españoles libres de sus enemigos la mañana del 5 de enero. Con más de 500 bajas, enormes pérdidas de material de guerra y pertrechos y la mayoría de sus hombres enfermos y cubiertos de harapos, Leval tuvo que hacer frente en su retirada a varios ataques de los hombres del General Copons quienes, en audaces golpes de mano, aún pudieron capturar cientos de prisioneros. La denodada defensa de la ciudad, el valor sin límites demostrado por los españoles frente a un enemigo muy superior en número y armamento y, sobre todo, la absoluta confianza de aquellos soldados en su General, consiguieron que lo que hubiera significado un logro crucial para los intereses de Napoleón se transformara en la victoria que habría de potenciar definitivamente la posición española en la zona sur de la península.


Exiguo: Insuficiente, escaso. Intramuros: Dentro de una ciudad, villa o lugar.
Imagen: Puerto de Tarifa. Al fondo, su castillo.

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"LAS ISLAS MALVINAS" (26 de Diciembre de 1768)

Por In memoriam - 26 de Diciembre, 2007, 13:33, Categoría: General

Si bien desde la primera mitad del siglo XVI las islas ya aparecían representadas en varias cartas marinas alemanas y españolas  -signo inequívoco de, al menos, el conocimiento de su existencia-  los ingleses no se sonrojaron al atribuirse su descubrimiento cincuenta años más tarde. Sin embargo, la errónea descripción que estos hacen de aquellos remotos parajes y sus “curiosas” coincidencias con los datos aportados por el cartógrafo real don Alonso de Santa Cruz en su islario* de 1541, nos llevan a pensar que la pretendida visita aducida por los marinos británicos fue un mero ejercicio de fantasía por no decir que se trataba de una vulgar patraña. En los primeros días del mes de enero de 1600, el Capitán corsario Sebald de Weert logra escapar de un ataque de los indios araucanos y en su tornaviaje a los Países Bajos bordea las islas y anota en su cuaderno de bitácora la situación exacta del archipiélago. Esto dará lugar a que durante los siguientes doscientos años, en todas las cartas marinas del Viejo Continente se las identifique como Islas Sebaldes en recuerdo al navegante holandés. Por el contrario, los ingleses, que continuaban en sus trece de no aceptar la autoría holandesa del descubrimiento, bautizarán al archipiélago como Falkland en honor al Vizconde de ese título que había sufragado de su peculio particular diversas expediciones transatlánticas. Cuando los marinos españoles oyeron a los pescadores franceses referirse a estas islas como Malouines  –en recuerdo de Saint Maló, su puerto de procedencia-  castellanizaron el vocablo y el archipiélago pasó a llamarse de las Malvinas, nombre con el que ha sido conocido hasta nuestros días. Bueno, menos en Inglaterra, naturalmente, donde siguen cerrados en banda y aún se las llama Falkland. Con poca diferencia de fechas, franceses y británicos establecieron bases en el archipiélago: los galos en la isla de Soledad y los ingleses en Trinidad, pero las reclamaciones del embajador español en París, basadas en los términos del Tratado de Tordesillas, fueron atendidas por Luís XV y los franceses desistieron de sus propósitos colonizadores, no así los británicos, los cuales persistirían en reclamar aquellos territorios para la corona inglesa. Cuando a finales de 1766, el autoproclamado Comandante Militar del territorio, Capitán Jhon McBride, exigió a los pocos colonos franceses que aún permanecían en la isla que la abandonaran, España decide tomar cartas en el asunto y don Pedro Pablo Abarca de Bolea, IX Conde de Aranda, Presidente del Consejo de Castilla de Su Majestad Católica el Rey Carlos III, escribió a don Francisco de Bucarelli, Gobernador de la ciudad de Buenos Aires, ordenándole la resolución del conflicto de autoridad suscitado en las islas y comunicándole la pronta llegada a Río de la Plata de una flotilla al mando del Capitán de Navío don Juan Ignacio de Madariaga. Tal día como hoy, del año 1768, cuatro fragatas y otros barcos menores parten hacia la isla transportando una columna de infantería al mando del Coronel Gutiérrez de Otero. Aún cuando se ofrece a los ingleses la posibilidad de abandonar pacíficamente Trinidad, estos se niegan y la artillería española abre fuego sobre sus posiciones. Poco dura el enfrentamiento pues, vista la superioridad de las tropas españolas, a poco de comenzar el bombardeo los británicos izan la bandera blanca en señal de rendición. El Coronel don Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana había nacido en la localidad burgalesa de Aranda de Duero en 1729 y, de regreso a la Patria, pondría un brillantísimo colofón a su dilatada carrera militar –cincuenta y cinco años anotados en su hoja de servicios- derrotando a las fuerzas inglesas que pretendían invadir la isla de Tenerife. El 24 de julio de 1797 se enfrentaron en desigual combate por la posesión de la plaza de Santa Cruz de Tenerife las expertas tropas del Almirante Horacio Nelson con un millar de milicianos, únicas fuerzas de las que pudo disponer el Comandante General Gutiérrez de Otero. El acertado fuego de la artillería española unido al valor demostrado por los tinerfeños echó por tierra los planes invasores del Almirante anglosajón quién, además, durante su traslado en bote hasta la playa fue alcanzado por una bala de cañón que le destrozó el brazo derecho forzando su evacuación. La perfecta maniobra ideada por el General Gutiérrez de Otero fijó las posiciones de los atacantes y, tras un día de enconada lucha, el Capitán de Navío Thomas Troubridge, Jefe de las Fuerzas de Desembarco inglesas, se rendía a los españoles. De los 900 integrantes de la expedición británica, 349 resultaron heridos o muertos, y aunque Lord Nelson pretendió endulzar su derrota multiplicando las pérdidas españolas, lo cierto es que estas apenas superaron la treintena de muertos. El extraordinario comportamiento del General Gutiérrez de Otero fue reconocido por el Rey Carlos IV con un ascenso, aunque los problemas de salud que le venían aquejando desde hacía tiempo le apartaron pronto de la vida pública, falleciendo en la capital canaria la mañana del 14 de mayo de 1799.

Islario: Descripción de las islas de un mar, continente o nación. (R.A.E.)
Imagen: Don Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana.

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"EL NAUFRAGIO DE LOS ALEMANES" (16 de Diciembre de 1900)

Por In memoriam - 16 de Diciembre, 2007, 9:36, Categoría: General

Faltaba una hora para alcanzar el mediodía cuando la fragata «Gneisenau», buque escuela de la marina de guerra alemana, se estrellaba contra el rompeolas del puerto de Málaga. Sucedía esta catástrofe un día como hoy del año 1900. Las rocas del fondo de la dársena se hundieron como estiletes en el casco de acero del navío abriendo grandes vías de agua que inundaron rápidamente los sollados* y pañoles*, entrando a raudales en el cuarto de calderas. En apenas treinta minutos la fragata, orgullo de la armada imperial germana, la formidable "Kaiserliche Marine", naufragó arrastrando con ella al fondo del embravecido mar a todos aquellos marineros que permanecían a bordo. Un mes antes, la «Gneisenau» había fondeado en el puerto andaluz en lo que se anunció como una visita enmarcada dentro del habitual periplo de estudios de los Caballeros Guardiamarinas pero que, en la realidad, no era sino una demostración de fuerza frente a las violentas acciones que en esas fechas perpetraban los rebeldes rifeños en las posesiones europeas en el norte de África. Caso de ser necesaria su intervención, la fragata podía cruzar en pocas horas la franja de mar que la separaba del continente negro y hacer valer los intereses de su país usando la fuerza de su poderosa artillería. Construida en los astilleros de Danzig, la fragata había entrado en servicio en 1881 incorporándose a la flota del Báltico y, tras cinco años como navío de guerra, fue acondicionada para desempeñar las labores de buque escuela de oficiales y marinería, haciendo su primer viaje con los alumnos del curso de 1887. Buque de bellísima estampa, la «Gneisenau» complementaba el empuje de la arboladura de sus tres mástiles con una máquina de vapor que desarrollaba 2500 caballos, potencia más que suficiente para alcanzar en buenas condiciones de mar los 14 nudos. Siendo muy numerosa la colonia alemana establecida en la ciudad de Málaga, los primeros días tras la arribada transcurrieron para el Comandante y sus Oficiales dedicados a cumplimentar los diversos actos protocolarios organizados en su honor en tanto que la tripulación aprovechó estas jornadas de asueto para visitar la comarca y relacionarse con sus habitantes, estableciéndose pronto una mutua corriente de simpatía entre alemanes y malagueños. A primeros de diciembre se retomó el plan de estudios el cual establecía diversos ejercicios de práctica de tiro por lo que el navío abandonó el amarre para fondear en la bahía, a unos 800 metros de las instalaciones portuarias, lugar en el que permanecería anclado hasta la mañana de su terrible naufragio. Tras aquellos días de relativa calma, el 16 de diciembre amaneció encapotado y con fortísimo viento de levante. Conocedores de los peligros que arrostraba la fragata, las autoridades de la marina españolas destinadas en Málaga aconsejaron al Comandante alemán regresar al abrigo de la dársena, pero éste prefirió salir a mar abierto por entender que así podría hacer frente en mejores condiciones al temporal que se avecinaba. Siendo imposible largar el trapo por la extrema fuerza del viento, el Comandante ordenó levar anclas confiando exclusivamente en la potencia de las calderas para hacerse a la mar, pero a poco la misma se demostró insuficiente para vencer la fuerza del viento y la fragata se vio empujada en dirección al puerto. A este contratiempo se sumó que las hélices dejaron de girar y las olas se hicieron con el gobierno de la nave. Se intentó desesperadamente fijar anclas, pero las garras se arrastraban por el fondo arenoso sin conseguir engancharse en algún roquedal o escollera. Pasaban cinco minutos de las once de la mañana cuando el barco chocó de costado –por la banda de estribor, concretamente- con la obra del muelle. Muchos tripulantes aprovecharon para saltar por la borda, pero solo algunos lograron alcanzar las rocas ya que el cabeceo del buque impedía calcular bien las distancias y la mayoría cayó al agua que, rápidamente, los engulló ahogándolos. Para entonces, el espigón era ya un hervidero de gente. A las autoridades y dotaciones portuarias se habían unido cientos de ciudadanos alertados por el tañido de las campanas de todas las iglesias de la ciudad repicando en señal de peligro. El panorama que se divisaba era dantesco: de la fragata solo emergían a la superficie los mástiles, en las jarcias se aferraban desesperados decenas de marinos que suplicaban socorro y varias de las barcazas salvavidas que se habían conseguido lanzar al agua se estrellaron contra el rompiente o fueron volcadas por la fuerza del oleaje, ahogándose sus ocupantes. Desde tierra nada se pudo hacer por auxiliar a los náufragos hasta pasadas varias horas, una vez comenzó a remitir el temporal. El recuento final de víctimas se elevó a 42 marinos alemanes, entre ellos el propio Comandante del barco y varios de sus Oficiales, y una docena de intrépidos malagueños que no dudaron en arriesgar sus vidas para auxiliar a los tripulantes del navío alemán. Los supervivientes se distribuyeron entre varias instalaciones militares, dependencias municipales y viviendas particulares, siendo de inmediato evacuados a los centros sanitarios aquellos que presentaban lesiones físicas. Una vez recuperados todos los cadáveres –ingrata labor dificultada por la enorme dispersión de restos causada por la tormenta- se celebraron unas solemnes exequias, acudiendo a los funerales miles de malagueños. Una vez recuperados todos los que habían sufrido algún tipo de secuela, la ciudad en pleno se sumó al homenaje que organizó el Ayuntamiento para despedirlos de regreso a su país.
Cuando la noticia fue conocida en Europa, de todas partes llovieron los elogios para aquellos españoles que habían demostrado tan noble comportamiento, parangonándose su ayuda y solidaridad sin límites. El Gobierno y la Casa Real española manifestaron su orgullo por tan generosos compatriotas, concediendo a Málaga el título de "Muy hospitalaria", lema que puede leerse en el escudo de la ciudad.


Sollado: Uno de los pisos o cubiertas inferiores del buque, en la cual se suelen instalar alojamientos. Pañol: Cualquiera de los compartimientos que se hacen en diversos lugares del buque, para guardar víveres, municiones, pertrechos, herramientas, etc.(R.A.E.)
Imágenes: Fragata alemana «Gneisenau» (der) Escudo de la ciudad de Málaga (izq).

 

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"EL HÉROE DEL POTRERO" (09 de Diciembre de 1895)

Por In memoriam - 9 de Diciembre, 2007, 5:06, Categoría: General

Minas, en la provincia cubana de Camagüey, debe su nombre a los abundantes yacimientos de cobre y cromo que enriquecen su subsuelo, ricos filones de los que ya se tienen noticias de explotación, a manos de colonos estadounidenses, desde finales del año 1840. Sin embargo, no sería sino hasta la entrada en servicio del enlace por ferrocarril entre San Fernando de Nuevitas y Puerto Príncipe que un importante número de recién llegados comenzaron a levantar sus casas en las cercanías de las tiendas de lona y rudimentarios barracones de aquellos primeros mineros alcanzándose, a finales del siglo XIX, los dos mil habitantes y el derecho al uso de la denominación de poblado. En consonancia con la creciente importancia de la zona, las autoridades españolas habían desplegado un significativo contingente militar cuya misión fundamental era la de velar por la seguridad de la mencionada línea férrea y, al efecto, don Arsenio Martínez Campos, General Gobernador de la isla, había ordenado la construcción de varios fortines a la largo de su recorrido, casamatas donde encontraban refugio y acomodo los destacamentos encargados de la vigilancia. La mañana de un día como hoy, del año 1895, las puertas del acuartelamiento de Minas se abrieron para permitir la salida de las reatas* que marchaban al campo para forrajear*. Eran animales pertenecientes a las diferentes unidades allí alojadas y que, como todas las jornadas, se encaminaban a pacer la necesaria hierba fresca con la que complementar las raciones de grano y pienso. Cada unidad nombraba un servicio diario de recogida de pasto y al frente de la columna marchaba un Capitán. Establecidas las pertinentes vigilancias de flanqueo, el Oficial destacó una escuadra a vanguardia para comprobar que no existían impedimentos en el camino pues se habían tenido noticias de que por la zona merodeaban fuerzas rebeldes. La marcha transcurrió con total normalidad, arribando la columna al potrero* llamado "El Congreso" donde, una vez asegurados los animales, la tropa se dispuso a su labor de recogida de forraje. Inopinadamente, una lluvia de fuego y plomo se abatió sobre los desprevenidos soldados y desde la espesura se abrió paso la carga de un numeroso contingente enemigo. Se trataba del Regimiento "Camagüey", unidad insurreccional al mando del Teniente Coronel Óscar Primelles Cisneros, un médico camagüeyano que había dejado su profesión para sumarse a la causa independentista. Aunque sus atacantes eran muy superiores en número y armamento  -apenas 70 frente a 800 rebeldes-  las tropas españolas supieron hacerles frente estableciéndose un intenso tiroteo al que pronto siguió un encarnizado combate cuerpo a cuerpo. La ventaja de los rebeldes se hizo patente casi de inmediato y en escasos minutos un elevado número de españoles yacían sobre el terreno muertos o heridos. Entre estos se encontraba el soldado San José Caballero, cornetín de la unidad, quién, a pesar de haber sido alcanzado por un disparo, continuaba defendiendo bravamente su posición. Un grupo de insurrectos, entre ellos el propio Primelles, se acercó al muchacho intimándole a que se rindiera. Su respuesta no se hizo esperar. A pesar de la herida, con sorprendente agilidad acertó a hundir su bayoneta en el cuerpo del cabecilla insurrecto causándole la muerte de manera instantánea. La audaz reacción del bravo soldado despertó las iras del grupo rebelde que de inmediato le masacró a machetazos y golpes. Un ejemplo de valor frente al enemigo y con desprecio total de la propia vida que hizo merecedor al bizarro corneta de la más alta recompensa militar española: la Cruz Laureada de San Fernando.

Reata: Hilera de caballerías que van atadas. Forrajear: Salir los soldados a coger el pasto para los caballos. Potrero: Sitio destinado a la cría y pasto de ganado caballar. (R.A.E.)
Imagen: Soldados españoles en Cuba.

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"LA MUERTE DE HERNÁN CORTÉS" (02 de Diciembre de 1547)

Por In memoriam - 2 de Diciembre, 2007, 11:25, Categoría: General



El 23 de octubre de 1541, Carlos I, dispuesto a acabar con aquél foco de piratería y comercio de esclavos, ordenó a don Hernando de Gonzaga, Virrey de Sicilia, que desembarcase sus fuerzas, seis mil españoles y cuatrocientos jinetes, en las playas de Argel. En la mar quedaban treinta y cinco galeras y ciento cincuenta navíos sobre cuyas cubiertas aprestaban sus armas para el combate seis mil alemanes y cinco mil italianos al mando del gran Almirante Andrea Doria. Un poco más alejada de esta primera línea fondeaba una segunda flota procedente del levante español, pero a bordo de ella las tropas del Rey habían dejado paso a un conglomerado de aristócratas, hidalgos, buscavidas y menestrales que en aquella campaña ansiaban honores, fama y, sobre todo, las riquezas que el aliado turco atesoraba en su fortaleza. Entre la nobleza llegada de la Corte española un nombre nos llama la atención, el de don Hernán Cortés, Marqués del Valle de Oaxaca, a quién acompañan en esta aventura sus hijos Martín y Luís. Solo Cortés, -¡cuan diferente este hombre de ahora, avejentado y mohíno, de aquel mozo extremeño que embarcara en Sanlúcar de Barrameda, camino de las Indias, treinta y siete años antes!- no piensa en los beneficios que pueda proporcionarle esta batalla. Sí, de acuerdo, puede ser una ocasión idónea para conseguir para sus hijos un buen cargo en el séquito del Monarca, pero, en lo primordial, al conquistador únicamente le mueve la esperanza de encontrarse cara a cara con el Rey y tener la oportunidad de exponerle sus cuitas*: el inmenso peculio particular gastado a su servicio y nunca recuperado, los ataques sufridos a sus propiedades en América, la pérdida de privilegios y, lo que para él resulta más insufrible, las calumnias e infamias vertidas sobre su persona por mor de intereses espurios*. Iniciado el asedio a la fortaleza del renegado Hassan Aga se desató una furiosa tormenta que dio a pique con numerosos barcos provocando una gran confusión y haciendo aflorar las profundas discrepancias existentes entre los Generales cristianos. Tras oír a los vocales de su Consejo de Guerra, Carlos I decidió el reembarco de las tropas y su regreso a las bases de partida. Cortés, aquél extraordinario caudillo militar que con tan solo cuatrocientos hombres había sumado a la Corona más territorios que reinos legaron al Emperador sus antecesores, ni tan siquiera fue consultado. Una nueva humillación para el conquistador de Méjico. Será esta la última vez que Cortés tome las armas frente a los enemigos del Rey. Desde ahora, su vida será un interminable pleitear contra la Corona en busca de resarcimientos y de ello dan fe las numerosas misivas dirigidas al Emperador, cartas que se han conservado hasta nuestros días. Pero la indiferencia con la que le corresponde su Señor y el poco medro que obtiene de la justicia, sumen a Cortés en una melancolía de la que sus íntimos le aconsejarán salir abandonando litigios y ambiciones; el indómito extremeño hará caso limitando, además, su círculo social a unos pocos amigos con los que acostumbra a reunirse hasta avanzada la madrugada robando horas al necesario descanso. En 1547, la boda de su hija María con el primogénito del Marqués de Astorga parece sacarle de su voluntario ostracismo y, sorprendentemente animado, se dedica en cuerpo y alma a dirigir los preparativos del enlace. Pero pocas fechas después de arribar María al puerto sevillano procedente de la Nueva España, el compromiso se rompe y el enlace queda anulado. Este hecho sumió a Cortés en una profunda depresión que agravó las dolencias que venía sufriendo. Por prescripción de su galeno abandonó Sevilla y fue a alojarse en la casa que don Juan Rodríguez tenía en Castilleja de la Cuesta. Huía de las insanas humedades del Guadalquivir y, sin embargo, este cambio de clima obró el efecto contrario. Se aceleró su deterioro al punto que dictó testamento. Tal día como hoy, del año 1547, olvidado de todos y, prácticamente en la miseria, moría a los sesenta y tres años don Hernán Cortés, uno de los más extraordinarios hombres de armas que el mundo haya conocido. El primero de entre aquellos heroicos Capitanes que llevaron las fronteras de nuestra nación allende la Mar Océana. Un gigante que, a pesar de las exiguas fuerzas a su mando, supo vencer inmensas dificultades y conquistar para España el fabuloso imperio de los aztecas.

Cuita: Trabajo, aflicción, desventura. Espurio: Falso, adulterado, que degenera de su origen.

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"EL VIII DUQUE DE ALBURQUERQUE" (24 de Noviembre de 1650)

Por In memoriam - 24 de Noviembre, 2007, 0:29, Categoría: General

Tal día como hoy, del año 1650, en plena Guerra de Secesión española, un convoy naval de pabellón gabacho, abundantemente pertrechado*, surca a todo trapo las aguas frente al golfo de Rosas con la pretensión de desembarcar en Tortosa tropas, municiones y alimentos en socorro de la sitiada ciudad. Para evitarlo, salió al encuentro de la flota enemiga el Duque de Alburquerque, don Francisco Fernández de la Cueva, Capitán General de Galeras, quién a pesar de la inferioridad de sus fuerzas prestó tan valerosa oposición a los franceses en acertada maniobra que después de un intenso combate en aguas de Cambrils, ocho millas al sur de Tarragona, obligó a la nave capitana francesa a arriar su bandera en señal de rendición y se hizo con el cuantiosísimo botín que transportaban.
Nacido en Barcelona en 1619, hijo del Virrey de Sicilia y Cataluña y nieto de don Luís Enríquez, Almirante de Castilla, el joven Francisco sintió pronto la llamada de las armas y tuvo su bautizo de fuego en el socorro prestado por el ejército de Felipe IV a la plaza de Fuenterrabía  -hoy, Hondarribia, en Guipúzcoa-  sitiada por las tropas del Cardenal Richelieu, primer ministro de Luís XIII de Francia, durante el desarrollo de la llamada Guerra de los Treinta Años. Liberada la plaza, Fernández de la Cueva marchó a los Países Bajos sustituyendo al Marqués de Rivas en el mando de uno de nuestros gloriosos tercios. El 26 de mayo de 1642, en el pueblo de Honnecourt-sur Escaut se enfrentaron las fuerzas francesas al mando de Antoine Gramontn, Mariscal de Guiche y jefe del ejército de Champagne, con los tercios españoles del Capitán General don Francisco de Melo, sufriendo aquellos tal derrota que Guiche perdió esa jornada más de las dos terceras partes de sus efectivos. En este combate volvió a brillar a tal altura el valor y acierto táctico del Duque de Alburquerque, título heredado a la muerte de su progenitor, que el rey Felipe IV le nombró General en Jefe de la Caballería Ligera del ejército español de Flandes. Siempre a las órdenes de don Francisco de Melo, de quién se convirtió en uno de sus principales asesores militares, tomó parte en la batalla de Rocroi, acaecida en el amanecer del día 19 de mayo de 1643, y que, tristemente, habría de convertirse en la primera derrota de los, hasta ese momento, invencibles tercios españoles. Una hábil maniobra del jefe francés Duque de Enghien, más tarde coronado rey del país vecino con el nombre de Luís II de Borbón, consiguió separar las fuerzas imperiales haciendo huir a los regimientos alemanes, valones e italianos. Los tercios, solos frente a fuerzas muy superiores en número y armamento, se negaron a rendirse y formaron cuadro alrededor de sus Coronelas*. El antiguo tercio de infantería del Duque de Alburquerque, ahora bajo bandera del Maestre de Campo don Baltasar Mercader (aunque en la batalla, por ausencia de éste, estuvo mandado por el Sargento Mayor don Juan Pérez de Peralta), logró rechazar hasta 6 cargas de sus enemigos, siendo el último en rendirse tras haber resultado heridos o muertos más de la mitad de sus componentes. El propio Duque, al mando de la caballería flamenca, situada a la izquierda del despliegue español, logró rebasar a los jinetes galos amenazando sus posiciones de artillería, pero la abrumadora superioridad de sus enemigos acabó dispersando sus fuerzas. Finalizada aquella campaña, el Duque volvió a España siendo designado primero, General de la Caballería del Ejército de Cataluña, y, cuatro años más tarde, General en Jefe de las Galeras Reales. En 1653, Felipe IV le nombró Virrey de la Nueva España, y en 1667, Carlos II, hijo del anterior, también le nombraría Virrey, esta vez de Sicilia, isla donde permanecería hasta su regreso a Madrid en 1670.
Francisco Fernández de la Cueva y Enríquez de Cabrera, Grande de España, Duque de Alburquerque, Conde de Ledesma y Huelma, Marqués de Cuéllar, Señor de Mombeltrán y Pedro Bernardo, Caballero Comendador de Guadalcanal y de la Orden de Santiago, General de la Caballería del Ejército de Flandes, Virrey de México, Virrey de Sicilia, Teniente General de la Mar Océano y Gentilhombre de Cámara de Su Católica Majestad Carlos II, sin duda alguna uno de los personajes más carismáticos de la España del siglo diecisiete, falleció en Madrid, en los aposentos del Palacio Real que por su cargo de Mayordomo Mayor del Rey le correspondían, la noche del 27 de Marzo de 1676. Tenía 57 años.


Pertrechos: Municiones, armas y demás instrumentos, máquinas, etc., necesarios para el uso de los soldados y defensa de las fortificaciones o de los buques de guerra. Coronela: Bandera Coronela o principal, llamada así por ser la perteneciente al primer Batallón del Regimiento, cuyo mando ostentaba el propio Coronel.

Imagen: El (VIII) Duque de Alburquerque.

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"RELEVO EN FLANDES" (17 de Noviembre de 1573)

Por In memoriam - 17 de Noviembre, 2007, 0:13, Categoría: General

La presencia de extranjeros al frente del gobierno y la persecución inquisitorial de los protestantes calvinistas exacerbaron las iras del pueblo flamenco cuyos líderes, en su mayor parte integrantes de la aristocracia autóctona, hicieron llegar a la Gobernadora, Margarita de Parma, hija de Carlos V, un extenso memorial de agravios y reclamaciones. Aunque se acometieron algunas reformas, estas fueron consideradas insuficientes por la nobleza flamenca, no dudando sus componentes en espolear al populacho animándolo a realizar algaradas, tumultos y saqueos, llegándose a perpetrar por aquella turbamulta el sacrílego expolio de los templos católicos. Dispuesto a poner fin a tal estado de cosas, el Rey Felipe II envió a los Países Bajos a su más sobresaliente General, el Duque de Alba, al frente de los Tercios Viejos. Don Fernando Álvarez de Toledo, tercer duque de la casa de Alba, era un abulense recio y espartano, un hombre nacido para la carrera de las armas que en el pasado había servido fielmente al Emperador Carlos y era, en esos momentos, el consejero en quién Felipe II tenía depositada la máxima confianza. El Duque hizo su entrada en la ciudad de Bruselas el 22 de agosto de 1567 y, dotado de plenos poderes por el Rey, prescindió de la Gobernadora para comenzar sus reformas por lo que ésta, viéndose obviada, declinó el cargo. El de Alba, profundamente católico, aplicó las medidas más extremas para sofocar el levantamiento religioso, y en lo político, no titubeó en enviar al patíbulo a cuantos se oponían a sus designios. Este proceder, unido a los nuevos tributos necesarios para mantener el ejército, ocasionó que las provincias del sur se sublevasen apoyadas, como no, por Inglaterra y Francia. Durante el conflicto armado brillaron como nunca las armas españolas siendo interminable la relación de gestas y proezas realizadas por aquellos aguerridos soldados que fueron admiración y espanto de sus enemigos. Años de gloria para la invencible infantería de España a cuyo paso temblaba Europa. Y al frente de aquella tropa de leyenda los mejores capitanes que conociera el orbe: Gonzalo de Bracamonte, Lope de Figueroa, Sancho de Lodoño, Alonso de Ulloa, Julián Romero: fuertes en la batalla aquellos bravos portaestandartes del honor de España. Y Sancho Dávila, un gigante cuyos triunfos le otorgaron el merecido sobrenombre de "Rayo de la Guerra". Personajes y hazañas que, con razón, hicieron exclamar al historiador francés Hipólito Taine: «Hay un momento superior en la especie humana: la España desde 1500 a 1700», siglos estos en los que el genio de nuestra raza brilló con todo su esplendor alcanzando cotas difíciles de superar, deslumbrando al mundo con sus descubrimientos y conquistas y, a la par, con el resurgimiento de una cultura universal a la que sus coetáneos concedieron lauros de oro.
Tal día como hoy, del año de Nuestro Señor de 1573, don Luís de Requesens y Zúñiga, Gobernador del Milanesado, relevaba en su cargo al Duque de Alba, quedando encomendada a su juicio la resolución de la campaña de Flandes. Su mando se extendía sobre 57.500 infantes y 5.000 jinetes, estando cifrados los soldados españoles en algo menos de 8.000 hombres. Con estas fuerzas conseguiría resonantes triunfos, especialmente en Mook, batalla en la que resultarían muertos los jefes rebeldes Luís y Enrique de Nassau y el Conde del Palatinado. Su quebrantada salud, a la cual hubo de sumar el agotamiento del constante batallar, acabarían por postrarle, falleciendo en la ciudad de Bruselas el día 5 de marzo de 1576. El cuerpo de don Luís de Requesens sería inhumado en Barcelona, su ciudad natal, en la que había visto la luz tan solo 47 años antes.


Imagen: Margarita de Parma, obra del pintor Claudio Sánchez Coello. Hija natural de Carlos I y Juana Van der Ghynst, nació en Audenarde, Bélgica, en 1521. Tras dimitir como Gobernadora se retiró a sus posesiones en Parma. Se casó con Octavio Farnesio y fue madre del gran caudillo militar Alejandro Farnesio. Falleció en Ordona, Italia, el día 22 de octubre de 1586.

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"SUBOFICIAL DE CAZADORES BRAVO MORAÑO" (10 de Noviembre de 1929)

Por In memoriam - 10 de Noviembre, 2007, 0:12, Categoría: General

El Regimiento de Cazadores de Montaña de Barcelona, unidad dependiente de la Jefatura de Tropas de Montaña, la cual a su vez se integra, dentro de la actual estructura de nuestro Ejército, en el Mando de las Fuerzas Ligeras, tiene su origen en el Regimiento de Voluntarios de Infantería "Barcelona nº 43", creado a mediados de 1798, y cuyo primer jefe fue el Comandante don Antonio de Miralles. Tras diversas vicisitudes y adaptaciones a lo largo del tiempo, aunque siempre con la misma designación, en 1929 cambió este título por el de Batallón de Montaña "Barcelona", 1º de Cazadores. Esta denominación de cazadores no es sino la traducción literal de la voz germana jäger, apelativo por el que se conocían en el ejército prusiano unas tropas entrenadas para el combate muy a vanguardia del grueso y cuya misión principal era el hostigamiento de las fuerzas enemigas en todo tipo de orografías, estando especializadas en la lucha en territorio abrupto y escarpado ya que su libertad de movimientos y adaptación al terreno las hacía idóneas frente a las rígidas formaciones de la infantería de la época. Como resultado de la reorganización militar del ejército español llevada a cabo durante el reinado de Carlos III, en 1722 se establecen dentro de las disposiciones reguladoras del arma de infantería las formaciones de unas fuerzas ligeras que se conocerían como "Voluntarios de Aragón y Cataluña", creándose sendos regimientos en cada una de estas regiones. Aunque estas unidades eran de nueva creación hay que denotar que, con anterioridad a su puesta en marcha, ya había existido en el ejército español durante nuestra Guerra de Sucesión una unidad de fusileros de montaña mucho más parecida en sus cometidos tácticos a los mencionados jägers prusianos que los nuevos regimientos de voluntarios, pero aquella unidad fue disuelta una vez finalizadas las circunstancias que hicieron conveniente su formación. También es preciso recordar que hubo fuerzas parecidas dentro del cuerpo de los migueletes catalanes.
Nos encontramos en territorios del Protectorado español en Marruecos. El día 29 de septiembre de 1924, apenas asomadas al horizonte las primeras luces del amanecer, los soldados del Batallón de Cazadores "Barcelona" nº 1 finalizaban los preparativos de marcha. Repartidas las municiones y etapas*, cada uno fue ocupando su puesto en la formación donde eran revistados por sus mandos quienes aprovechaban estos momentos previos a la partida para darles las últimas instrucciones y consignas. A las ocho treinta de la mañana se dio la orden de salida y en pocos minutos la columna dejó atrás las instalaciones del campamento de Rokba-el-Gozal. La misión asignada a la unidad consistía en montar la vigilancia de la carretera de Xaouen en dirección a Zoco el Arbáa de Sidi Bu-quer. Se habían recorrido algunos kilómetros cuando fuerzas enemigas, emboscadas en los taludes de un arroyo cuyo lecho transcurría paralelo a la ruta de avance, abrieron fuego sobre las descubiertas tropas españolas. La reacción fue inmediata y nuestros fusileros respondieron al ataque mientras aprovechaban los escasos refugios que les proporcionaba el terreno. Al frente de la 3ª sección de la 2ª compañía se encontraba el Brigada Bravo Moraño, el cual, al recibir la orden de desplegar junto a la cuneta de la carretera, se ofreció para realizar un contraataque y desalojar a los moros parapetados en el cauce. La misión era casi suicida pues es allí donde se concentraba la mayor parte de los rebeldes rifeños, pero la valentía del Suboficial y su temerario arrojo son un poderoso acicate que impele a sus hombres a seguirle y, tras violento choque en el que hubo de lucharse al arma blanca, los cazadores lograron desalojar al enemigo de sus posiciones y forzarle a emprender la retirada dejando sobre el terreno varios muertos. Durante el enérgico combate, Bravo Moraño resultó con una herida en el cuello que le produjo una grave hemorragia, pero sin permitir su evacuación, permaneció al frente de la sección protegiendo la retirada de sus compañeros. Apenas atendido con un vendaje improvisado, recibió la orden de ocupar unos promontorios conocidos como lomas de Asak donde el batallón había establecido posiciones defensivas. De nuevo han de recurrir los hombres de Bravo Moraño a las bayonetas para abrirse paso entre la morisma, consiguiendo alcanzar las lomas al precio de regar con sangre la reseca tierra. Sobre el terreno han quedado algunos heridos a los que es preciso socorrer y es otra vez el Brigada Bravo quién abandona la seguridad de los parapetos para retirarlos. En tan denodada acción resultó nuevamente alcanzado; sin embargo, pese a la gravedad de esta segunda herida, inasequible al cansancio, continúa alentando a sus hombres mientras estos inician el repliegue, siendo él el último en retirarse agotada su dotación de municiones. Nos da idea de la intensidad del combate que de los 49 hombres a su mando, 14 encontraron gloriosa muerte y 12 resultaron heridos de consideración.
Por tan singular proeza y en premio a su valor heroico, un día como hoy, del año 1929, por Real Orden se concedía al Suboficial don Martín Bravo Moraño la Cruz Laureada de San Fernando, recompensa que la Patria otorga a sus más beneméritos hijos. Recuperado de las heridas tras larga convalecencia, Bravo Moraño se reincorporó a su unidad. Culminaría su carrera militar ciñiéndose la faja roja del generalato.


Etapa: Ración de menestra u otras cosas que se da a la tropa en campaña o marcha.
Imagen: Atención a un herido en la Guerra de Marruecos.

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"LAS GERMANÍAS" (04 de Noviembre de 1519)

Por In memoriam - 4 de Noviembre, 2007, 6:40, Categoría: General

Si bien para muchos cronistas las Comunidades representaron la protesta del honrado pueblo castellano en defensa de sus libertades frente a un Rey sectario y déspota, para los monárquicos de la época el episodio no pasó de ser un vulgar alzamiento sedicioso. La realidad, sin embargo, se nos presenta más plena de componentes que la simplista versión austricista y menos romántica que la dibujada por los historiadores liberales. El movimiento comunero resultó del choque de dos políticas contrapuestas: por un lado, Castilla, descubridora de nuevos mundos y alma mater en la magna empresa de la Reconquista, se creía con suficientes derechos como para ocupar un lugar propio en el concierto europeo; por otro, Carlos I, quién no veía en España sino uno más de sus territorios y, siendo este el más rico en recursos, fértil cantera de la que proveerse para sufragar sus proyectos imperiales. La forma tortuosa como procedió el Rey respecto a las solicitudes de los Concejos, su rápida partida tras las cortes celebradas en La Coruña y, en mayor importancia, el proceder de muchos de los procuradores cuya aquiescencia con respecto de la política real se obtuvo merced a la concesión de prebendas y sinecuras*, incrementaron de tal modo el descontento popular que, convenientemente fomentada por el clero y la nobleza concejil, la rebelión dio paso a la guerra civil en las capitales castellanas, seguidas en rápida sucesión por Alicante, Murcia y otras muchas ciudades que, a semejanza de lo hecho en Toledo, proclamaron su autonomía.
Al mismo tiempo que se desarrollaba el movimiento comunero en Castilla, en otros dos territorios españoles tenían lugar sendos levantamientos de carácter social y antinobiliario que, aunque nacidos por causas distintas a la rebelión castellana, no dejaron de tener ciertas connotaciones con ella. Se trató de las Germanías, revolución de los menestrales* tumultuosa y sangrienta que separó Valencia y Mallorca de la obediencia real. El movimiento de las Germanías  -voz derivada de la valenciana germá, hermano-  tuvo su origen en varios motines populares, estando motivado el principal de ellos, ocurrido en la misma ciudad de Valencia, por la inmoralidad administrativa de sus gobernantes. Aprovechando la ausencia de las autoridades (en aquellas fechas Valencia sufría una epidemia de peste), los plebeyos se armaron y formaron la Junta de los Trece, a cuyo frente se puso el oficial cardador Juan Lorenzo. Aguerrido luchador, Lorenzo consiguió apoderarse del gobierno de la ciudad y hacer huir al Virrey, don Diego Hurtado de Mendoza, Conde de Mélito, pero la posterior llegada del ejército real permitió a los nobles recuperar el gobierno de Valencia y derrotar a los rebeldes en la batalla de Orihuela. Quedaron los agermanados con las únicas plazas fuertes de Alcira y Játiva, defendidas por Vicente Peris y El Encubierto, respectivamente. Este último, un impostor cuyo verdadero nombre no ha trascendido, se hacía pasar por el Infante don Juan, hijo de los Reyes Católicos, y en torno a él se agruparon la mayoría de los derrotados en Orihuela. Puesta a precio su cabeza, fue asesinado en la localidad de Burjasot por dos campesinos. Con la sumisión de Alcira y Játiva se dio por finalizado un periodo revolucionario durante el cual se cometieron tanto por una parte como por la otra terribles excesos y crudelísimas represiones. En Mallorca, donde ya se había producido un levantamiento similar en el siglo XV, los menestrales protestaron contra las desigualdades tributarias y, unidos a los campesinos, volcaron todo su encono contra los nobles y la burguesía acomodada, viéndose estos obligados a buscar refugio en la isla de Ibiza. Los agermanados mallorquines dominaron la isla hasta el desembarco en Palma del ejército real en 1523, siendo víctimas, como en el caso de sus homólogos valencianos, de una cruenta persecución.
Aunque las Germanías no tuvieron su inicio en una fecha concreta, la mayoría de los historiadores toman la del 4 de noviembre de 1519 como inicio para el cómputo de la duración de aquel proceso revolucionario, tan estéril en sus logros como sangriento en su desarrollo y epílogo.


Sinecura: Empleo o cargo retribuido que ocasiona poco o ningún trabajo. Menestral: Persona que tiene un oficio mecánico.

Imagen: Valencia. Edificio de la lonja de mercaderes.

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"EL GENERAL DESPUJOLS" (29 de Octubre de 1874)

Por In memoriam - 29 de Octubre, 2007, 7:33, Categoría: General

El 11 de marzo de 1834 nació en Barcelona don Eulogio Despujols y Dussay, uno de los militares españoles más prestigiosos del siglo XIX y esforzado paladín de la causa isabelina. Apasionado por la carrera de las armas, en julio de 1855 ingresó en la Escuela de Estado Mayor. Egresado Teniente, tomó parte en la Guerra de África a las órdenes del General Prim, siendo su comporta